Opinión

Autorregulación infantil y stress

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Por Lic. María Laura Lezaeta*

A la gran mayoría de los adultos con hijos o quienes tenemos algún niño cercano en la familia, nos ha pasado en alguna ocasión de tener que presenciar situaciones, ya sea en el jardín, reuniones sociales, o en el hogar, en las  que hemos sentido mucho malestar y angustia al observar en ellos conductas como: pegar o empujar cuando, por ejemplo un compañero le saca su juguete de sus manos o cuando le decimos “nos tenemos que ir del parque”, entre otras tantas situaciones más.

Ante dichas conductas, solemos pensar que lo hacen por desobediencia, falta de respeto o que son niños que se comportan “mal”.

Estos pensamientos generan muchas veces que reaccionemos en “piloto automático” gritándoles: “deja de pegar” ; “Te lo dije mil veces que no esta bien/pegar/empujar”; “No hagas eso”, y no  brindándoles herramientas ni alternativas de mejorar sus conductas.

Solemos no ser del todo conscientes que dichas respuestas son contraproducentes, ya que no sólo debilitan nuestro vínculos con ellos, sino también intensifican aún más sus emociones de enojo o de angustia.

Por ello, es importante en primer lugar, tener presente que estas conductas forman parte de una etapa evolutiva en el desarrollo del niño que se da en los primeros años de vida, y son el modo en el que niño encuentra  para canalizar su frustración y enojo ante situaciones en las cuales se siente desbordado ante una situación que le genera angustia o cuando no consiguen lo que desean o quieren, ya que aún no poseen la capacidad de controlar sus impulsos ni tampoco las herramientas lingüísticas para expresar con palabras su malestar. 

En ese sentido, cuando manifiestan estos comportamientos hay que comprender que esas conductas son en realidad la manifestación de  alguien que no sabe cómo hacerlo mejor, aún no sabe como regular  y gestionar sus emociones de una manera más adecuada porque su cerebro aún esta en desarrollo.

No es entonces por “falta de voluntad” del niño que responde de esta manera más “impulsiva”, sino porque la región del cerebro, llamada corteza prefrontal, que es la encargada de controlar los impulsos, regular las emociones, la flexibilidad y adaptabilidad, empatía, planificación y toma de decisiones, entre otras habilidades, no se encuentra desarrollada completamente. 

 La reacción del niño responde desde las regiones del cerebro más primitivas (conformadas principalmente por el tronco encefálico y el sistema límbico) siendo el primero el encargado de regular las necesidades instintivas más básicas del ser humano y, el segundo,  el centro de las emociones, donde funciona como sistema de alarma que nos avisa cuando sentimos miedo, por ejemplo, para responder de manera rápida y automática. Ambas zonas se encuentran desarrolladas desde el momento del nacimiento. 

Esto explica que ante una emoción como el enojo, el miedo o la frustración, el niño reaccione desde su cerebro más primitivo y emocional, es decir de manera más impulsiva e instintiva y no desde su cerebro racional. Por ello, es importante tener muy presente que cuando los niños manifiestan estos comportamientos son cuando más nos necesitan, ya que por si solos no pueden regular de manera  asertiva y reflexiva sus emociones. 

Teniendo presente que su cerebro racional se encuentra aún en desarrollo, podemos a partir de ahora saber que ante dichas conductas lo que el niño necesita de nosotros es que le enseñemos a desarrollar poco a poco habilidades que se encuentran subdesarrolladas y no hacerlo sentir mal.

Es el comportamiento el que queremos modelar y enseñar. Por ello es importante, “separar” la conducta de la emoción del niño, ya que nuestro acompañamiento tiene que estar enfocado por un lado en  validar sus emociones, y  por  otro en expresarle de manera clara y firme que pegar, morder, empujar hace daño y enseñarle conductas  asertivas y saludables de reaccionar ante sus emociones. 

Comprendiendo que ellos necesitan de nuestra ayuda, como podemos acompañarlos entonces a que poco a poco aprendan a  autorregular su enojo o frustración?

  1. Tranquilizándonos nosotros primero. Tenemos que tener muy presente que nosotros somos loa co-reguladores del niño, ya que ellos por si solos aún no pueden regularse. Por ello, la actitud  que asumamos a la hora de ayudarlos será fundamental: nuestro estado regula su estado. 
  1. Enfocarnos en ver lo que está ocurriendo como un llamado de ayuda, buscando comprender cual fue la causa que desencadenó ese comportamiento (puede ser cansancio, hambre, angustia, frustración, entre otros factores) para poder ayudarlo de manera adecuada y asertiva. Si vemos el comportamiento como el “reflejo” de una persona que aún no tiene todas sus habilidades (flexibilidad, control de impulsos, toma de decisiones, etc) del todo desarrolladas, nos  ayudará a no tomarnos como personal sus comportamiento. De esta manera, podremos permanecer tranquilos y enfocarlos en ayudarlo, no en castigarlo ni retarlo.
  1.  Ser sus “traductores emociones”: esto significa prestarles nuestras palabras para ayudarlos a identificar sus emociones.  Por ejemplo expresarles frases como “ Tu compañero te sacó tu juguete y eso te enojo mucho”.  De esta manera estaremos validando sus emociones. 
  1. Enseñémosle herramientas que le permitan en esos momentos donde la emoción que sienten los desborda volver poco a poco a la calma.  Para ello, es fundamental nuestra contención y acompañamiento, modelando nosotros mismos las herramientas que queremos enseñarles. Una de ellas, por ejemplo  es respirar profundamente. Esta técnica puede ir acompañada de ilustraciones que ayuden a los niños asimilarla mejor, como por ejemplo: respiramos como un globo.

Técnica del Globo: “Tomando aire Inflo la panza como si fuera un Globo y con la mano voy contando hasta 5 mientras largo el aire”

  1. Una vez tranquilo, enseñémosle aquellas habilidades que necesita ejercitar, haciendo foco en la conducta que esperamos ver en ellos,  por ejemplo:  “Pegar hace daño, la próxima vez decile “Pidemelo por favor”

El desarrollo de la capacidad de controlar los impulsos y  regular las emociones forma parte de un proceso, y como tal, requiere de mucha paciencia y mucho afecto por parte nuestra para acompañar a los niños a  desarrollar conductas más adecuadas y saludables. 

Teniendo presente que los niños no nacen con habilidades emocionales y sociales, nos posibilita ser más compasivos y comprensivos con ellos, sabiendo que seremos nosotros los encargados de enseñarles con nuestro ejemplo y acompañamiento dichas competencias. 

*Psicóloga infantil, y co-fundadora de JUEGOlogía, donde desde hace varios años equipan a profesionales de la salud y padres con herramientas lúdicas y terapéuticas para trabajar diferentes áreas cognitivas, emocionales y sociales en niños.