lunes, mayo 27, 2024

Agro, Agro, Opinión

Pero el poncho no aparece

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Héctor Huergo – Clarín

Los datos que anoche lanzó el presidente Javier Milei son impactantes y alineados con la necesidad de un telón de fondo de equilibrio fiscal.

En Expoagro, Milei había dicho que se podría esperar una reducción de la carga impositiva a partir del momento en que se alcance la meta de déficit cero. El hecho de haberlo logrado en tan poco tiempo abre una expectativa. Pero no hay señales en lo que más necesita el agro: la reducción de los derechos de exportación (retenciones) y de la carga tributaria que pesa sobre todo lo que usa para producir.

La cosecha gruesa ya está jugada. En las próximas semanas, va a entrar un aluvión de dólares. La soja viene demorada por las lluvias, y también por el alargamiento del final de ciclo. Hay alguna preocupación por posibles pérdidas de calidad, pero por el momento no parecen impactar demasiado. El maíz, ya sabemos, castigado por la chicharrita, con pérdidas enormes (¿10 millones de toneladas?, unos 1.500 millones de dólares). Más el girasol, sorgo, y los regionales como el arroz, el maní, el algodón.

De todos ellos, el más castigado por la procrastinación mileísta en materia de retenciones es la soja. Un 33% sobre el ingreso bruto es una clara confiscación. Y una flagrante discriminación contra los actores de una cadena que han sabido generar la competitividad necesaria para poner a la Argentina en el podio mundial de las proteínas y aceites vegetales, edificando el cluster que produce y exporta más de 20 mil millones de dólares por año.

La alícuota del impuesto a las ganancias es del 35%. Capturar uno de cada tres camiones, cuando llegan al puerto con el flete pago, más el iva del flete, significa que el Estado no repara en los costos de producción. Toma un tercio, sin anestesia. Ni lo pide prestado ni considera devolución alguna. Mientras tanto, toda la enorme cascada de productores de insumos, equipos y servicios tecnológicos languidece a la espera de mejores tiempos. Imaginemos lo que podría hacer el agro con los 10 mil millones de dólares que, un año más, le escamotea el Estado.

Bueno, al menos esta vez pareciera que la prioridad es que no se vaya por el caño populista, sino el equilibrio. Pero para el agro no alcanza, sobre todo porque los precios internacionales han caído (30% respecto a los del año pasado).

Y arranca la cosecha fina. Hay señales interesantes. Las lluvias que han complicado la recolección, como contrapartida están rellenando los perfiles. La siembra de trigo está asegurada prácticamente en todos lados. Y aunque los climatólogos siguen machacando con sus modelos y venden el riesgo de una Niña, la mayoría ve que el trigo no debe salir de la rotación. Y que el trigo/soja sigue siendo una opción en la mayor parte de la región pampeana.

Encima, ayer la cotización pegó un respingo del 3,5% en Chicago. La relación de precios entre la urea y el trigo ha mejorado un 10% respecto a la del año pasado, a pesar de que los costos de importación (impuestos) lo ubican un 50% por encima de lo que pagan los vecinos. Y recordemos que en Uruguay no hay retenciones.

Acá no se ve el mismo entusiasmo, ni por lejos. Un tufillo de impaciencia sobrevuela el ambiente y en el horizonte aparecen nubarrones de frustración. Hace falta un shock de confianza, que sólo puede llegar si el equipo económico da alguna señal más allá del foco en el equilibrio fiscal. Que no es incompatible con alicientes a la producción. Nadie habla de desfinanciar al Estado o tirar manteca al techo. Simplemente, se trata de reconstruir la rentabilidad con el simple expediente del “precio lleno”. Que no es ni inflacionario ni imposible de implementar.

El simple expediente de cumplir la promesa de campaña (convertir las retenciones en un pago a cuenta del impuesto a las ganancias) tendría un buen impacto político y emocional. Honrar la promesa.

Pero el poncho no aparece.