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Durante años, o más bien décadas, las organizaciones ecologistas han estado avisando de la emergencia climática.

Cuando los hechos van confirmando las predicciones largamente anunciadas, uno se pregunta qué más tiene que pasar para que hagan caso.

Entonces vino la pandemia del coronavirus. Y ahora que llevamos unos cuantos meses de situación absolutamente excepcional e imprevista.

Se puede mirar atrás y preguntarse por qué no se afronta la emergencia climática con la misma contundencia con la que se ha hecho frente a la crisis sanitaria.

Han encontrado siete elementos de comparación.

ANSA/HOW HWEE YOUNG
  • La crisis del coronavirus ha servido para darnos de bruces con la realidad de lo que es un problema mundial que pone en jaque nuestra salud y nuestra economía, que se extiende muy rápido, del que nadie está exento pero que se ceba sobre todo en la población más vulnerable. Eso mismo se puede decir del cambio climático. El concepto de pandemia referido al coronavirus se parece mucho a lo que significa el cambio climático, con una escala de tiempo mayor, pero con unas consecuencias potencialmente más devastadoras aún.
  • La pandemia vírica tiene un organismo de referencia, la Organización Mundial de la Salud, al que los gobiernos se refieren a la hora de valorar el problema y decidir las respuestas. El equivalente climático más parecido a la OMS sería el IPCC, el grupo científico de Naciones Unidas que asesora a los gobiernos sobre el cambio climático. Ambos sufren el desprecio de gobiernos negacionistas como el de Trump. Los informes del IPCC no son menos contundentes que las advertencias de la OMS, pero no tenemos un Fernando Simón climático que nos informe cada día de la evolución de la crisis
  • Ante la advertencia de la OMS, el gobierno declaró el estado de alarma. Lo podría haber hecho antes, pero fue cuestión de días. Un par de meses antes, el Congreso había aprobado el estado de “emergencia climática”… 30 años después de la publicación de los primeros informes del IPCC.
  • Las diferencias son abismales no solo por la velocidad de reacción. La emergencia climática no tiene consecuencias jurídicas inmediatas ni ha provocado todavía grandes cambios en la acción política ni de la sociedad.
  • La emergencia climática aprobada en España incluía 30 medidas de acción prioritaria, 5 de ellas a abordar en los primeros 100 días de Gobierno y la primera de ellas era llevar al Congreso la Ley de Cambio Climático y Transición Energética. Efectivamente, la ley está ya en el Congreso, aunque no sabemos si llegará a aprobarse en todo este año. ¿Qué habría pasado si la respuesta al coronavirus hubiera tenido que esperar todo ese tiempo?
  • El equivalente climático al confinamiento sería suspender todos aquellos consumos de combustibles fósiles no esenciales. Parece una burrada imposible de realizar, pero lo cierto es que durante el confinamiento, debido a la paralización de muchas actividades, sobre todo las de transporte, las emisiones en España se llegaron a reducir nada menos que en un tercio. Las emisiones mundiales podrían ser del orden de un 4% menores este año por la crisis. Sin embargo, y a diferencia del coronavirus, para evitar un cambio climático peligroso (que sería el que derivaría de un calentamiento global superior a 1,5 ºC) la reducción de emisiones tiene que ser del orden del 7% anual cada año, a escala mundial. No basta con un esfuerzo puntual, sino que la respuesta tiene que mantenerse en el tiempo. Pero es factible, en la acción climática hay alternativas que no conllevan la paralización de la economía como con el coronavirus, ya que los servicios energéticos se pueden mantener aún prescindiendo de los combustibles fósiles.
  • Curiosamente, mientras el mundo se afana en la búsqueda contrarreloj de un tratamiento médico frente al coronavirus, no parece que haya la misma urgencia en encontrar una solución al cambio climático. Quizá es porque ya la tenemos. La revolución energética está en marcha y es capaz de transformar el sistema energético para usar energía 100% renovable, de manera eficiente e inteligente, empezando por la electricidad. Ahora bien, que esté en marcha no significa que no tenga obstáculos ni que vaya a la velocidad necesaria, porque ha habido y sigue habiendo poderosas resistencias. ¿Qué pensaríamos si alguien tuviera el tratamiento contra la COVID y no le dejaran aplicarlo? Además, aunque la revolución energética es una pieza esencial del tratamiento contra la pandemia climática, no solo hay que transformar el sistema energético, sino todos los sectores y actividades que provocan emisiones de gases de efecto invernadero, para que a mitad de siglo se reduzcan a cero neto, o sea, que estén por debajo de lo que la naturaleza es capaz de absorber.

Media mensual concentración de CO2

(ANSA/AP Photo/Martin Meissner, File)

Cuando se discute el programa de recuperación, tanto en España como en Europa, se debería estar planeando eso mismo para la respuesta al cambio climático, antes de que nos arrase como un virus cosa que va a suceder si seguimos ignorando las advertencias científicas y no actuamos para aplanar el pico de la curva.

Al menos, se debería aprovechar la oportunidad de dar una respuesta coherente y unificada a ambos problemas. Por eso Greenpeace ha propuesto un plan para “darle la vuelta al sistema”.

Aunque de momento, la respuesta está siendo insuficiente, tanto en la comisión de reconstrucción, como en el difícil acuerdo europeo para la financiación de la recuperación, del que lamentablemente se podrán beneficiar las empresas contaminantes.

  • Y aquí llegamos a la gran diferencia: los intereses económicos. Si frente al coronavirus los gobiernos se han sentido legitimados para tomar medidas contundentes por el bien común, incluso pasando por encima de las implicaciones sobre la economía a corto plazo, frente al cambio climático el bien común se deja de lado para que ganen las grandes corporaciones, que son las que siguen dictando el ritmo y la intensidad de la respuesta climática, sólo pensando en sus beneficios. Las mismas multinacionales (y gobiernos) que han bloqueado el tratamiento climático durante años (incluso han financiado el negacionismo) quieren ahora controlar el tratamiento para que los beneficios sigan siendo suyos.
  • Un interesante artículo planteaba la pregunta ¿Por qué no actuamos igual ante la COVID-19 y el cambio climático? Y daba tres claves de respuesta: el equívoco de los análisis coste-beneficio, el efecto “marco” y el efecto “fecha límite”. Parece como si el cambio climático no tuviese fecha límite, cuando el IPCC lo ha dicho muy claro (tenemos solo una década para bajar las emisiones mundiales a la mitad) o más bien es percibido como no tan urgente como para tomar medidas drásticas. La urgencia es la clave. Solo cuando tomamos conciencia de la urgencia (y por eso hablamos de emergencia climática) surge la fuerza suficiente para anteponer el bien común a los intereses de los lobbies empresariales.

La ventaja con el clima es que conocemos el problema, la causa y el tratamiento. Y tenemos tiempo para aplicarlo. Pero ese tiempo es corto y si no dejamos todo y concertamos toda la acción política y económica para afrontarlo, llegaremos tarde.

El momento de actuar frente al cambio climático es ahora. #REinventaElSistema

FUENTE: Greenpeace