
¿Cómo estás?
Yo muy bien. Están pasando cosas interesantes, como la reducción de las retenciones anunciada por el presidente Javier Milei el jueves pasado, cuando se despachó a gusto en la celebración del 172° aniversario de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires.
Pero aparte de ese anuncio crucial hubo otro cuya dimensión parece difícil de comprender por parte de la propia dirigencia del sector. Es el del envío al Congreso de un proyecto de ley de biocombustibles. Como decía el Principito, lo esencial es invisible a los ojos.
Música para nuestros oídos. Quienes siguen a este columnista, saben que hemos machacado durante mucho tiempo con la idea del etanol de maíz y el biodiesel de soja. La primera nota data de 1991. Sí, hace 35 años. Acababa de reincorporarme a Clarín Rural, y una de mis primeras notas fue “Ponga un choclo en su tanque”. Con una maravillosa ilustración del gran dibujante Horacio Cardo, durante años a cargo de la tapa de nuestro suplemento.
El dibujo era una manguera de surtidor, con el pico formado por un choclo. Remedaba aquella exitosa publicidad de Esso (“Ponga un tigre en su tanque”). Había recogido la idea en una visita al Farm Progress Show, en Iowa, donde en el stand de la Asociación Americana del Maíz promocionaban el corte con mayores porcentajes de etanol. La cuestión era encontrar nuevos mercados para el producto que había rebautizado al Medio Oeste como el “corn belt”.
En la Argentina, el maíz estaba estancado, pero se veía el enorme potencial desde mediados de los ’90, cuando el uno a uno permitía acortar la brecha tecnológica. Y se venía la biotecnología con los Bt y luego el RR. Más la fertilización, los híbridos simples, con nuevo germoplasma traído de los EEUU. Éramos los segundos exportadores del mundo, aunque lejos de los EEUU. Iba a haber mucha oferta. Debíamos incrementar nuestra propia demanda, siguiendo la pista del corn belt.
Mientras tanto, nos habíamos convertido en el polo de crushing de soja más moderno y competitivo del planeta. Pasamos a dominar el mercado de los dos principales derivados de la soja: el aceite y la harina. Ambos con mercados muy potentes. En el caso de la harina, la transición dietaria de los países asiáticos requería más proteína vegetal para alimentar todo bicho que camina y va a parar al asador. China ya estaba en el horizonte. Y todo sale con fritas, así que la demanda de aceite también se iba para arriba. Pero no con el mismo ritmo. Había que encontrar nuevos mercados.
Así, además de poner un choclo en el tanque, sugerimos “Ponga un poroto en su tanque”. La inspiración, esta vez, fue la visita a la Semana de la Agricultura de París, en marzo de 1992. Allí se había lanzado la iniciativa del “Diester”, elaborado a partir del aceite de colza.
En realidad, ya había visto este producto en Alemania, en 1986, en la Universidad de Braunschweig, pero parecía demasiado futurista. Pero de pronto, en Francia aparecía en el mercado. El diester era un corte al 30% para el combustible del transporte público de una pequeña región. El desarrollo lo había hecho el Instituto Francés del Petróleo, asociado con la Sofiproteol, la organización privada de la cadena de oleaginosas gala.
Establecí contacto con esa organización. Cuando en 1994 fui designado Presidente del INTA, les pregunté si estaban dispuestos a colaborar con el desarrollo del biodiesel en la Argentina. Usé el argumento que de esa manera se podría reducir la oferta de aceite de soja argentino en el mercado. Les pareció lógico. Y entonces nos donaron la mini planta de transesterificación, que habían armado en un container de 20 pies y ya estaba en desuso.
La idea era instalarla en la sede de Castelar, en Ingeniería Rural. Pero el Consejo Directivo desechó la idea, que apuntaba más que nada a hacer rodar la bola. “Es más caro que el gasoil”. Imposible hacer entender que esto jugaba en otra liga. Yo renuncié y corté mi sabático. Volví a Clarín Rural, a seguir empujando.
La realidad siempre se subleva, nos recuerda siempre Jorge Castro. Allá por el 2000, tomo contacto con Claudio Molina, que “la había visto”. Comenzó a trabajar en el proyecto de ley, que coronaría en el 2006 con la sanción del primer marco regulatorio para biocombustibles en el país.
Ya los pioneros se habían subido a la historia. El primero fue Manuel Ron, un ingeniero agrónomo que se abría paso en el comercio de insumos y asesoramiento en Rio Cuarto. Le juntó la cabeza a varios de sus mejores clientes, y crearon Bio4. Fue la primera planta de etanol de maíz. Mientras tanto, los grandes aceiteros se integraron verticalmente produciendo biodiesel para el mercado internacional. Y al amparo del corte obligatorio de biodiesel en el gasoil, surgió una oleada de pequeñas plantas en el interior.
Después, el proceso se volvió sinuoso y lleno de distorsiones. Algunas, por las restricciones de la propia ley. Otra, por las trabas impuestas por el marco normativo adicional. Los países importadores empezaron a trabar al biodiesel argentino. Los aceiteros no podían incursionar en el mercado interno, los petroleros no querían abrir el juego más allá de cierto límite. Todo se fue desordenando, se frenaron las inversiones y al borde del derrumbe de una idea que el mundo continuó con entusiasmo.
Ahora hay una luz al final del túnel. Lo principal, es que los propios productores comprendan que esto “es para ellos”. Muchos piensan que no tienen cabida en el negocio. Más allá de que la oportunidad está abierta para todos, el mayor beneficio es la mejora de los precios agrícolas. En www.bioeconomía.info hay un informe que explica que éstos han mejorado un 30%. Y que ello se tradujo en un fuerte aumento de los valores de la tierra.
Qué sería de los precios agrícolas si la nueva oferta global de granos, generado por el salto tecnológico, no hubiera encontrado esta salida. Estados Unidos consume 150 millones de toneladas de maíz por año para producir etanol. Ahora avanza con el aceite para biodiesel. Indonesia, mayor productor de aceite de palma del mundo, ya impuso cortes del 30%. Y así todo el mundo.
Es hora de subirse al tren.
