miércoles, julio 06, 2022

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LITERATURA: A 80 años del fallecimiento del fundador del Partido Socialista Juan B. Justo, en la Historia y la Política Argentina

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Juan B. Justo y el Grito de AlcortaJuan B.Justo y el Grito de Alcorta

Por: David Tieffenberg

A pocos días de cumplirse el octogésimo aniversario del fallecimiento del Dr. Juan B. Justo, la Fundación que lleva su nombre reedita esta breve obra en la que el militante socialista David Tieffenberg analizó y sintetizó el aporte, aún hoy vigente en muchos aspectos, del pensamiento de Justo.

Entre los aportes que brinda este trabajo está señalar el papel transformador de la política que significó la organización de un partido que pretendía expresar los intereses de la clase trabajadora asalariada, convertida por el desarrollo del capitalismo, ya entonces, en la clase social más numerosa de la sociedad argentina.

Más importante (y muy actual) es el rescate que hace Tieffenberg, a través de numerosas citas, del pensamiento de Juan B. Justo, mostrando cuan alejado y contrapuesto estaba respecto del liberalismo al que, generalmente por ignorancia o por motivaciones espurias, se lo suele emparentar. Lejos del Juan B. Justo “liberal” que se ha pretendido construir, unos para apropiárselo, otros para combatir la organización política independiente de la clase trabajadora, se pone de manifiesto en este trabajo cómo el pensamiento de Justo se inspiró en la obra de Carlos Marx.

Y cómo, al igual que Marx, reivindicó el aporte de la ciencia (bien diferente del “cientificismo”, al decir de Mariátegui) como instrumento fundamental para la construcción de la emancipación humana.

Hoy, en que el desarrollo del conocimiento científico es o bien negado y puesto en el mismo plano que cualquier sistema de creencias, o bien presentado como mero instrumento tecnológico subordinado al incremento de la ganancia capitalista y encubridor de una escalofriante realidad social resultante de la descomposición capitalista, el papel de la ciencia reivindicado por Justo como guía para la construcción de una “sociedad más libre e inteligente” adquiere especial relevancia.

Este trabajo fue publicado originalmente en 1948 por la Editorial La Vanguardia. Fue reeditado en 1988 por Ediciones Teoría y Práctica, con un prólogo de Gregorio Hairabedian, que forma parte, también, de la presente edición.

Nicolás Iñigo Carrera

Diciembre de 2007

Prólogo a la edición de 1988

El aporte teórico y práctico del fundador del Partido Socialista de la Argentina al desarrollo del pensamiento político tanto en nuestro país como en el resto de Latinoamérica, no ha sido aún debidamente valorado ni propagado suficientemente entre los sectores populares en general y los trabajadores en particular.

En el mejor de los casos, su obra se presenta como la de un reformador liberal y positivista, y su protagonismo como la de un místico y aséptico divulgador de ideas redentoras de las clases desposeídas, más cerca de la moralina cuaquerista que de la concepción científica de la Historia y la lucha de clases sociales antagónicas.

De esta manera, Juan B. Justo ha sido incorporado deliberada y especulativamente al patrimonio cultural del reformismo pequeño burgués y a sus metas de evolucionismo mecanicista.

Del mismo modo, sus definiciones y acciones auténticamente antiimperialistas han pretendido a través de la fraseología, ser desvirtuadas tanto por los sectores reformistas como por presuntuosas ‘izquierdas’ telúricas.

‘Aparecemos con una independencia y una libertad políticas de forma, pero en el fondo dependemos hoy más que hace un siglo de la autoridad y del poder extranjeros; y no hay poder más absoluto, más absorbente, más tiránico que el poder del monopolio, que el poder de las empresa capitalistas’, afirmaba Justo con su innegable autoridad intelectual y su sostenida lucha política.

El autor de este trabajo, el Doctor David Tieffenberg ha procurado invariablemente -nos consta- reubicar históricamente el invalorable aporte del Maestro como cuestionador implacable del sistema capitalista, defensor de los postulados revolucionarios del socialismo científico, e inclaudicable defensor de los derechos y requerimientos emancipadores de la clase obrera, con el objeto de revertir las distorsiones antes señaladas.

En esa dirección, afirma que Justo ‘aplicando la leona científica a la Historia Argentina, llega al convencimiento que el fundamento económico de ésta es de toda evidencia’ y, a modo de síntesis, agrega que ‘salvando los obstáculos y clavando banderillas a la burguesía decadente (Justo) afirma la presencia militante de la clase obrera en las luchas políticas… para ordenar ‘una libre e inteligente sociedad humana basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción’.

La aspiración del autor, que compartimos plenamente, es impedir desvirtuaciones de la figura y el pensamiento de Justo, rescatando la esencia y el fin último de su lucha y la acción desarrollada en un momento dado de nuestra Historia.

Gregorio Hairabedian

Juan B. Justo en la historia y la política argentina

El desarrollo histórico es complejo. Las fuerzas que actúan en el trasfondo del proceso no se manifiestan, aún a los ojos de los observadores más sagaces, con la precisión necesaria para permitir su juzgamiento adecuado.

La trama creada por los factores que entran en su producción, que adquieren categoría y prestancia de procesos generadores de los fenómenos económicos, políticos, sociales y éticos, es de tal complejidad, que sólo un riguroso método científico y una profunda y paciente investigación puede diferenciar sus elementos componentes y estudiarlos, así, en su génesis y desarrollo y determinar sus proyecciones.

Establecida la vinculación de los hechos y de los fenómenos, su conexión íntima, importaría descubrir los orígenes sociales en sus procesos determinantes, y explicar válidamente la formación y gravitación en el desarrollo histórico de las acciones e interacciones humanas.

Se llegaría por ese medio a darle precisión científica a la relación y vinculación causal de las teorías y modos de pensamiento que tienen su expresión en la superestructura, con sus ocultos procesos generadores que se mueven en la infraestructura.

Para conocer su intención disimulada en el subsuelo, y sus impulsos primarios, básicos, se hacía necesario remontar la corriente hasta sus fuentes de origen.

Esta tarea, que aceleraría acusadamente el proceso social, sólo podría ser cumplida por Investigadores munidos de una nueva concepción que, usando de la ciencia, permitiera calar hondo en la trama histórica para poner al descubierto sus desnudeces.

La aplicación del criterio científico al estudio pormenorizado e inteligente -no mecánico aunque sí esquemático- de la historia, en cuanto método apto para explicar debidamente las causas determinantes de sus múltiples manifestaciones, en función de sus proyecciones y perspectivas, se debe al genio de Carlos Marx.

Estudió éste hasta sus últimas consecuencias, la dinámica de la producción y la distribución de las riquezas en el desarrollo histórico-social.

‘En la producción social de su vida -afirma Marx- entran los hombres en relaciones determinadas, necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales.

El conjunto de esas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la cual se levanta un edificio jurídico y político y a la cual corresponden formas determinadas de conciencia social. El modo de producción de la vida material domina en general el proceso de la vida social, política e intelectual’. Ello le permitió establecer la génesis y desenvolvimiento del pensamiento ‘dentro del marco de una situación histórico-social’, que mueve a Karl Mannheim a considerar a Marx como el iniciador de la escuela activa de la sociología del conocimiento.

El ambiente social conforma las ideas y las modalidades del pensamiento. El pensamiento así se hace social. Y el choque de los modos del pensamiento y de las particulares formas de expresarse, que tienen su raíz de origen en los intereses económicos y éticos de los grupos que actúan en la sociedad, se manifiesta en la lucha de clases.

Debemos sumergirnos en la vida social para comprenderla y templar en ella nuestras armas. ‘Fuera de la ordinaria disciplina científica -expresa Justo-, no hay que prepararse a estudiar sociología con un examen de conciencia, como lo quisiera Spencer. Lo propio del método sociológico no está en aislarse, ni en declararse santo; está por el contrario, en la participación activa en la vida social. El mundo es nuestro laboratorio; a él vamos a verificar nuestras hipótesis. En ninguna otra rama de la actividad humana la teoría debe confundirse tanto con la práctica. En ninguna ciencia como en sociología la doctrina se confunde tanto con el método. De ello tenemos el glorioso ejemplo en Carlos Marx, autor de ‘El Capital’, y fundador de la Asociación Internacional de Trabajadores’.

Conocer ‘la base económica de la vida intelectual, tanto para el individuo como para la especie’, es orientarse con seguridad en el campo de las luchas sociales, y ocupar el puesto junto a quienes alientan los mismos intereses y las mismas inquietudes.

Si la sociología del conocimiento surgió con Marx, Justo fue su propulsor inteligente y destacado.

Lo que da al marxismo su frescura, su viva y actuante particularidad, es la interpretación dialéctica de los procesos histórico – sociales. Pero el marxismo aún con ser, o acaso por ello, una teoría de ensambladura y formación científica, activa, carecería de importancia y trascendencia si no explicara los conocimientos humanos desde sus orígenes a través de la realidad siempre cambiante, en perpetuo devenir.

Ahí radica precisamente su fuerza. Gracias a él “la historia ha dejado de ser – apunta Justo – una crónica, un romance o una filosofía, para constituirse como un conjunto de nociones combinadas, susceptibles de aplicación práctica”; abriendo – podríamos agregar nosotros – perspectivas insospechadas al progreso humano y social.

Ahora bien. De todo ello se infiere que el marxismo es un método de interpretación racional susceptible de ser aplicado al estudio de una situación histórico – social.

Así lo comprendió Justo y lo refirió al estudio de nuestra historia, pero no con mira estrecha de historiador simplista, sino con la visión amplia del sociólogo eminente, cuya conducta normada en las rígidas disciplinas científicas aseguraba seriedad y certeza en las conclusiones.

Aplicando la teoría científica a la historia argentina, llega al convencimiento que el fundamento económico de ésta es de toda evidencia.

Su conocimiento acabado de los principios del materialismo histórico le autoriza a realizar una hábil disección en la formación y el crecimiento de la sociedad argentina, poniendo al descubierto el “predominio general de la economía” en los procesos generadores y condicionantes. Esto le permite advertir, que no obstante la política colonial alambicada impuesta por la Corona a estas tierras para favorecer los intereses de los comerciantes y de la economía hispanas, su progreso histórico estaba asegurado, pues aquélla no pudo impedir “que se desarrollasen los vigorosos gérmenes de vida económica que había en el país”.

Señala la importancia de los nuevos medios y forma de producción en la economía colonial y el resorte íntimo que los hace accionar: “el advenimiento de la clase propietaria nativa a la conciencia de sus intereses económicos.

Es que los nuevos medios y formas de producción no conducen a nuevas relaciones políticas, sino en tanto que sugieren nuevas combinaciones de esfuerzos con un fin práctico determinado, en tanto que los hombres aplican a la realización de nuevas relaciones políticas el conocimiento que tienen de los efectos sociales de esos nuevos medios y formas de producción”.

Cuando la burguesía criolla adquiere conciencia de sus intereses, éstos entran en colisión con el de los monopolistas españoles. Y la Revolución tiene un sentido y una perspectiva claros. “No se trataba de realizar sueños de libertad, ni de democracia, sino de obtener la autonomía económica del país, y este fin primordial supo realizarlo la inteligencia y energía de la dirección revolucionaria’.

Analiza las luchas civiles en la historia argentina con un criterio interpretativo hasta entonces desconocido en nuestro medio.

Descubre la mecánica de la lucha de clases en ese período histórico-social. ‘Cuando abierto el país al comercio extranjero, los productos del campo tomaron valor, toda la tierra les pareció poca a los señores comerciantes y exportadores de las ciudades para acapararla y explotarla según nuevas reglas.

El gaucho vio su existencia amenazada, e, incapaz de adaptarse a las condiciones de la época, se rebeló. Así nacieron las guerras civiles del año 20 y subsiguientes, que fueron una verdadera lucha de clases.

Las montoneras eran el pueblo de la campaña levantando contra los señores de las ciudades. Hombres, mujeres y niños, la población campesina en masa, resistían a su dominación. López en Santa Fe. Ramírez en Entre Ríos; Quiroga, en el Interior, fueron los jefes de la insurrección del paisanaje contra el odio al gobierno burgués de Buenos Aires’.

Pero, ¿qué importancia atribuía Justo al estudio científico de la historia? Descubrir sus elementos componentes para conocer en qué medida entraban en la formación de las agrupaciones políticas y su grado de eficacia. Esto le permite sentar la premisa de que ‘las agrupaciones políticas de acción más eficiente en la historia argentina son las que han representado un interés económico más general y más bien entendido’.

El sociólogo no eclipsa al político inteligente y sagaz -como que la política es la parte activa, viva, de la sociología-; antes al contrario, lo completa y le confiere el aplomo y la prestancia que exornan su robusta personalidad de pensador eximio.

Por lo demás. Justo poseía desarrolladas en alto grado las condiciones que para Mannheim son necesarias a todo líder político. Su conocimiento acabado y consciente de ‘la historia, la estadística, la teoría política, la sociología, la historia de las ideas y la psicología social’, adquiridos a través de un riguroso método científico, se sintetiza en sus maduras reflexiones y sus juicios certeros.

Todo eso hizo de Justo, un iniciador en el medio social argentino maduro para la germinación de sus ideas geniales.

En efecto. El rompimiento del control social por la presión de las fuerzas económicas que se distendían buscando ubicación y espacio para desarrollarse, se había producido a fines del siglo pasado en nuestro país.

Los estrechos moldes del régimen de producción social rudimentario, resultaron chicos para un contenido que portaba en su seno los gérmenes embrionarios de un nuevo mundo económico, social y político, con repercusiones profundas en lo moral, que ya había tenido manifestación victoriosa en otras latitudes. Esos gérmenes forzaban las paredes desgastadas del cascarón que los contenía, en un deseo hecho propósito firme de emerger a la luz para cumplir su destino.

Ello no fue el resultado -acaso convenga subrayarlo bien- de factores brotados por generación espontánea.

Las fuerzas económicas que actúan en los países semicoloniales, registran las impresiones del progreso técnico que tiene lugar en los países imperialistas o más adelantados en su esfera económico-financiera e industrial, que da la tónica, precisamente, al régimen económico de aquéllos.

El proceso generador fue determinado por la acción combinada de ese progreso técnico incorporado a la producción nacional, que mantenía aún sus rasgos feudales, y por la integración de las corrientes inmigratorias que actúan como verdaderos revulsivos sociales, despertando en la conciencia de los explotados pobladores autóctonos y extranjeros, inquietudes de mejoramiento en sus condiciones de vida y de trabajo, que al chocar con la realidad, se traduce en la lucha de clases que dinamiza a la sociedad argentina obligándole a forzar la marcha y a acelerar su ritmo colonial.

Incorporada, pues, la técnica capitalista a la producción nacional que transforma su modo de producción social, nuevas relaciones, que son su consecuencia, desplazan a las anteriores y presiden su desarrollo histórico.

La transición del régimen feudal al agropecuario e industrial, provoca los primeros conflictos sociales de cierta importancia al acentuarse la explotación de las masas trabajadoras por el empleo de los nuevos procedimientos mecánicos que, a su vez, provocan la aparición del fenómeno de la desocupación, con características hasta entonces desconocidas en nuestro medio.

El malestar reinante en el seno de la masa obrera, genera la inquietud obrero-revolucionaria; pero en forma confusa, inorgánica. Hay más de reacción instintiva que de impulso consciente.

El proletariado ignora el papel que juega en el proceso de la producción, y no ha penetrado en el conocimiento de su misión histórica.

Empero, se agita, se mueve buscando adecuar sus inquietudes y necesidades a la realidad económico-social cambiante. Crea sus organismos específicos de lucha, y entra de lleno a actuar en el plano económico.

Todo ese proceso, acusadamente anárquico, tuvo su lógica repercusión en el escenario político sobre el que gravitó en forma decisiva.

En las postrimerías del siglo pasado la crisis política había llegado a su punto culminante. La corrupción, la venalidad y el fraude, daban fisonomía especial al ‘régimen’.

El ambiente social se había enrarecido al punto de que el clima se tornaba irrespirable como consecuencia de la profunda crisis económica, financiera, institucional y moral, determinada por la incapacidad y la rapacidad de las capas dirigentes de la oligarquía gobernante.

A todo esto, no había en el país un partido político serio orgánico, responsable, que encauzara el descontento popular hacia realizaciones promisorias. La marea iba aumentando de continuo y amenazaba desbordar.

Ante esa realidad prohijadora de consecuencias serias, se constituyó la Unión Cívica de la Juventud, más que como una agrupación política propiamente dicha, con el propósito de galvanizar las voluntades opositoras para darles cauce hacia el derrocamiento violento del sistema político, impuesto por una oligarquía manifiestamente incapaz de dirigir los destinos del país.

Justo adhiere y suma sus esfuerzos al movimiento. Su intención es hacer de ese conglomerado de fuerzas heterogéneas -y hasta encontradas, un verdadero partido político agitado por preocupaciones económicas y sociales con contenido científico.

Vencida la Revolución del 90, se disuelve la Unión Cívica. De ella se desprenden dos formaciones: La Unión Cívica Nacional y la Unión Cívica Radical. El triunfo del candidato de la primera, doctor Luis Sáenz Peña, provoca la revolución del 93 desatada por la segunda, comandada por Leandro N. Alem.

Partidos sin propósitos concretos de bien público y sin perfiles definitorios en materia económica y social, son, sin embargo, las expresiones combativas y combatientes de la burguesía capitalista.

El primer manifiesto electoral del Partido Socialista -producto de la pluma de Juan B. Justo – del año 1896, los caracteriza bien: ‘Hasta ahora la clase rica o burguesía ha tenido en sus manos el gobierno del país.

Roquistas, mitristas, irigoyenistas o alemistas son todos los mismos. Si se pelean entre ellos es por apetitos de mando por motivos de odio o de simpatía personal, por ambiciones mezquinas o inconfesables, no por un programa ni por una idea…

…Todos los partidos de la clase rica argentina son uno sólo cuando se trata de aumentar los beneficios del capital a costa del pueblo trabajador, aunque sea estúpidamente y comprometiendo el desarrollo general del país’.

Algunos espíritus selectos contemplaban angustiados y profundamente doloridos el cuadro sombrío que ofrecía la terrible hora argentina.

Empero, tal estado de ánimo operando, incluso sobre una voluntad férrea y una mentalidad vigorosa e incontaminada, no habría bastado por sí solo para determinar la conformación de un movimiento progresista destinado a moralizar las costumbres políticas y a dignificar al sector de pueblo brutalmente explotado, para conducirle finalmente a su emancipación.

Se habían dado las condiciones necesarias para producir ese acontecimiento histórico trascendental. Todo estaba maduro para el nacimiento de una fuerza política revolucionaría, que vendría a gravitar intencionalmente sobre el proceso social para acelerarle, y que sería la expresión de lucha de la clase obrera en el plano político. Empero, no basta que concurran todas las condiciones ambientales necesarias para producir un acontecimiento histórico de las características del aludido, es menester, fundamentalmente, para precipitarle, del hombre que lo intuya y lo penetre; del elemento humano apto para favorecer su producción.

El debe poseer cierta habilidad, sentido político desarrollado y agudeza sociológica, pues el éxito del nuevo fenómeno estará asegurado si sabe interpretarlo y orientarle en sus comienzos difíciles y peligrosos.

‘El gran hombre es -observa Plejanov-, precisamente, un iniciador, por que ve más lejos que otro y desea más fuertemente que otros.

Resuelve los problemas científicos planteados a su vez por el curso anterior del desarrollo intelectual de la sociedad: señala las nuevas necesidades sociales, creada por el anterior desarrollo de las relaciones sociales; toma la iniciativa de satisfacer esas necesidades.

Es un héroe. No en el sentido de que puede detener o modificar el curso natural de las cosas, sino en el sentido de que su actividad constituye una expresión consciente y libre de este curso necesario e inconsciente. En esto reside toda su importancia y toda su fuerza. Pero esta importancia es colosal y esta fuerza es tremenda’.

Ese iniciador en el medio social argentino de fines del siglo pasado; ese elemento apto de visión amplia y certera, de inteligencia clara alimentada por una cultura sólida y vasta y de una pasión por lo humano casi sublimada, se corporiza en Juan B. Justo.

 

Se sumerge Justo en las aguas estancadas de la ‘política criolla’ para removerlas y aclararlas. Intégrase a la lucha abandonando su cómoda posición de cirujano eminente y respetado, en momentos difíciles para el país y junto a un proletariado totalmente huérfano de derechos y a merced de los designios reaccionarios de una oligarquía sórdida y voraz, para elevarlo y dignificarle.

Entiende que ninguna herramienta es más adecuada para ello que el Socialismo, cuya existencia tiene su justificación en la realidad económico-social del capitalismo con su división en clases, y cuyo objetivo ideal es la emancipación de los trabajadores.

Pero esto último sólo podrá darse -así lo comprende acertadamente, coincidiendo con Sorel- cuando los trabajadores adquieran la facultad científica al mismo tiempo que la capacidad política.

‘Adoptemos sin titubear -afirma Justo- todo lo que sea ciencia; y seremos revolucionarios por la verdad que sostenemos, y la fuerza que nos da la unión, muy distintos de esos falsos revolucionarios, plaga de los países sudamericanos, que sólo quieren trastocar lo existente, sin ser capaces de poner en su lugar nada mejor.

El socialismo moderno cuenta también con las masas populares, y con el poder de la razón; pero con las masas populares, en tanto que ejercitan su razón, y con la razón, en tanto que es ejercitada por las masas’.

Crear un partido político que recoja y cristalice las inquietudes y aspiraciones de las masas laboriosas; que no comprenda a todo el pueblo, sino a ‘una fracción de él’: a la clase obrera; oponerlo a las facciones militantes precapitalistas accionadas por conceptos abstractos, cuando no por complejos emocionales, que encubrían bien las ambiciones desmedidas y espúreas de sus dirigentes aprovechados.

‘Preguntemos -dice Justo- cuales son sus ideas a los hombres más importantes de nuestra llamada política; todos nos dirán lo mismo; el bien de la patria, el engrandecimiento nacional, la honradez administrativa, la moralidad política.

Se ha llegado hasta proclamar que entre nosotros no hay lugar a cuestiones económicas que dividan la opinión, todo se reduciría a saber quien es el hombre capaz de hacer la felicidad del país. Y si esto no es suficiente razón para partidos serios y orgánicos, da origen al menos a una gran variedad de facciones’.

Anteponer el partido político a la facción criolla; desalojar la facción inorgánica, semi-bárbara, corrompida y corruptora y construir sobre sus cimientos los partidos políticos como paso previo y obligado para crear las condiciones que permitan el funcionamiento normal y progresivo de la democracia política, se hizo propósito firme en Justo.

La facción es un conglomerado informe, sin organización. Comúnmente carece de principios o ideales que normen su conducta hacia objetivos superiores en los cuales el cálculo egoísta se diluye para dar paso a una afirmación generosa y trascendente.

El partido político que debe tener organización e ideales -requisitos que le confieren personalidad- necesita estar dotado de una teoría rigurosa.

Si en los grupos de origen precapitalista ‘la reflexión teórica tiene una importancia completamente secundaria’ -apunta K. Mannheim- no ocurre lo mismo en grupos que no están unidos originariamente por vínculos orgánicos de vida en común, sino que ocupan meramente posiciones similares en el sistema económico-social, en los cuales ‘una teoría rigurosa constituye un indispensable requisito previo de coherencia’.

Así lo entiende Justo. Desde el primer momento -es más, nace a su conjuro- se preocupará por dotar a esa nueva formación de la teoría científica que él abrazara con tanta pasión, y que le permitirá penetrar en el subsuelo del ordenamiento económico y social para poner al descubierto las causas ocultas de las corrientes de pensamiento que pujan en la superficie. El marxismo pasa a ser la teoría que normará la línea política de la nueva agrupación.

Los partidos políticos -que señalan diferenciados modos de pensamiento- actúan en función de los intereses económicos y éticos, en estrecha relación con aquéllos, que informan su ideario y determinan su conducta.

Para la formación de los partidos políticos en nuestro medio, era menester que ‘cada grupo social adquiera conciencia de sus intereses políticos’. Las agrupaciones sociales se iban diferenciando entre sí por los particulares intereses económicos en juego.

Pero el marxista que hay en Justo afirma que esa diferenciación de matices no basta. El antagonismo entre ‘los propietarios que quieren mantener todos los privilegios inherentes a la propiedad legal del suelo, y arrendatarios en que la ley no favorezca su ocupación y cultivo efectivos’, no serán fecundados mientras no se declare otro más fundamental, el antagonismo político entre capitalistas y asalariados, la gran lucha de clases que empuja hacia adelante a las sociedad modernas. …

Ahora la lucha de clases es un principio político proclamado en todo el mundo civilizado, es una lucha calculada y prevista entre clases conscientes de su situación respectiva y de las necesidades del progreso histórico’.

En una palabra: Los dos elementos sociales frente a frente: Burguesía y proletariado. ‘Si ha de haber partidos, ¿no es necesario, en el doble sentido de la palabra, que cada uno de ellos tenga como núcleo a uno de esos elementos sociales?’.

Bajo el signo y el imperio de ese pensamiento robusto, orientador, señero, nace la expresión política de la clase obrera.

Señala Justo con toda precisión sus características definitorias al proyectar la Declaración de Principios -que es síntesis esencializada del Manifiesto Comunista adaptado a la realidad nacional-, y el Programa Mínimo.

Al informarlos expresa: ‘que lo que se había propuesto el Comité al confeccionar esos proyectos era caracterizar el Partido Socialista Obrero en su doble faz de movimiento de clase, y de movimiento económico.

El Partido Socialista es ante todo el partido de los trabajadores, de los proletarios, de los que no tienen más que su fuerza de trabajo; las puertas del partido están sin embargo abiertas de par en par para los individuos de otras clases que quisieran entrar, subordinando sus intereses a los de la clase proletaria.

Lo que es importante es patentizar nuestra independencia de todo interés capitalista o pequeño burgués; sin creer por eso que en todos los casos y en todas las cuestiones sean opuestos a los nuestros’.

Siempre dentro de esta tesitura, se empeña Justo en remarcar, en cuanta oportunidad se le presenta, que el Partido Socialista es un partido de clase.

‘Es un partido de clase -asevera sentenciosamente- porque lo componen principalmente personas que salen de la misma clase social.

Profesamos ser el Partido de la clase trabajadora y más especialmente de la clase trabajadora asalariada… Es de clase nuestro partido por sus fines inmediatos de mejoramiento de la situación material y mental de la clase trabajadora y por su fin último, que es la completa emancipación de los que trabajan, sobre la base de una nueva forma social en que los medios de producción no sean de propiedad privada, sino de la colectividad trabajadora entera’.

Y en la misma conferencia, en el Centro de la 14, como para aventar cualquier duda, advierte que al primitivo título de Partido Socialista Obrero, se le quitó el agregado de obrero, ‘ya que siendo socialista, también era casi superfluo decirle obrero’.

Pero Justo es más pretencioso. No se conforma con liquidar la facción e introducir un poderoso fermento que romperá el control social para acelerar su progreso; quiere introducir y aplicar la ciencia a la política. El Partido Socialista es para el visionario insigne, ‘el advenimiento de la ciencia a la política más avanzada, no por lo que prevé o promete, sino por lo que hace’.

Vuelca Justo en ese molde, en esa nueva forma que concita todas sus esperanzas y todos sus esfuerzos, sus ideas políticas, filosóficas y sociológicas, en la intención confesada de que pensamiento y acción, en estrecha simbiosis, generen una fuerza capaz de ordenar ‘una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción’.

Estas ideas perfilan con nitidez meridiana al partido socialista en el escenario político argentino.

El contacto con las otras agrupaciones inorgánicas y anodinas, lo agiganta. Con la causticidad propia de su espíritu recio y sin dobleces, lo señala así. Justo, en su carta a Ferri: ‘Agrupaciones efímeras, sin programas ni principios, sin más objetivos que el triunfo personal del momento, los partidos de la política criolla, pasada la frontera, carecen de todo sentido…

Frente a ese caos de facciones y camarillas, cuya única palabra de orden y único vínculo interno es el nombre del condottiere que los guía al asalto de los puestos públicos, ha aparecido y se desarrolló el Partido Socialista que, sin excluir a nadie de su seno, se presenta ante todo como la organización política de la clase más numerosa de la población, la de los trabajadores asalariados… Es, en una palabra, para el observador sobrio e imparcial, el único partido que existe’.

La nueva fuerza política contribuye sensiblemente a cambiar la fisonomía de la Argentina del siglo XX operando sobre su realidad ambiente.

El desarrollo industrial, el fortalecimiento de los cuadros proletarios urbanos, y la presencia y acción del movimiento sindical obrero y del Partido Socialista -que si bien se desenvuelven en planos distintos es total la coincidencia en los móviles que les impulsan-, que dan cauce normal a las aspiraciones e inquietudes de los trabajadores, determina un reacondicionamiento de las fuerza políticas actuantes.

Los grupos políticos al superar la etapa de la facción y entrar en la esfera de partido político propiamente dicho, es decir, con organización estable y con objetivos concretos, llevan también en su seno los gérmenes de su propia destrucción.

Tiene latencia en ellos el proceso dialéctico -comprendido por lo demás, en la facción aunque no se distinga con perfiles claros en atención a las características de ese hecho social histórico, pero que ha sido proceso generador de su evolución- que de potencial deviene activo cuando la agrupación está en retraso frente a la realidad impulsada por las fuerzas económicas en pleno desarrollo, o propone u olvida la perspectiva histórica que constituye su objetivo ideal.

Así lo comprendió Justo. Por eso mientras al Partido Socialista sin restar jerarquía a los principios rectores que presiden su desenvolvimiento, ni olvidar su finalidad última, obliga a los núcleos políticos a superar sus deficiencias orgánicas y a concretar sus propósitos, no descuida la realidad y ocupa el puesto de vigía avanzado del desarrollo histórico argentino.

Salvando los obstáculos y clavando banderillas a la burguesía decadente, afirma la presencia militante de la clase obrera en las luchas políticas. Presencia que es afirmación de progreso, como que la clase cuyos intereses representa y custodia es la que presiona intencionalmente sobre el proceso para acelerar un desenlace deseado en sus resultados últimos.

Despierta reacciones a su paso. ‘Los grandes éxitos de esta nueva fuerza -apunta Justo-, encendieron en los partidos contrarios el deseo de contrarrestarlos por medio de actitudes demagógicas, por la exaltación de un nacionalismo jesuítico y por la organización sistemática del error y de la mentira, puesta a cargo de la iglesia oficial y de la prensa grande’.

Empero nada ni nadie puede detener su marcha. Avanza sobre terreno firme, las ideas fuerzas del Maestro le sirven de palancas propulsoras. Es tal su consubstanciación del progreso social argentino, que se perciben sus huellas en todas sus expresiones.

El balance arroja un saldo favorable a su favor. En más de 50 años de acción cívica, de militancia enérgica y de educación popular acreditó las bondades de su método y la fuerza moral de sus principios.

Se realiza así el deseo íntimo de Justo. Corporízase la simbiosis de pensamiento y acción en síntesis promisoria en el Partido Socialista.

Cumplida esta primera etapa, de nosotros depende que la herramienta amorosa y artísticamente trabajaba por el Maestro sirva a los menesteres para los que fue concebida: ordenar ‘una libre e inteligente sociedad humana, basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción’.

Juan Bautista Justo, (nació el 28 de julio de 1865 en Buenos Aires; murió el 8 de enero de 1928 en Los Cardales, Partido de Pilar, Provincia de Buenos Aires), fue un médico, periodista, político, parlamentario y escritor argentino, fundador del Partido Socialista de Argentina que presidió hasta su muerte, del periódico La Vanguardia y de la Cooperativa el Hogar Obrero. Se desempeñó como diputado y senador nacional.(ARGENPRESS)