Crónicas en domingo. Laberintos

Silvia Guillot

Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia. Hace años, en el 2003, escribí un cuento que reflejaba la angustia casi general que se vivía en Argentina debida a la gran crisis social, política y económica. Hace poco, ordenando papeles, lo encontré. A la distancia, veo que para algunos las cosas no han cambiado demasiado y que si bien para mí la carga de dolor ya es casi un recuerdo, la idea de búsqueda (por suerte) sigue vigente.

Laberintos

Mira a la pared e instantáneamente mira a los costados. La naturaleza es así. Siempre busca una salida.

Y pongo otro contra la pared y es la misma acción-reacción: mira a un lado, mira al otro… busca la salida.

A veces me pregunto si tantos años de trabajo han valido la pena… ¿Este es el número 13? ¿O era el 14? No hace diferencia. Ojos hundidos, mirada mínima, a un lado, al otro, buscan y rebuscan una salida. Otra pared… hacia el otro lado… otra vez.

Cuando empezó este trabajo nunca creyó que duraría en él tantos años. Era un joven flaquito, sin muchas luces, conocido de alguien que buscaba un “laburito” hasta que terminara de estudiar. Nunca terminó.

Pero el trabajo duró y duró tanto tiempo que tenía la sensación de que toda su vida había transcurrido en ese lugar… un viejo espacio dentro de un laboratorio… una pequeña tarea con ratones (siempre distintos pero siempre iguales), entre los cuatro muros de la sala que alguna vez habían sido blancos, (tono que nunca pudieron recuperar por falta de presupuesto, la ciencia casi nunca tiene un presupuesto que alcance).

Este ratón parece diferente a los otros… este va a tomar otro camino, tiene pinta de inteligente… seguro que encuentra la salida… seguro… pero no…¡Qué ratón tarado! ¡Sos igual que otros! ¡Volvé a tu jaula!

Él también volvía a su jaula. Cada mañana salía de su departamento y llegaba a su “oficina”, como le gustaba llamar a su lugar de trabajo. Y aunque ahora se ríe, siempre recuerda el primer día… porque el primer día se perdió. Le dieron las indicaciones de cómo llegar a la sala donde trabajaría, pero se perdió. ¡Como para no perderse! Los pasillos eran todos iguales, las puertas pintadas todas del mismo color, las paredes angostas con carteles casi ilegibles (a los que no había que tener en cuenta porque, además, estaban desactualizados), los pisos de mosaico, todos del mismo tono gris… y el frío. El frío era una constante en la sucesión de salas, puertas, carteles y pasillos. Le llevó tiempo (y disculpas varias a los que, en cada sala a la que entraba por error, lo miraban como preguntando ¿quién sos?) hasta que se acostumbró. Al cabo de unos días llegaba bien y rápido a destino.

Las paredes alguna vez blancas lo esperaban y oprimían de tanto en tanto el deseo que aún aguardaba (bien hondo) en su corazón; aquel deseo juvenil y riguroso de estudiar que había dejado a un lado por la seguridad que le ofrecía un sueldo, por las necesidades de sus padres primero y su mujer después… o tal vez, por miedo inconfesable al cambio y al fracaso.

Quedate quieto… ya está… este también… otro más… falta poco y termino… ¡Quedate quieto que te me escapás!

Suena el teléfono. Raro. Casi nunca suena. Pocos o casi nadie necesita algo de su pequeño mundo.

– ¿Señor Chávez?

– ¿Si?

– Haga el favor de pasar por contaduría.

¿Qué querrán? Espero que no sea lo que se anda rumoreando hace días… ¿Y si es?… ¡No! No puede ser. ¿Si me dicen que me quedo sin laburo? ¿Qué hago? ¿Qué le digo a mi mujer? ¿Qué voy a hacer?

Los pensamientos se desordenaban en su cabeza mientras seguía caminando por el pasillo que lo llevaba a contaduría. Entró, se sentó después de que se lo indicaron. Allí recibió una explicación (falta de presupuesto, reducción de personal, usted no tiene hijos a cargo), una decisión (queda desafectado de la planta), las muchas gracias y un cheque (todo legal).

Volvió a la vieja sala avanzando por el río de pasillos haciendo fuerza contra una corriente imaginaria. Completó por última vez su tarea (aquella que alguna vez creyera eterna), pero en lugar de colocar los ratones en sus jaulas los puso dentro de un portafolios viejo de cuero. Se quitó el delantal como quien se quita una segunda piel… y recorrió los laberínticos pasillos hasta la salida… Por última vez.

Llegó a la calle. Soltó los ratones… ¡Corran! Son libres, como yo, aunque me duela.

Y por un segundo miró al frente, luego a un lado, luego a otro…

Cayó en la cuenta de que lo que habían hecho, tanto los ratones como él, fue cambiar de laberinto.

S. G. 2003

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