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Yo, impactado por la gran noticia de ayer: el anuncio de una inversión de 400 millones de dólares de Louis Dreyfus Company (LDC) para construir una nueva planta de procesamiento de girasol y soja en Bahía Blanca. En realidad, es mucho más que una noticia empresarial. Es una señal potente sobre el momento que atraviesa la Argentina y sobre el lugar que puede volver a ocupar en el mapa mundial de la agroindustria. Y encima, en un lugar emblemático, que sintetiza el ensamble entre la Vaca Viva y la Vaca Muerta.
Recuerdo haber estado en la inauguración del puerto de LDC en Bahía Blanca, hace unos veinte años. Allí, los directivos deslizaron que la intención era construir una planta de crushing. Pero se ve que el país no había generado las condiciones necesarias para desencadenar el proceso…
La nueva planta, que se integrará al complejo portuario y logístico que LDC ya posee en Bahía Blanca, tendrá capacidad para procesar 4.000 toneladas diarias de girasol o soja. Cuando entre en funcionamiento estará entre las mayores plantas de crushing de girasol del mundo y operará utilizando biomasa renovable proveniente de las propias cáscaras de girasol, reduciendo costos energéticos y las emisiones.
Tremendo: en la convergencia del gasoducto, el mensaje subraya la supremacía conceptual de la bioenergía. Que al gas lo usen como insumo de la petroquímica y no lo quemen como fuente de energía.
Nadie desembolsa 400 millones de dólares para aprovechar una oportunidad pasajera. Es una apuesta a la competitividad futura de la Argentina. El dato concreto es la gran cosecha de girasol del último año, basada en la genética y el manejo. Y la consolidación de la demanda asiática, en particular la India, una aspiradora de aceite vegetal y en particular de girasol.
Pero hay más. En los últimos meses la misma LDC puso en marcha una nueva línea industrial en Timbúes, Santa Fe, para procesar camelina, carinata, canola y girasol, ampliando su capacidad más allá de la soja tradicional. El objetivo es abastecer la creciente demanda mundial de aceites destinados a combustibles renovables, especialmente combustible sustentable para aviación (SAF) y diesel renovable (HVO). La línea agrega 3.000 toneladas diarias de capacidad de procesamiento y posiciona a la Argentina en mercados que hace apenas unos años ni siquiera existían.
La camelina y la carinata merecen un párrafo aparte. Estos cultivos de invierno, que se siembran entre dos cosechas tradicionales, se está transformando en una de las grandes apuestas para abastecer la transición energética global. LDC viene impulsando su expansión en Sudamérica mediante acuerdos de largo plazo, apostando a una agricultura capaz de producir simultáneamente alimentos, proteínas y energía. Bayer, Bunge y Cargill van en la misma dirección.
A esto se suman otras iniciativas recientes de la compañía: el desarrollo de nuevas capacidades logísticas en la región del río Paraná, como el puerto de Santa Elena inaugurado hace menos de un año. Inversiones vinculadas al algodón para exportación (ante puerto de Zárate) y la expansión de sus plataformas industriales orientadas a productos de mayor valor agregado.
El fenómeno coincide con otros anuncios de gran magnitud. Bahía Blanca, por ejemplo, se está consolidando como uno de los polos industriales más dinámicos del continente. Allí convergen proyectos vinculados al petróleo y gas de Vaca Muerta, nuevas terminales portuarias, inversiones petroquímicas, ampliaciones en fertilizantes y proyectos de industrialización energética. Recordemos que hace apenas seis meses se concretó la compra de Profértil (la mayor planta de urea granulada de Sudamérica) por parte de Adecoagro. Y que estaría por confirmarse la inversión de Pampa Energía en otra planta de fertilizantes en el mismo sitio.
La Vaca Muerta y la Vaca Viva. No es “una u otra”. Es “y”.
La Argentina no fue solamente exportadora de granos. Desde los años noventa construyó el complejo de crushing más grande y eficiente del mundo sobre el Paraná, entre Timbúes, San Lorenzo, General Lagos, Villa Gobernador Gálvez y Ramallo. Gracias a ello se convirtió en el principal exportador mundial de harina y aceite de soja, mucho más que de poroto sin procesar.
Pero Bahía Blanca tiene una historia diferente. Mientras el Gran Rosario se transformó en uno de los mayores polos mundiales de procesamiento de soja, el puerto bonaerense se especializó fundamentalmente en la exportación de granos sin procesar. Trigo, maíz, cebada y girasol encontraron allí una salida natural hacia los mercados internacionales, aprovechando la cercanía con las zonas productivas del sudoeste bonaerense, La Pampa y parte de la Patagonia.
La ciudad tiene condiciones únicas: puerto de aguas profundas, acceso ferroviario, disponibilidad de energía, cercanía con una de las principales regiones productoras de trigo, cebada, girasol y maíz, y una larga tradición industrial. Si durante décadas fue conocida como la salida natural de los granos del sudoeste bonaerense y La Pampa, ahora comienza a perfilarse como un gran nodo de transformación industrial.
La discusión pública suele concentrarse en las urgencias de la coyuntura, pero detrás de escena se están alineando varios factores estructurales. El avance en la nueva concesión de la Hidrovía (otra gran noticia de estos días, como la defensa de la propiedad intelectual en semillas), la expansión de los biocombustibles (encaminando un nuevo proyecto de ley), las oportunidades asociadas a los combustibles sostenibles para aviación (SAF), los proyectos petroquímicos y de fertilizantes. Y ahora esta nueva ola de inversiones agroindustriales. Un escenario diferente al de los últimos años.
La Argentina retoma el sendero y apunta a convertirse en una potencia exportadora de proteínas, aceites convencionales y especiales, biocombustibles, combustibles sostenibles para aviación, fertilizantes, petroquímica y energía.
Es el mundial que ya estamos jugando.
