
Lo sucedido recientemente en Rosario no es un hecho aislado, sino un capítulo más en la sistemática desarticulación de nuestra identidad nacional.
Estamos frente a un Ejecutivo que parece administrar el país con el desdén de quien desprecia lo propio, priorizando lealtades foráneas por sobre el mandato de representar a los ciudadanos que habitan este suelo.
El olvido de lo propio y el festejo de lo ajeno
Resulta, cuanto menos, paradójico —y profundamente doloroso— observar a un mandatario nacional:
- Festejar con fervor la independencia de una potencia extranjera, mientras retacea el entusiasmo por las fechas que fundaron nuestra propia libertad.
- Ignorar la relevancia histórica y espiritual de un Papa argentino, faltando a la misa en su memoria, un gesto que no solo ofende a los fieles, sino que desconoce el peso simbólico de una de las figuras argentinas más influyentes en el mundo contemporáneo.
El ultraje al Monumento Nacional a la Bandera
Sin embargo, el punto máximo de esta deriva ideológica se alcanzó en Rosario. El Monumento Nacional a la Bandera no es una plaza cualquiera; es el altar de nuestra soberanía.
Ordenar el izamiento de la bandera de Israel en ese recinto sagrado de la argentinidad es una afrenta directa a nuestra historia.
El Monumento a la Bandera fue erigido para honrar el paño que Belgrano creó para darnos identidad. Convertirlo en un espacio de propaganda para conflictos geopolíticos ajenos es una falta de respeto a los caídos y a los símbolos que nos unen.
Conclusión
Más «antipatria» no se consigue.
No se trata de estar en contra de otros países o de la libertad de culto, sino de entender que un Presidente se debe, primero y siempre, a su bandera y a su pueblo.
Administrar en favor de los habitantes implica, esencialmente, respetar el suelo que se pisa y los símbolos que nos definen como Nación.
Lo que vimos en Rosario es la confirmación de una gestión que prefiere mirar hacia afuera mientras devalúa, por acción u omisión, el orgullo de ser argentinos.
