
¿Cómo estás?
Yo, bien, siguiendo de cerca las consecuencias del fuerte aumento de la urea, debido a la guerra en Irán, con el cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa una proporción elevada del fertilizante, en las decisiones de siembra en la campaña que ya se inicia. Lo que estoy viendo es que en la foto, la relación insumo producto está llevando a muchos a reducir el área de trigo.
Pensamos que hay que conviene ver la película. Es razonable esperar que el precio del producto siga la tendencia del costo de los insumos. El escenario lógico es que el precio del trigo y la cebada (y luego los de la gruesa) se acoplen al del fertilizante. Pero hay que ser muy corajudo para sembrar y esperar la corrección. Nadie tiene el diario de mañana. Y el horno no está para bollos.
En este escenario, el desarrollo de oleaginosas de invierno principalmente canola, camelina y carinata, está dejando de ser una simple alternativa agronómica para convertirse en un cambio estructural impulsado por el costo de los insumos, además de su atractivo comercial.
Tradicionalmente, la elección de cultivos de invierno estaba dominada por el trigo, que combina volumen, mercado y estabilidad. Esto seguirá así por mucho tiempo, y hace falta. Sin embargo, el trigo es también uno de los cultivos más exigentes en fertilización nitrogenada, con requerimientos que suelen ubicarse entre 120 y 180 kg de N por hectárea en planteos de alto rendimiento. En cambio, camelina y carinata tienen un techo de 80 kilos, por contrato. Podrían rendir más, pero para calificar como fuente de biocombustible de aviación SAF ese es el límite.
El potencial de estas especies radica en su capacidad para integrarse a la estructura productiva sin competir directamente con los cultivos tradicionales. A diferencia de soja o maíz, se insertan en la “ventana invernal”, permitiendo intensificar el uso del suelo. Son como cultivos de servicio que se cosechan. En términos económicos, esto implica generar una renta adicional en períodos que históricamente estaban ocupados por barbechos, transformando meses improductivos en ciclos activos.
Sin embargo, el principal motor de su expansión no es solo agronómico, sino industrial y geopolítico: la demanda creciente de bioenergía. Estas oleaginosas son materias primas aptas para biodiésel, aceites hidrotratados (HVO) y especialmente combustibles sostenibles de aviación (SAF), un mercado en fuerte expansión global. El SAF, impulsado por regulaciones internacionales, puede reducir hasta un 80% las emisiones respecto a combustibles fósiles, lo que está generando una demanda estructural de aceites certificados de baja huella de carbono.
El costo del nitrógeno y la valorización del carbono están redefiniendo las reglas del juego. Aunque todavía ocupan una superficie relativamente acotada, su crecimiento reciente es muy acelerado: pasaron de unas 30.000 hectáreas hace pocos años a cerca de 170.000 hectáreas en 2025, lo que evidencia un proceso de adopción en plena expansión. Los rindes son aceptables y competitivos, en un proceso de consolidación y mejora tecnológica continua.
Desde el punto de vista agronómico, presentan ventajas relevantes. Son cultivos de raíces profundas y pivotantes, que mejoran la estructura del suelo, favorecen la infiltración de agua y contribuyen al reciclado de nutrientes. Además, generan biomasa y aportan carbono al sistema, lo que mejora la sustentabilidad general del esquema agrícola. En algunos casos, también poseen efectos alelopáticos que ayudan al control de malezas, un factor clave frente al creciente problema de resistencias. En sistemas dominados por soja, maíz y trigo, la incorporación de estas oleaginosas permite romper ciclos de plagas y enfermedades, mejorar la rotación y reducir riesgos.
Los principales traders internacionales ven en la Argentina una plataforma ideal. Hoy es el mejor origen, seguido por Uruguay. Dreyfus inauguró recientemente una planta de procesamiento de estas nuevas oleaginosas. Bunge va en la misma dirección. Cargill es un activo comprador. Esto llegó para quedarse. Avanzan iniciativas como proyectos de biorrefinerías orientadas a HVO y SAF que refuerzan la señal de que no se trata de una moda pasajera, sino de una nueva cadena en construcción.
Había cinco factores clave. Primero, la intensificación productiva: permiten aumentar la producción por hectárea/año sin desplazar cultivos principales. Segundo, los beneficios agronómicos, que mejoran el sistema en su conjunto. Tercero, la sustentabilidad, cada vez más valorada por mercados y regulaciones. Cuarto, la demanda energética global, que actúa como driver estructural. Y quinto, la innovación tecnológica y genética, con una rápida incorporación de nuevos cultivares adaptados a distintas regiones, aunque la cadena comercial requiere consolidación.
Y ahora irrumpe un sexto factor, el costo del nitrógeno.
