OPINIÓN: «Confieso que he vivido»

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Por Miguel Abálsamo

La lapida de Mario Anchorena debería decir… «Confieso que he vivido», aquel libro que recogía las memorias del poeta chileno Pablo Neruda, que había vivido lo que quiso vivir, a su manera, sin pedirles cuentas al amanecer, y como Mario, hasta el último round de sus invictos 94 años.

Mario Anchorena fue uno de sus tipos de novela, podría haber sido inspirador de aquel Jorge Luis Borges gustador de estos personajes, hubiese encajado en el surrealismo de Gabriel García Márquez, o de quien saboreaba la vida porteña como Leopoldo Marechal, Mario era para llevarlo al cine, no exagero en nada, soy un enemigo de la exageración, menos aún para quienes ni merecen un renglón de aquellas viejas tintas de redacción.

Amigo del «mono» Gatica en la Argentina de los cincuenta, hincha de Almagro… ese «almagro… almagro de de mi vida…» como cantaba el «morocho», alguien que llevaba en su corazón de tanguero y de serenatas de barrio, fanático de Independiente y peronista, como suele decir un amigo… «estos tipos no pueden dejar de ser peronista», discutida frase que es mi cuestión profundizar en este día.

Dueño de una pinta que no ofendía, la exhibía con humildad de tipo de barrio, el que se llevaba las más lindas, presentador de espectáculos, animador de programas radiales, amigos de sus amigos, tarareando tangos andaba por la vida, uno de los más grandes promotores de boxeo nacional, noches memorables de Horacio Acavallo recién llegado como campeón del mundo al Piso de los Deportes de Rivadavia por el 67, por él pasaron los mejores, los que andaban por las piñas sobre el ring y después eran abrazos transpirados sinceros, esos que no pude darle hace unos días culpa del maldito Coronavirus, cuando lo salude de vereda a vereda mientras descendía de su inconfundible Fiat 600 amarillo, ese… «el Fitito de MARIO», casi una marca doble.

Fue el que vendió una quinta para tomarse el avión a Nueva York, Madison Square Garden en la memorable noche de Clay-Bonavena, el que se dio los gustos en esta vida tan corta que hay hacerla larga viviendo cada día como si fuese la última.

«Che… Miguelito… vamos a hacer boxeo… que te parece?, me dijo una tarde en la redacción deportiva de «Ecos Diarios», a la que visitaba seguido, primero para charlar y segundo porque vivía a media cuadra, casi un pasatiempo.

Acepte el convite, en octubre del 86 hicimos en sociedad la primera de una serie de peleas (en las que nunca nos quedaba un mango, para aclararlo) y siempre buscamos revanchas, la mayor fue el título sudamericano Flores Burlon y el «Potro» Roht, categoría medio-pesado en el Huracán, hubo noches de amateurs y de profesionales, cada organización era pasarla bien con Mario, el que convidada en su casa el clásico bife y un buen puré de papas, la excusa para terminar hablando de box, tangos y de la Necochea que se fue y ya no será.

Cada día lo vivía con sus cosas, nostalgias y mirando que el venía, no importaba los años, esos estaban en el almanaque no en las ganas de sentirse vivo cada momento, por eso el tostado playero de los médanos cercanos a la escollera, la vieja libreta para agendar la publicidad de sus programas, las ganas en cada aniversario de la muerte del que cada día canta mejor, para organizar en 59 y 62 la «tangueada» clásica, junto al monumento que fue creación y esfuerzo de Mario.

No es sorpresa que la gente de mucha edad tenga que irse, eso no impide el dolor y aflorar los mejores recuerdos…

Dicen que los amigos… «se cuentan siempre dos veces… en las buenas para ver cuantos son, y en las malas para ver cuantos quedan».

Marito (su hijo, radical y riverplatense para llevarle la contra), me anunciaba el domingo al mediodía su fallecimiento, agregando… «el viejo te quería mucho…» yo ya lo sabia, pero es gratificante el concepto, y fue reciproco la querencia.

La muerte no existe, la gente solo muere cuando la olvidan.

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