lunes, julio 15, 2024

Ecología, Nacionales

Historia ambiental y literatura

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Por Antonio Elio Brailovsky

Hace unos días di una conferencia sobre Historia Ambiental y Literatura en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires. Los amigos presentes me sugirieron que la enviara por aquí, pensando que a ustedes podría interesarles.

Forma parte de un esfuerzo por llamar la atención sobre la necesidad de integrar las formas de conocimiento científico con las artísticas, respetando la especificidad de cada una de ellas.

En 1929, el gran director de cine soviético Serguei Eisenstein (autor, entre otros de «El acorazado Potemkin», «Octubre» y «Alejandro Nevsky») publica su compleja teoría sobre el montaje cinematográfico.

Es un texto donde uno encuentra admirables reflexiones técnicas sobre la construcción de una película, redactadas en un implacable lenguaje científico.

Echamos de menos, sin embargo, lo esencial de la obra de arte, que es el proceso creativo.

¿Lo escribió porque creía en eso, porque lo necesitaba para hacer su cine? ¿O lo escribió para disfrazar lo suyo de ciencia ante los omnipresentes ojos de la policía de Stalin?

¿Cómo respondemos nosotros al desafío de un diálogo entre artes y ciencias sin que ninguno de ellas se pierda en la otra? No hay recetas, de modo que nos toca probar por ensayo y error.

”El viento del sudoeste es loco. Viene galopando sobre la polvareda, y sus rebencazos relampaguean en el atardecer. Se ríe hasta las lágrimas; se mete en todas partes, con bufidos y chaparrones; tuerce los árboles y arroja puñados de hojas y de ramas; dispersa el ganado; sacude las casas aisladas en la llanura; golpea las puertas; echa a volar la ropa tendida; cruza la ciudad, donde se encabrita, mareando a las veletas y asustando a las campanas; y sigue adelante, hacia el río. Entonces parece que hubiera entrado en el agua un inmenso rodeo de toros.

Mujica Láinez, Manuel: “El pastor del río”, en: “Misteriosa Buenos Aires”, Seix Barral, 1951.

Es loco el pampero, pero no se le conoce locura como la de ayer. A las oraciones, su furia arrastró al río hasta las balizas.

Durante la noche, no paró de correr y silbar. Las gentes de Buenos Aires durmieron apenas.

Hoy, miércoles 30 de mayo, Buenos Aires se asombró desde el amanecer porque allí donde el río extendía siempre su espejo limoso, el río ya no está. El barro se ensancha hasta perderse de vista.

Sólo en los bajíos ha quedado el reflejo del agua prisionera. Lo demás es un enorme lodazal en el que emergen los bancos. Los muchachos aprovechan para ir a pie hasta el próximo banco de arena.

Se dice que algunos fueron a caballo a la Colonia, vadeando los canales. En el fango surgieron unas anclas viejísimas, herrumbrosas, como huesos de cetáceos, y el casco de un navío francés que se quemó el otro siglo.

Hay doquier lanchas tumbadas y, como es justo, ni un pez, ni un solo pez. Los pescadores, furiosos, discuten con las lavanderas, en las toscas resbaladizas. Hoy no se pescará ni se lavará”