Ecología, Nacionales

ECOLOGÍA: Los ritmos de la naturaleza – El Verano

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Por Antonio Elio Brailovsky

Hemos dicho en muchas oportunidades que el distanciamiento de la naturaleza que caracteriza a nuestra cultura, ha sido provocado intencionalmente para facilitar la tarea de quienes lucran con la destrucción del medio natural que nos sostiene.

Un ejemplo sugestivo es el resultado de la reciente Cumbre del Clima, celebrada en París. Recordemos que la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático fue firmada en 1992. En las más de dos décadas subsiguientes, se registraron avances milimétricos, que contrastan con la afirmación generalizada de que el problema del clima es urgente.

Uno de los mayores avances es que, por primera vez, todos los países aceptaron (con enorme retraso) que el problema climático existe y que la acción humana es determinante en sus causas. Lo hicieron recién en la reunión número 21, lo que significa otras 20 grandes jornadas previas en las cuales no quisieron reconocer lo obvio.

Pero esta vez, en París ha pasado lo de siempre: se conforma a los pueblos con declaraciones sonoras y escasas medidas concretas. Los países desarrollados van a comenzar a poner dinero a partir del 2020, como si no hubiera una amenaza inminente.

El documento no habla ya «neutralidad de carbono», como en el último borrador, y mucho menos de «descarbonización de la economía». Los gobiernos se comprometen alcanzar el techo de emisiones gases invernadero «lo antes posible», es decir, sin comprometerse a ninguna fecha. Lo antes posible puede ser dentro de varios siglos.

Toda la publicidad del acuerdo dice que es «jurídicamente vinculante», pero los Estados Unidos advirtieron que el Senado de su país no va a aprobar ninguna medida vinculante. ¿Acaso es vinculante para los demás, pero no para Estados Unidos?

Haroldo  Conti: “Mascaró, el cazador americano”.

«Oreste fue en la tarde hasta Aguas Dulces, costeando, para ver si había noticias de ese barco. No llegó hasta ahí ni era su propósito. Llegó chorreando sudores hasta el barco hundido que, de lejos, parece una ciudad.

El barco no se ve desde Arenales. Sólo a medio camino aparece el bulto que entra en el mar como una prolongación de la Punta del Diablo. La arena que levanta el viento lo vela y aun lo borra y hasta lo remonta por el aire.

Después se despega de la Punta, vira, se hincha y, por fin, se convierte en una ciudad que crece a cada paso. Oreste cambia de ánimo según cambia el barco. Marcha por tiempos y caminos distintos según sea un roquedal, una nube, un tren, una muralla almenada, una ciudad. Más cerca es un barco, y se alegra, porque piensa que es el Mañana, ese gran barco que navega en su cabeza. Camina envuelto en arena, salpicado de espuma, sacudido por el viento, encogido en la cavidad de su cuerpo. La línea movediza de las olas lo despista, lo adormece. Se agacha y recoge un caracol blanqueado por el sol y lo arroja al mar con un grito. El grito no sale de su boca sino algo más adelante y se aplasta contra el viento. Y ahora el barco es un barco encallado, un cascarón de barco, nombre y tristeza Aldebarán.

Anduvo por el interior del casco, removiendo restos, despegando lapas, simulando navegaciones. Un chorro de mar entraba por un boquete en la banda de estribor. Recogió un grillete musgoso y lo echó en el bolsillo. Subió a cubierta y fue y vino unas cuantas veces de una punta a otra por el puro gusto de escuchar sus pasos. Oreste se detiene de golpe y hay un breve retumbo a sus espaldas, un rumor de chapas, un roce de escamas, el viento.

Sube al puente. El sol roza las puntas de los médanos, la playa es una neblina amarilla que recorren luces y fosforescencias, las gaviotas están paradas sobre sus sombras que se alargan en la arena, y se quiebran en la primera ola. No se ve Arenales. Se ve la punta del médano. El barco se agita, zarpa. El Aldebarán navega sobre festones de espuma, entre engañosas neblinas».