Locales, Opinión

EL REGRESO DEL GENERAL

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Publicado en la revista «Realidades» en Noviembre del 2012

Por Carlos Alberto Falcone

LAS VÍSPERAS

En Buenos Aires las nubes se arremolinaban y presagiaban la tormenta. No era la única que se abatía sobre el país. El General Perón había hecho saltar por los aires el Gran Acuerdo Nacional (GAN) que venía conversando con los enviados del General Lanusse. Esto dejaba colgando al borde del abismo no solo la política de la llamada “Revolución Argentina”, iniciada por Onganía y que penosamente se venía arrastrando desde hacía seis años, sino los fundamentos mismos de la “Revolución Libertadora”, nacida para exterminar al Justicialismo y que mantenía a su líder expatriado desde hacía 18 años. Habían logrado lo opuesto a sus propósitos. En la Argentina había más peronistas que nunca. Las paredes no alcanzaban para pintar el “Perón vuelve”, la leyenda del avión negro se agrandaba entre rueda y rueda de mate y las radios daban a conocer a un conjunto musical llamado “Los bombos negros” que se cansaría de vender discos de su tema “Recibí carta de Juan”. Tal como irónicamente lo dijera el líder justicialista, en el país había socialistas, radicales, conservadores y otros grupos políticos pero, “peronistas, somos todos”.

En Roma, en las cercanías del Aeropuerto de Fiumicino, sentado ante un pequeño escritorio y antes de acostarse, el General repasa metódicamente la jornada que lo aguarda. Se siente cansado y mirando sus manos piensa que los años lo han transformado en un joven encerrado en el cuerpo de un anciano. Se sonríe y reflexiona “no hay peor traición que la de nuestro propio cuerpo”… Debe descansar porque en el DC8 de Alitalia que está preparado para traerlo de regreso a la Patria lo espera un largo viaje, con una escala en Dakar. Vendrán con él 154 personalidades del mundo de la política, de las artes, del deporte… Un caleidoscopio de la sociedad argentina.

En la soledad que Napoleón aseguraba a los generales en las vísperas de la batalla, reflexiona sobre la situación. En estos años ha recibido en Puerta de Hierro a los mas disimiles y enfrentados grupos sindicales, políticos, castrenses y juveniles que se oponían al gobierno militar. A todos los ha alentado. El sabe que muchas de sus estrategias están equivocadas pero también comprende que van a seguir sus derroteros aunque les niegue su aprobación. Para conducirlos primero debe aprobarlos. Moverá él después su propio juego y la fragua de la vida separará el metal noble de la escoria. Ahora le preocupa la violencia que envuelve al país. Su mensaje antes de partir es claro: “a pesar de mis años un mandato interior de mi conciencia me impulsa a tomar la decisión de volver, con la mejor buena voluntad, sin rencores que en mi no han sido habituales y con la firme decisión de servir…..Mi misión es de paz y no de guerra”.

DE REGRESO A LA PATRIA

Desde la madrugada del 17 de noviembre de 1972, una multitud se moviliza hacia Ezeiza. Grupos, columnas, individuos, convergen y se bifurcan como si fueran parte de esa lluvia que no cesa de caer sobre sus espaldas. El gobierno Lanussista organiza un fuerte operativo utilizando todo el aparato represivo: soldados, policías, tanquetas… Todos los caminos tienen retenes contra los que se estrella la muchedumbre. Esta se dispersa y se desplaza por los campos transformados en barriales por la lluvia. Pese a las dificultades, grupos de militantes consiguen avanzar, atravesar los innumerables brazos del río Matanzas y llegar, al fin, al aeropuerto Ministro Pistarini. Allí se ha establecido un operativo bélico destinado a cercar la pista donde aterrizará el avión que trae al exiliado ex presidente. Son las once y veinte de la mañana y, ante el entusiasmo de los presentes, el DC8 finaliza su recorrido por la pista y el General Perón pisa nuevamente el suelo patrio bajo una pertinaz llovizna que pone un marco gris al tenso clima que se vive, con las tropas en posición de combate y los fusiles cargados. Inmediatamente un grupo de dirigentes lo rodean y el Secretario General de la CGT, Ignacio Rucci, lo cubre con un paraguas y lo acompaña hasta el Hotel de Ezeiza. La incertidumbre se palpa en el aire. La televisión transmite las imágenes a todo el país y la gente se lanza a las calles y festeja en cada pueblo, en cada barrio, en cada calle…. La dictadura rodea con un anillo de acero al General y a su indefensa comitiva pero el pueblo, a su vez, cerca como un presagio tumultuoso al gobierno Lanussista. A la madrugada del 18 de septiembre la puja se define. Perón ya no puede seguir siendo retenido y se traslada a su casa de Gaspar Campos en Vicente López.

DESPUNTA LA TRAICIÓN

Los días del General en Gaspar Campos transcurrían en medio de reuniones, encuentros y conversaciones con propios y extraños. El general Lanusse, decepcionado porque Perón lo había entretenido con palabras ambiguas para luego torpedear su plan de ser electo con el apoyo del peronismo, había impuesto una clausula de residencia. En ella se proclamaba que para ser candidato en las elecciones presidenciales se debía habitar permanentemente en el país antes del 25 de agosto del 72. Tampoco podían serlo quienes viajaran desde esa fecha al exterior sin permiso del Ministerio del Interior. A la vez renunciaba a su propia candidatura. En realidad era una Ley que tenía por destinatario a una sola persona entre todos los millones de argentinos. Perón le respondió de dos maneras. Una, no regresando para la fecha estipulada. La otra, ironizando: “que Lanusse renuncie a la presidencia es lo mismo que yo renuncie al trono de Inglaterra”. Pero él comprendía las dificultades de su candidatura y las ansias de muchos políticos por retornar al régimen democrático y ocupar los cargos de gobierno. También había escuchado con creciente preocupación a los grupos identificados con las llamadas “formaciones especiales” (Far, Montoneros) cuyas acciones armadas escapaban de su control y planificación táctica. Decidió entonces emplear el tiempo más que la sangre para retomar el poder. Convocó a una reunión en el Restaurant Nino de Vicente López a la que concurrieron todos los partidos políticos y las principales instituciones gremiales y empresariales, a quienes instó a la unión nacional. Formó un frente multipartidario (el Frejuli), renunciando a la candidatura presidencial que sus autoridades le ofrecieron. Antes de viajar al Paraguay y luego a Europa designó como candidato presidencial a Héctor Campora, lo que fue recibido como un triunfo por las formaciones juveniles y con muestras de desconfianza por las filas sindicales. ¿Que pensaba Perón de Campora? Era solo una pieza en su tablero. Pero el 20 de Junio de 1973, al regresar definitivamente al país, luego de la tragedia de Ezeiza y al cruzarse con el Ministro Righi en el Aeropuerto de Morón, el general enfurecido por el estado caótico en que encontraba el país, le diría a un grupo de allegados que lo rodeaba: “solo un tipo como Campora puede poner de Ministro del Interior a un pelotudo como Righi”.

Ahora Perón procuraba tranquilizar a las filas sindicales. Sonreía ante sus quejas. No podía decirles en ese momento que Campora estaba impedido para ser candidato porque había viajado y viajaría (a su instancia) a España sin permiso del Gobierno. Debería ser legalmente inhabilitado. Se podría repetir entonces aquella hábil jugada que lo llevó en su momento, al ser proscripto, a apoyar a Frondizi. En este caso, llegando Ricardo Balbín a ser presidente, el peronismo sería su principal sostén y arbitro político, con mayoría en las Cámaras, las Gobernaciones y Municipios. Era su sacrificio personal para evitar enfrentamientos que veía como trágicos. Pero Lanusse tenía preparada la venganza que consistió, tan solo, en no aplicar su propia Ley y dejar que Campora fuera candidato. Colocaba de esta manera una bomba de tiempo en el peronismo y sembraba la semilla de la traición.

Por entonces Perón ni sospechaba una maniobra tan artera. Escuchaba a los sindicalistas encabezados por Rucci. En el país, los atentados se sucedían contra oficiales, políticos y sobre todo contra la odiada “burocracia sindical”. En la reunión los sindicatos aceptaban, a su pesar, la propuesta de la formula Campora – Solano Lima. Todos los dirigentes se levantaban para corear “la vida por Perón” encabezados por el Secretario General de la CGT, Ignacio Rucci, un símbolo de la lealtad para con el líder justicialista. Perón sonriendo agradecía. ¡¡La vida por Perón!!! coreaba Rucci. Él lo miró a los ojos y, por un instante, el viejo General sintió que las manos le temblaban y que un presagio helado le atenazaba el corazón.