El impacto socioambiental de la marea de camiones en los puertos del Paraná
Cada otoño austral, las fértiles llanuras centrales de Argentina celebran el éxito de la cosecha gruesa. Sin embargo, el motor económico que genera ingresos superiores a los 30.000 millones de dólares anuales esconde una densa capa de humo, polvo y ruido.
Las decenas de millones de toneladas de soja y maíz que se dirigen hacia las terminales portuarias a la vera del río Paraná viajan mayoritariamente sobre ruedas, transformando por completo la vida de más de 100.000 habitantes de las localidades ribereñas.
Una marea de camiones que paraliza la región
El nodo portuario del Gran Rosario —una franja costera de 10 kilómetros ubicada al norte de la ciudad— concentra 15 enormes terminales exportadoras. Durante el último ciclo agrícola (2024/2025), Argentina produjo 136 millones de toneladas de granos, de las cuales 93 millones salieron por esta región.
El verdadero desafío logístico y ambiental radica en el transporte: el 76,6% de esa carga se mueve en camión, frente a un relegado 16,3% que viaja por ferrocarril y un 7,1% en barcazas.
El impacto en cifras:
- 1,7 millones de viajes de camiones cruzaron las localidades portuarias la temporada pasada.
- Entre 3.000 y 10.000 camiones diarios ingresan y egresan en los días de mayor actividad.
- 14% de las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en Argentina provienen del sector transporte, la segunda fuente de contaminación nacional después de la ganadería.
La normalización del paisaje: «Tengo tierra hasta adentro del placard»
Para quienes habitan en localidades como Villa la Ribera o San Lorenzo, la saturación vial es el problema más evidente, mientras que la contaminación del aire y el ruido se han vuelto parte de una preocupante «normalidad».
“En abril y mayo nos volvemos locos porque es imposible circular por rutas y calles, quedamos presos de las filas de camiones”, relata Miriam Lázaro (64), cocinera escolar en Villa la Ribera. “Hay ruido y polvo y humo, es cierto, pero quien se crió acá ya está acostumbrado, no nos damos ni cuenta”.
A pocos kilómetros, en un barrio rural de San Lorenzo que pasó de ser una zona de quintas verdes a un polo logístico rodeado de estacionamientos de carga, Luisa Torales (77) coincide en que el ruido ya no lo registra, pero el polvo en suspensión es implacable: “Pasan muchos camiones por acá, levantan tierra, demasiada. Tengo tierra hasta adentro del placard”. Florencia Giacomino (30), otra vecina de la zona, sintetiza el sentir general: “Estoy acostumbrada porque fue así toda la vida; es lo que nos toca a quienes somos de acá”.
El vacío de datos y la alerta sanitaria
A pesar de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que la contaminación del aire es el principal riesgo ambiental para la salud pública en las Américas —asociada a infecciones respiratorias, enfermedades cardíacas, derrames cerebrales y cáncer de pulmón—, la problemática sigue invisibilizada en las agendas políticas de la región.
El médico Leonardo Caruana, exsecretario de Salud de Rosario, señala un problema estructural:
“Muchas veces, las políticas sanitarias no prestan atención a los determinantes que generan las enfermedades. Hablamos de virus y bacterias, pero no de agua o de aire limpio. Es un gran problema que no se aborda, porque ni siquiera se estudia”.
Por su parte, Adriana Ilpiña, experta en física de la atmósfera de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), advierte sobre la carencia de políticas públicas sólidas de monitoreo en comparación con países vecinos como Chile o México.
“Si no lo medimos, el problema no existe. En Argentina no tenemos una red de monitoreo, más allá de algunos esfuerzos aislados. Por eso no sabemos el impacto real”, explica la científica, destacando que los vehículos no solo levantan polvo sedimentable, sino que emiten partículas y gases nocivos que ingresan directamente al organismo.
Un indicio preocupante
Los pocos datos existentes encienden las alarmas. Un estudio del Observatorio Ambiental de la UNR realizado en 2022 reveló que el 27% de las muestras de aire analizadas en la zona portuaria superaban los umbrales de material particulado permitidos por la OMS.
A la fecha, las respuestas estatales, tanto de prevención como de remediación socioambiental, siguen ausentes. Mientras la economía nacional aguarda con ansias las divisas de cada cosecha, los habitantes del Paraná continúan conviviendo con rutas colapsadas, el rugido constante de los motores y un aire viciado que debilita en silencio su calidad de vida.
Con información de El País de España.
