
¿Cómo estás?
Yo, bien, tratando de entender las consecuencias de la guerra de Irán en nuestro ámbito específico, que es el agro. El tema trasciende al sector, porque por el momento sigue siendo el sector clave de la economía, más allá de la realidad concreta de Vaca Muerta y las promesas de la minería.
En líneas generales, para la agricultura argentina el panorama es favorable, aunque los números son muy ajustados. Ni hablar del sector ganadero, ya metido a pleno en una onda larga de precios elevados. Se acumularon noticias favorables, como el cierre del acuerdo Unión Europea-Mercosur, y sobre todo la apertura de una importantísima cuota (100.000 toneladas) por parte del gobierno de Trump.
Pero conviene mirarse en el espejo de nuestros competidores. En particular, de los Estados Unidos, el mayor productor mundial de commodities agrícolas. Los farmers la están pasando mal: exigieron y lograron una asistencia adicional de 11 mil millones de dólares, a principios de año, a pesar de haber obtenido una excelente cosecha de maíz y de soja. Pero después se desencadenó el conflicto bélico y ahora hay un desbarajuste fenomenal, con un aumento de más del 50% de los costos de la energía y los fertilizantes, a partir del cierre del estrecho de Ormuz.
El Congreso considera en estos días un paquete de financiación militar. Más de 50 organizaciones de agricultores solicitan al presidente Trump y al Congreso que incluyan más ayuda en dicho paquete. En la carta, citan las condiciones climáticas adversas, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz y la presión constante del mercado como razones para solicitar financiación adicional.
Los grupos agrícolas también solicitan obligaciones de volumen de combustibles renovables más estrictas en el marco del Estándar de Combustibles Renovables, el uso de E-15 durante todo el año. Los legisladores republicanos están debatiendo un plan para incluir 15 mil millones de dólares en ayudas para los productores con el fin de mitigar los impactos derivados del conflicto en Irán. La propuesta parece estar ganando terreno en el gobierno federal.
“Agradecemos su compromiso de larga data con las zonas rurales de Estados Unidos. Ahora es el momento de garantizar que la agricultura estadounidense pueda superar este período de dificultades extraordinarias. Sin ayuda oportuna, las continuas pérdidas corren el riesgo de acelerar el cierre de granjas, reducir la capacidad de producción nacional y debilitar la capacidad de los agricultores y ganaderos de todo el país para proveer alimentos, ropa y combustible al pueblo estadounidense”, decía la carta.
Richard Fordyce, subsecretario del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA) para la Producción Agrícola y la Conservación, afirma que hace aproximadamente un mes, miembros del Congreso se pusieron en contacto con el departamento para solicitar asesoramiento técnico sobre la implementación de asistencia adicional.
Si bien muchos en el sector acogen con satisfacción la posibilidad de recibir ayuda, algunos líderes agrícolas expresan cautela con respecto a los efectos a largo plazo de los pagos puntuales. Un tema que genera preocupación en la Argentina y otros competidores. El viejo axioma liberal de que “el remedio para los bajos precios son los bajos precios” (y viceversa) funciona mientras no exista interferencia en los mercados. Los subsidios distorsionan todo: las compensaciones impiden que la oferta se ordene según los precios. Se terminan convalidando altos precios de los insumos (como los fertilizantes) y eso incide en todo el mundo. Lo estamos viendo. Al final del día, los subsidios van a parar a los proveedores de bienes de capital e insumos.
Matt Perdue, presidente de la Unión de Agricultores de Dakota del Norte, afirma que apoya la ayuda adicional porque muchos agricultores necesitan esos fondos para sobrevivir este año. Sin embargo, le preocupa cómo influyen estos pagos en la economía agrícola en general.
“Creo que a largo plazo debemos analizar cómo la asistencia puntual y la red de seguridad agrícola están impulsando el aumento de los precios de la tierra y, además, el aumento de los costos de los insumos”, afirma Perdue.
Ante la fluctuación de los precios de los insumos y los mercados, muchos agricultores estadounidenses están considerando cambiar del maíz a la soja esta temporada. Esto es también importante para la Argentina, que lidera las exportaciones mundiales de derivados de la soja.
Un informe de la consultora Allendale, publicado el 18 de marzo, indica que las estimaciones de superficie cultivada por el sector privado apuntan a un aumento en el cultivo de soja esta temporada, señala Rich Nelson, analista jefe. Estima que la superficie sembrada de maíz en EE. UU. asciende a 37,5 millones de hectáreas, una disminución de aproximadamente 2 millones de hectáreas con respecto a 2025, mientras que la superficie cultivada de soja se sitúa en 34 millones de hectáreas, 2 millones más en comparación con el año pasado.
En el sur de Illinois, el agricultor y corredor Sherman Newlin comenta que las conversaciones que mantiene con los agricultores últimamente giran en torno a los costos de los insumos y la disponibilidad de fertilizantes. Mientras que algunos le dicen que mantendrán sus rotaciones de maíz y soja, otros están considerando un cambio total a la soja. Newlin prefiere no descartar ninguna opción.
Lucas DeBruin, agrónomo de la Asociación de Soja de Iowa, afirma que los agricultores con los que trabaja en el estado se apegan a su rotación habitual y siembran maíz si ese era el plan original para esta temporada.
“Aquí usamos mucho amoníaco anhidro de otoño, así que la mayoría de los agricultores están bastante centrados en el cultivo de maíz”, dice DeBruin. “Muchos también necesitan el maíz para alimentar al ganado. A veces se puede obtener un margen de ganancia un poco mayor con el maíz que con la soja”, añade, “y a los agricultores les gusta más cultivar maíz que soja. Es más divertido cosechar maíz”.
Considera lo que has invertido hasta la fecha: si ya has aplicado fertilizante anhidro o seco en otoño para un cultivo de maíz, el cálculo para «cambiar a soja» no funciona. «No puedes permitirte el lujo de cambiar a soja, porque ya gastaste el dinero», afirma Ferrie.
Interesante el debate. Mientras tanto, en estas pampas seguimos pensando que las ventajas competitivas genuinas (adquiridas fruto de la ciencia y la tecnología aplicadas a la producción) pueden ser redistribuidas a otros sectores de la economía y la sociedad. En el contexto actual, es difícil salir del estancamiento (en particular en la soja) si insistimos con la misma receta.
