
No es novedad que la política suele ser un terreno de disputas, pero existe un límite ético que debería ser infranqueable: la manipulación de la realidad durante las emergencias.
No es sano, ni para la democracia ni para la convivencia social, que dirigentes de peso opten por la crítica destructiva en momentos donde la comunidad exige, por encima de todo, colaboración y templanza.
En una reciente entrevista radial, el dirigente político y empresario Leonardo Ruggiero decidió transitar el camino del agravio innecesario.
Al afirmar que «por gastar en lo que no se debe, no se ofreció ayuda en estos días de problemas climáticos», Ruggiero no solo recurre a un reduccionismo peligroso, sino que directamente falta a la verdad.
La realidad frente al relato

Contrario a lo vertido por el dirigente, el municipio —administrando recursos que todos sabemos limitados— estuvo presente y a disposición de los ciudadanos afectados por el temporal.
Se cumplió con el deber institucional de asistencia, una tarea que, si bien es obligatoria, se realizó con el esfuerzo humano de quienes priorizaron la urgencia del vecino por sobre cualquier especulación de escritorio.
Es, cuanto menos, una pena. Ruggiero ha demostrado en el pasado ser un dirigente capaz de aportar proyectos e ideas superadoras.
Sin embargo, hoy parece haber sucumbido a la tentación del delirio libertario: esa fórmula de criticar demagógicamente ante una catástrofe natural, un evento que, vale aclarar, excede cualquier color político o extracción ideológica.
La política de la «tierra arrasada» no construye puentes, solo profundiza grietas en medio del barro.
Conclusión

Las catástrofes no eligen banderas. Atacar la gestión de una crisis climática con argumentos falsos no es «hacer política», es aprovecharse de la vulnerabilidad de la gente.
En tiempos de tormenta, lo que se espera de un dirigente con aspiraciones de seriedad es el brazo extendido, no el dedo acusador cargado de demagogia.
