martes, mayo 21, 2024

Opinión

El maíz y la leche, en la carrera de Indianapolis

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Por Héctor Huergo

Hola , ¿cómo estás? Yo, muy bien, con ganas de contarte lo que estuve viendo y pensando estos días. Y que vienen como anillo al dedo: mañana es el congreso de Maizar, un encuentro muy potente de toda la cadena del maíz, sin duda el cultivo más dinámico en la última década. Pero «dejame que te cuente», cantaba la incomparable Chabuca Granda.

La coincidencia es que el domingo se corrieron las 500 millas de Indianápolis, sin duda el mayor acontecimiento automovilístico del mundo, cargado de tradiciones y novedades de enorme valor para el agro. Tuve la oportunidad de vivirla en vivo y en directo hace quince años (2008), cuando aquí el gobierno se había enfrascado en una absurda pelea con el campo. Buscando generar grieta donde no la hay. El contraste era total.

Indianápolis está en el corazón del “corn belt”. Por primera vez en ese año, los monoplaza de la fórmula Indycar corrían usando etanol al 85% como combustible. Un enorme triunfo de los farmers, con beneficios para toda la comunidad. Ya toda la nafta en los Estados Unidos estaba cortada con un 15% de alcohol proveniente del maíz, pero el impacto comunicacional del uso de E85 fue tremendo y consolidó la tendencia. Ya nadie dudaría de que se trata de una ventaja ambiental, que contra el discurso predominante también implica beneficios tecnológicos. El alcohol tiene más octanaje que la nafta común.

No es un tema menor. El 40% de la producción de maíz en los Estados Unidos se destina hoy a la elaboración de etanol. Es el destino más importante, superando al tradicional concepto de grano “forrajero”. Hasta la irrupción del etanol, el maíz tenía dos grandes usos: como parte de las raciones para pollos, cerdos, ponedoras y engorde vacuno; y como edulcorante para bebidas carbonatadas, mermeladas y jaleas.

La expansión vertiginosa del etanol, con la construcción de 140 nuevas plantas de última generación, tropezó con la mirada esquiva de quienes estaban antes en el negocio. Los contrarios también juegan… Mientras la oferta fue creciendo, gracias a las nuevas tecnologías, la cosa se fue digiriendo. Pero cuando los precios se dispararon, ya sea por contingencias climáticas como por eventos ajenos, la presión fue creciendo.

Se instaló entonces el paradigma “alimento vs. energía”. En realidad hay algo de cinismo en esta polémica, porque muchos consumos del maíz considerados “alimentos”, al final del día no son precisamente lo que me recomienda el médico. Por ejemplo, las bebidas alcohólicas. Cerveza, gin, whisky, bourbon, fernet y toda la parafernalia de industrias de fermentación se apoyan en el maíz. No entremos en la cuestión de las proteínas cárnicas. Calculemos el tamaño de la olla de polenta si triunfa la tesis anti consumo de proteínas animales.

Pero traigo el tema a colación porque en esta oportunidad, quien proveyó el combustible para las 500 millas fue la Shell. Y fue elaborado en Brasil por su join venture Raízem, donde está asociada con la mayor productora de etanol de caña, Cosan. Este combustible está hecho a partir de la caña de azúcar, pero también incorporó la fermentación del rastrojo y el bagazo, con lo que, argumenta Shell, se trata de un combustible de “segunda generación”.

Este biocombustible aún no es competitivo y difícilmente lo sea en el futuro. En Estados Unidos hay varias plantas de etanol celulósico, a partir del rastrojo del maíz. Hemos visitado el más emblemático, hace casi diez años, en Emmetsburg, al norte de Iowa. Se apilaban miles y miles de rollos de rastrojo. Pero nunca entró en régimen para la producción de etanol combustible. Así que sigue a fondo el uso del grano de maíz: este año se molerán 140 millones de toneladas para atender la demanda de naftas, que siguen con el corte al 15% pero ahora también durante el verano (antes se lo reducía al 12%).

Esta es una gran noticia para la agricultura de todo el mundo. Porque si se redujera la demanda de maíz, el precio se vendría abajo y esto impactaría en los valores de la soja, ya que ambos compiten por el uso del suelo. Y también bajaría el trigo, porque una proporción importante (25%) tiene también destino forrajero.

El otro tema que me conmovió, viendo la carrera y su dramático final (una pena el choque y abandono del piloto argentino Agustín Canapino), fue la celebración del ganador, Josef Newgarden. La tradición impuso la botella de leche. El piloto recibió la botella sentado en el cockpit de su auto, con la corona de laureles puesta. Quien se la arrimó fue un hombre de unos 50 años, que lucía una gorra que imitaba el pelaje de una vaca holando. Uno de los pilotos debutantes, también tambero, ordeñó una vaca frente al público que deliraba. La lechería es muy importante también en Indiana. La leche también es maíz. Silo, grano y burlanda (residuo del etanol) es el 90% de la dieta. Muy cerca de allí están los tambos de Mike Mc Cluskey, muy visitados por técnicos y productores argentinos.

Se han tomado muchas de sus ideas. Quizá lo que la lechería argentina podría hacer es tomar también estas aleccionadoras ideas de marketing. Sin arriar las banderas de las reivindicaciones centrales de un sector severamente castigado, la conexión entre campo y ciudad es lo que se vive en ese mítico óvalo, donde más de 300.000 personas gozaron de un espectáculo único en el corazón agrícola norteamericano. A la vista de todos.