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CINE: Adiós, princesa Leia Organa

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A los 60 años, murió hoy en Los Ángeles la actriz Carrie Fisher, famosa por su interpretación de la Princesa Leia Organa en Star Wars.

Por Diego Gualda

La fantasía erótica de al menos dos generaciones ha muerto. Quizás en forma un tanto prematura, que sesenta años no son tantos. Dejando un vacío enorme en los corazones de millones de nerds. Carrie Fisher es ahora «uno con la Fuerza», tras haber sufrido un infarto masivo a bordo de un vuelo de American Airlines, mientras volvía de Londres el pasado día 23, y haber agonizado desde entonces en el centro médico de la Universidad de California.

Fue una hija de Hollywood hecha y derecha, nacida y criada en Beverly Hills. Su madre era la bellísima Debbie Reynolds. Su padre, el cantante Eddie Fisher, un «crooner» cuyos mayores méritos quizás hayan sido casarse con Debbie Reynolds, solo para abandonarla en 1958, ni más ni menos que por Elizabeth Taylor.

Carrie Frances Fisher llegó al mundo en octubre de 1956. Criada en el «showbusiness», no conoció otra vida ni otro destino que el del mundo del espectáculo. Quizás nadie supo explicarle que, hija de la fama y el dinero, podía haber sido cualquier otra cosa. Lo que quisiera.

El divorcio de sus padres fue traumático. El segundo matrimonio de su madre –un vendedor de zapatos de nombre Harry Karl, que dilapidó los ahorros de Reynolds– también. Pese a que era la «rata de biblioteca» de la familia, nunca terminó sus estudios secundarios. Es que los libros eran un lugar a donde esconderse de una vida mucho menos turbulenta de lo que en realidad parecía.

Presionada por el mandato familiar, abandonó la escuela en 1973 para ser parte del elenco del musical «Irene», en Broadway, protagonizado por su propia madre. Intentó retormar, pero dejó poco antes de graduarse. Es que su nuevo trabajo interfería con el estudio. Estaba rodando «Star Wars».

Entre la lente y el papel

La leyenda es errónea: «Star Wars» no fue su debut cinematográfico. Ya había tenido un papel menor en «Shampoo» (1975), una comedia con Warren Beatty, Julie Christie y Goldie Hawn.

Su rol como Leia Organa llegaría apenas un año después y la marcaría, convirtiéndola en una de esas caras difíciles de disociar del papel que los llevó a la fama. Serían tres películas («A New Hope», «The Empire Strikes Back» y «Return of the Jedi»), que la convertirían en un ícono de cultura pop. El tercer largometraje de la saga, del año 1983, la mostraría por primera vez con muy poca ropa –la legendaria bikini metálica–, una respuesta de George Lucas a los pedidos casi desesperados de los fans.

Sin embargo, su carrera posterior no sería descollante. Muchas participaciones en películas para televisión. Algunos «cameos» en cintas más o menos exitosas («Blues Brothers», quizás, la más competente) y roles secundarios en filmes prestigiosos como «Hanna and her Sisters» (1986) o «When Harry met Sally» (1989).

El terreno en el que sí fue mucho más exitosa fue el de la escritura. No solo porque sus libros vendieron siempre muy bien, sino también porque supo ser una reconocida «script doctor» (asesora de guiones), supervisando desde el anonimato las historias detrás de cientos de películas, incluyendo títulos como «Hook», «Lethal Weapon 3», «Sister Act», «Mr. & Mrs. Smith» y hasta la segunda trilogía de «Star Wars».

En 1987, Carrie Fisher publicó su primera novela, «Postcards from the Edge», que en 1990 fue llevada al cine, una historia razonablemente autobiográfica donde retrata la difícil relación con su madre y sus abusos en materia de drogas –en especial cocaína– y alcohol. Sí, la heroica Leia era una adicta.

Entre 2007 y 2010 protagonizó un unipersonal autobiográfico (inclusive autoparódico) en varios teatros de Estados Unidos llamado «Whishful Drinking».

Considerada por muchos una excéntrica –y una figura con la que sería difícil lidiar por sus problemas de alcoholismo y drogas– confesaría sin embargo, ya de adulta, sufrir de trastorno bipolar. Eso lo explicaba todo. O casi.

Los últimos años de su carrera la encontraron, para felicidad de muchos, regresando a Leia, su rol más emblemático, a la que volvería a encarnar en «The Force Awakens» (2015). Una Leia temperamental pero madura. Casi como la misma Fisher.

Sin embargo, dejar ir al personaje nunca ha sido fácil. Quizás por esto, este año publicó un nuevo libro, «The Princess Diarist», basado en sus diarios personales, escritos durante los rodajes de la trilogía original de «Star Wars» donde –entre otras cosas– confiesa un «affaire» hasta ahora desconocido con Harrison Ford.

Estuvo casada con Paul Simon –en «Whishful Drinking» ella afirma que la canción «She Moves On» fue compuesta para ella– y con su agente Bryan Lourd, con quien tuvo a su única hija, Billie.

Sí, Carrie Fisher las hizo todas.

Leia no era una princesa

En el cuento tradicional, la princesa está encerrada en una torre, en general custodiada por un ogro o un dragón. El caballero, entonces, debe luchar contra todas las posibles adversidades para rescatarla. Vladimir Propp llama a estos personajes «la princesa reprimida», la que aguarda a ser rescatada. Alfred Hitchcock hubiera dicho que este tipo de princesa es un «McGuffin», un objeto que ayuda a motorizar la trama –como el anillo que debe ser llevado al fuego de Mordor–, pero que es intercambiable y carece de valor en sí mismo.

Es que las princesas tradicionales no son mucho más que eso, un objeto, una buena razón para lucha contra el dragón. Pero Leia es distinta.

En «A New Hope», el personaje interpretado por Carrie Fisher guarda la apariencia de la típica «princesa encerrada en la torre». Prisionera de Darth Vader, es rescatada por Luke Skywalker, el héroe improbable.

Sin embargo, una vez que la caballería llega para liberarla, ella toma las armas, le impone disciplina a la caótica dupla Luke Skywalker-Han Solo y prácticamente acaba liderando su propia operación de rescate. No es una carga, no es la princesita pasiva. Es mucho más.

En su libro «A Hero with a Thousand Faces», Joseph Campbell afirma que, tanto en la mitología como en la épica, una de las etapas del viaje del héroe es lo que él denomina «el encuentro con la diosa». Todo héroe tropezará en algún momento con lo sagrado de lo femenino; con una remisión a la protección de la madre, pero que también le proporcionará alguna clase de herramienta para enfrentar el desafío final.

Antes de llegar a «la confrontación con el padre» –la último gran confrontación en el camino del héroe– deberá encontrarse con la diosa para adquirir las competencias necesarias (o el talismán) para la batalla que determinará su destino.

La Princesa Leia parece un objeto, un «McGuffin» a ser rescatado; un mero premio. Sin embargo, es mucho más. Es la que, tras ser rescatada, lleva a Luke Skywalker ante los rebeldes. La que termina de convertirlo en un guerrero, de investirlo para la lucha.

Leia no es la princesa. Es, en términos campbellianos, la diosa.

En algún sentido, la conexión entre Leia Organa y Carrie Fisher también pasa por este punto. Porque Fisher fue mucho más que la sensual señorita en la bikini metálica. Fue también una autora autocrítica, feroz y consumada. Una mujer con un sentido del humor ácido e irreverente; una tía borracha que más de uno quisiera tener en su sobremesa.

Un personaje irremplazable que, tras una vida de trabajo y excesos, se ha ido en forma algo prematura, pero dejando –desde la pantalla, desde el papel, hasta desde su cuenta de Twitter– una huella en la cultura popular.

Adiós, princesa.

O, mejor aún: adiós, diosa.

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Carrie Fisher falleció esta mañana. Tenía 60 años. Fue, también, una escritora notable.