
Una de ciencia ficción, no se crean esto que a continuación les cuento…
Se abre el portón principal de la Quinta de Olivos y la escena parece generada por una inteligencia artificial a la que se le dio una orden en estado de ebriedad: el Papa León XIV encabeza la comitiva, impecable de blanco, sonriendo con la serenidad de quien ya vio todo en el Vaticano y sobrevivió a la burocracia romana.
A su derecha, Javier Milei, luciendo su clásica campera de cuero sobre el traje (porque el frío de las relaciones institucionales no perdona), intenta mantener la postura de «León en territorio comanche». A la izquierda, Victoria Villarruel saluda con la compostura impecable de quien sabe que las cámaras enfocan cada pestañeo, mientras a unos pasos, alineados como en una foto de egresados que nadie pidió pero todos pagan, se acomodan los gobernadores peronistas, los líderes de la oposición y hasta los referentes del Frente de Izquierda, que dudaron hasta último momento sobre si la sotana papal contaba o no como «indumentaria del capital financiero».
—¡Che, pero esto es un milagro de primera categoría! —murmura un fotógrafo acreditado mientras trata de enfocar a Milei dándole un abrazo fraternal a Axel Kicillof bajo la atenta mirada de Su Santidad.
León XIV, que para este viaje leyó tres manuales de supervivencia política argentina y dos tratados de psicología extrema, levanta las manos pidiendo calma y pide que todos se sienten a la mesa principal.
—Queridos hijos e hijas —empieza el Pontífice con voz pausada—. La Biblia dice que «Dios los cría», pero la providencia (y un esfuerzo diplomático digno de la Guerra Fría) me trae hoy a juntarlos.
El ambiente en el comedor principal se puede cortar con una cuchara de plástico. Milei acomoda sus apuntes de la escuela austríaca en el regazo, murmurando bajito algo sobre «el principio de no agresión y las indulgencias fiscales», mientras los gobernadores peronistas se miran entre sí tratando de descifrar si la presencia del Papa invalida o no el quórum de las comisiones del Senado.
—A ver, Javier —dice León XIV volviéndose hacia el Presidente con paciencia paternal—. Hoy dejamos las motosierras afuera, ¿de acuerdo? —Padre —responde Milei aclarando la garganta—, epistemológicamente hablando, el amor al prójimo es compatible con la libertad individual, siempre y cuando el prójimo no sea un fallo de mercado. —Y ustedes —continúa el Papa, mirando al bloque de gobernadores y opositores—, nada de pedir partidas presupuestarias extraordinarias como penitencia. La reconciliación entra por el diálogo, no por el Tesoro Nacional.
Villarruel sonríe de lado, la oposición toma notas mentales para los programas de televisión de la noche, y durante exactamente 45 minutos, la política argentina experimenta el fenómeno más extraño de su historia: el silencio respetuoso.
Al salir a las escalinatas para la foto oficial, un cronista de exteriores junta valor, acerca el micrófono entre la custodia y alcanza a gritar: —¡Santidad! ¿Cómo logró juntar a todo el arco político argentino en la misma mesa sin que vuele una sola frase cruzada?
León XIV se detiene, mira al cielo de Olivos, suspira con una sonrisa sabia y responde: —Hijo mío… separar las aguas del Mar Rojo fue cuestión de fe. Hacer que la política argentina se siente en la misma mesa requerirá, como mínimo, la canonización automática de este servidor.

