El Gobierno minimiza las señales de desaceleración económica y le echa la culpa al contexto internacional
Tras la gira oficial por Nueva York y la posterior publicación del informe de JP Morgan —que redujo sus previsiones de crecimiento para el año—, la preocupación por un freno en el ritmo de la actividad económica comenzó a escalar tanto en los pasillos de la administración pública como entre analistas del sector privado.
Frente a los cuestionamientos, el equipo económico despliega una estrategia de contención privada basada en dos argumentos centrales: la subestimación del frente externo y el tiempo necesario para consolidar una recuperación estructural.
En las conversaciones a puertas cerradas con inversores y referentes empresariales, los funcionarios nacionales relativizan el impacto local del parate y señalan que se está minimizando la magnitud del shock internacional.
Según la visión oficial, la turbulencia financiera global genera una volatilidad inevitable que salpica los indicadores locales, por lo cual consideran apresurado atribuir la desaceleración únicamente a fallas en la gestión interna.
Por otro lado, para apaciguar las incertidumbres de los mercados, el Palacio de Hacienda apela a casos testigo de otros países que atravesaron procesos similares de estabilización y reformas.
En el equipo económico insisten en que las fases de expansión sostenida raramente son inmediatas o lineales; por el contrario, suelen requerir períodos previos de meseta antes de consolidar el ciclo de crecimiento.
Pese al tono tranquilizador que intentan transmitir las autoridades, la revisión a la baja por parte de la banca internacional y la volatilidad externa mantienen encendidas las alertas respecto a la velocidad y solidez con la que la actividad logrará rebotar en los próximos meses.

