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Tulsa, en Oklahoma, se detendrá para conmemorar este martes el centenario de la mayor masacre de afroamericanos en Estados Unidos, una herida aún abierta en una ciudad agrietada por las divisiones raciales y que parece negarse a aceptar su pasado, cabalgando sobre una «conspiración del silencio» que impone límites estrictos incluso en la enseñanza en las escuelas de aquella página negra de 1921.

Para recordar y buscar facilitar una reconciliación, el presidente, Joe Biden, volará a Tulsa el martes tendiéndole la mano a la comunidad afroamericana que no quiere y no puede olvidar.

Tras recibir a la familia de George Floyd en la Casa Blanca, el presidente estadounidense da así un paso más hacia su objetivo de reunificación de Estados Unidos desgarrado por cuatro años de divisiones fomentadas por Donald Trump y en el que el flagelo del racismo está menos que sanado.

Biden llega a una ciudad en crisis. Sobre las conmemoraciones pesa la sombra de los supremacistas blancos y su contramanifestación. Pero también las tensiones por los eventos planificados, como lo demuestra la repentina cancelación del esperado concierto «Remember and Rise».

Luego está el problema nunca resuelto de la indemnización para las familias y descendientes de las víctimas de la masacre.

Años de enfrentamientos en los tribunales no han llevado a nada y ahora el tema se reabre con fuerza con las solicitudes al Congreso de los únicos tres supervivientes que ahora tienen más de 100 años -Viola Fletcher, Hughes ‘Uncle Red’ Van Ellis y Lessie Benningfield Randle- para que intervengan porque sus descendientes merecen una recompensa por los daños sufridos en aquello fue definido por algunos como la «Noche de los Cristales» estadounidense.

La vergüenza por la falta de resarcimiento se suma a otro escándalo: nadie ha sido castigado por la masacre de 1921 en el distrito de Greenwood, que entonces representaba la zona más rica de afroamericanos no solo en Tulsa sino en Estados Unidos, tanto que se llamó ‘Black Wall Street’ y despertó la envidia de millones de estadounidenses blancos.

Una riqueza destruida en unas pocas horas por la ira ciega: el 1 de junio de 1921, Greenwood fue prácticamente arrasada, más de 300 afroamericanos fueron masacrados, tiendas incendiadas así como 10.000 casas, causando 1.400 millones de dólares en daños y destruyendo los sueños de O.W. Gurley.

Fue él quien en 1906 compró 16,1 hectáreas de tierra en Tulsa y fundó Greenwood, vendiendo o cediendo licencias de tierras única y exclusivamente a afroamericanos.

Greenwood, en un Oklahoma por entonces ampliamente segregado, operaba de forma independiente, con su propio sistema escolar, médicos y dentistas. Y logró sobrevivir ileso a los años de terrorismo racial y al ascenso del Ku Klux Klan.

Luego llegó el 31 de mayo de 1921, cuando Dick Rowland, un joven negro de 19 años, fue acusado de violar a una mujer blanca, Sarah Page, en un edificio de Tulsa.

La mujer retiró los cargos poco después, pero la mecha ya estaba encendida.

Cientos de blancos furiosos se reunieron frente al palacio de justicia donde estaba Rowland. Para defender al niño había 75 veteranos afroamericanos de la Primera Guerra Mundial.

El enfrentamiento entre las dos facciones fue inmediato, con la explosión de varios disparos que encendieron aún más los ánimos.

El ejército blanco decidió marchar sobre Greenwood y destruirlo, incluso con la ayuda de bombas de queroseno. El 1 de junio, Greenwood no existía más y una de las páginas más oscuras de la historia de Estados Unidos fue escrita. (ANSA).