MUNDIAL 2014: Contra la simulación de faltas

Por César R. Torres *

Afortunadamente, hasta el momento la Copa del Mundo ha ofrecido encuentros atractivos, “dignos de verse”, como escribiera Juan Sasturain en estas páginas. Sin embargo, en el medio de ese fútbol auspicioso persiste una acción indigna que lo contradice: la simulación de faltas para obtener un fallo arbitral favorable y, consecuentemente, una ventaja competitiva. El penal otorgado a la zambullida de Fred en el encuentro inaugural entre Brasil y Croacia la ejemplifica claramente. Dado su uso persistente, es indudable que la acción forma parte del ethos futbolístico (el conjunto de convenciones vigentes en la comunidad de practicantes).

Sam Borden, un periodista de The New York Times, trajo el tema a colación recientemente señalando, a partir de la suposición de que los jugadores estadounidenses no simulan faltas, que en el fútbol de ese país se debate si dicha habilidad debería ser adoptada para no quedar en desventaja frente a la prevalencia de su uso. Según Borden, Jürgen Klinsmann, actual entrenador de la selección de los Estados Unidos, ha tomado partido diciendo que le gustaría que su equipo jugase un poco más “sucio”.

Más allá del candor de la suposición sobre la actitud de los jugadores estadounidenses y del debate mismo, el texto de Borden permite reflexionar sobre algunos puntos salientes de la prevalencia de la simulación de faltas. En primer lugar, que un ethos determinado (o algunos de sus elementos) tenga aceptación generalizada en la comunidad de practicantes no implica que sea necesariamente admisible. Es decir, vigencia no debe confundirse con validez. Tiene que haber razones independientes de la aceptación generalizada para que un ethos sea digno de aprobación. Caso contrario, el ethos determina qué es admisible, el cual en virtud de su aceptación generalizada se torna inmune a la crítica, confundiéndose así análisis empírico con justificación normativa. Evidentemente, un ethos puede ser injusto, arbitrario o irracional.

En segundo lugar, que la simulación de faltas constituya una habilidad física de difícil ejecución –basta como prueba los toscos intentos de muchos futbolistas–, y que ocasionalmente cumpla su objetivo, no implica que la misma sea propia del fútbol. Este, como todos los deportes, presupone un objetivo que debe ser logrado superando obstáculos artificiales, todo ello establecido por reglas que ponen a prueba principalmente un conjunto de habilidades físicas específicas. Las mismas no sólo caracterizan a los diferentes deportes, proveyéndolos de una identidad propia y única, sino que también conforman sus bienes internos y estándares de excelencia.

La identidad del fútbol radica fundamentalmente en el dominio de la pelota con los pies. La simulación de faltas no es una de las habilidades constitutivas (implementadas durante la fase abierta del juego), ni una de las restaurativas (implementadas para restaurar el juego después de una interrupción) características del fútbol. Por el contrario, es una habilidad extralúdica, impropia de la prueba de habilidades físicas especializadas inherente al fútbol. Por ello, en las reglas del juego la simulación de faltas está categorizada como conducta antideportiva.

Es contradictorio aceptar las reglas del deporte para luego evadirlas, intentando lograr una ventaja a través de un medio prohibido en el reglamento tal como es la simulación de faltas. Esta contradicción también menoscaba el problema artificial que establecen las reglas y trivializa los bienes internos y estándares de excelencia definitorios del fútbol. Nótese que aquí el argumento adquiere dimensiones estéticas: dicho menoscabo y trivialización afea el fútbol y minimiza su goce. Por otro lado, cuando cumple su cometido, la simulación de faltas condiciona el desarrollo del partido ilegítimamente y, a menudo, vicia sus resultados.

De acuerdo con estos argumentos, tanto entrenadores como futbolistas, así como toda la comunidad futbolística, deberían reprobar la simulación de faltas y alentar un ethos que ajuste el juego para que florezcan sus bienes internos y prosperen sus estándares de excelencia. De no ser así, resignamos la posibilidad de elegir un fútbol aún mejor. La simulación de faltas es indigna de verse, tanto moral como estéticamente. Qué mejor escenario que esta Copa del Mundo para reprobarla mientras se realza el juego lucido.

* Doctor en Filosofía e Historia del deporte. Docente en la Universidad del estado de Nueva York (Brockport).

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