
Se dice que del tiempo es tirano, cruel, que pasa y no vuelve. Hay situaciones que te hacen dar cuenta de que, además, es insobornable.
¿Qué pensarán del tiempo los asesinos que gerencian guerras, genocidios y hambrunas? ¿Qué vivirán por siempre?
¿Qué pensarán los magnates tecnológicos que dominan los algoritmos, seres que viven su tiempo sorbiendo el tiempo de otros drenándolo de las redes? ¿Creerán que en un futuro podrán trasplantar su mente a un robot de alta gama y serán inmortales?
Cada vez más, la vida se parece a una película de ciencia ficción distópica: guerras, hambre, ciberataques, drones controlados por gamers bajo las órdenes de psicópatas que matan a distancia mientras un “gran hermano”, parecido al de Orwell, vigila.
Sin embargo, aunque implacable, el tiempo puede convertirse en un gran tesoro, nuestro, personal, para hacerlo tan lento o rápido como queramos. Porque, quizás, rebelarse ante la dictadura del tiempo impuesta por otros sea el camino.

