
¿Cómo estás?
Yo bien, porque tuvimos un avance fenomenal con la media sanción de la ley de biocombustibles. Pero también con un regusto amargo, por los comentarios en las redes cuestionando no ya la ley, sino el mismísimo concepto de la bioenergía. Sabíamos que el tema goza de la sonora oposición de sectores conservadores, y por supuesto de los que pueden ver afectados sus intereses. Pero me llamó la atención que muchos “del palo” le salieron al cruce.
Algunos plantearon el debate remanido “food vs fuel” (alimento vs energía). Ayer en la web de Clarín Rural publicamos un excelente artículo de Agustín Torroba, experto del IICA, que echa suficiente luz sobre este punto. Así que remito a esta nota, que encabeza las que integran este newsletter, y paso al punto siguiente: la negación del cambio climático. Esta actitud descalifica cualquier intento por reducir las emisiones, con lo que desaparecería el fundamento de la bioenergía.
Quiero ser enfático. El cambio climático existe. La discusión científica central está saldada: la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera pasó de unas 280 partes por millón antes de la Revolución Industrial a más de 420, y ese incremento altera el balance energético del planeta. Se puede debatir qué políticas aplicar, con qué velocidad y quién debe afrontar los costos. Lo que ya no resulta razonable es negar el fenómeno. No podemos convertirnos en terraplanistas del clima.
El agro aparece inevitablemente involucrado. Como todo proceso industrial (industria es la transformación de los recursos naturales) la agricultura emite CO2, así como la ganadería emite metano. La FAO atribuye a los sistemas agroalimentarios cerca del 30% de las emisiones mundiales, aunque esa cifra incluye también agroindustria, transporte, refrigeración, envases, comercialización y desperdicio. Lo que ocurre dentro de la tranquera representa aproximadamente la mitad, o sea un 15% del total.
Pero cuidado. Reconocer esas emisiones no significa aceptar que la producción agropecuaria sea solamente parte del problema. El carbón, el petróleo y el gas extraen carbono que permaneció almacenado durante millones de años y lo agregan a la atmósfera. El agro, en cambio, trabaja principalmente con carbono biogénico, que circula entre la atmósfera, las plantas, los animales y el suelo. Y dispone de una herramienta formidable y gratuita: la fotosíntesis.
La fotosíntesis captura CO₂ y lo convierte en granos, carne, leche, fibras, madera, biomasa, combustibles y materia orgánica. Los ecosistemas terrestres absorben hoy cerca de un tercio del CO₂ generado por la actividad humana. El desafío consiste en potenciar esa función mediante siembra directa acompañada por buenas rotaciones, cultivos de cobertura, pasturas bien manejadas, integración agrícola-ganadera y reposición equilibrada de nutrientes. No alcanza con proclamarlo: hay que medir el carbono, demostrar adicionalidad y asegurar que permanezca en el suelo.
Los biocombustibles constituyen otro aporte extraordinario. El carbono liberado al quemar etanol o biodiésel había sido capturado poco antes por los cultivos, mientras que el combustible fósil incorpora carbono nuevo al ciclo atmosférico. Esto no significa que todo biocombustible sea automáticamente carbono neutral: es necesario contabilizar fertilizantes, labores, procesamiento, transporte. Pero, con materias primas producidas eficientemente, el balance es ampliamente favorable. El Departamento de Energía de Estados Unidos calcula que el etanol moderno de maíz puede reducir más de 40% las emisiones respecto de la nafta. En la Argentina, estudios serios arrojaron resultados ampliamente superiores: con la tecnología de la Segunda Revolución de las Pampas, el ahorro de carbono se aproxima al 80%. Es la razón por la que se abrió el mercado europeo para el etanol argentino. Se cumplieron todas las exigencias, imposibles de alcanzar con el viejo sistema productivo de la UE, que no utiliza ni la siembra directa ni la genética moderna que permite controlar las plagas con biotecnología.
A ello se agregan el biodiésel, el biogás, el biometano y, en el futuro inmediato, los combustibles sustentables de aviación. La biomasa no sólo sustituye energía fósil: también alimenta una nueva química verde y decenas de cadenas industriales.
La ganadería enfrenta el desafío del metano entérico. Pero tampoco allí la tecnología está inmóvil. Mejorar la calidad de las pasturas y las dietas, elevar la eficiencia reproductiva, acelerar la terminación, seleccionar animales más eficientes y manejar mejor los efluentes reduce las emisiones por kilo de carne o litro de leche. Ya existen aditivos como el 3-NOP, que inhibe una enzima indispensable para la metanogénesis ruminal y puede disminuir las emisiones entéricas alrededor de 25 a 35%. También avanzan algas, taninos, aceites, vacunas y herramientas de selección genética.
La intensificación sustentable es fundamental. Una vaca improductiva también emite metano; un cultivo de bajo rendimiento utiliza tierra y recursos sin aprovechar plenamente la energía solar disponible. Producir más con cada hectárea, cada milímetro de agua, cada kilo de fertilizante y cada tonelada de CO₂ equivalente permite reducir la huella por unidad de alimento. Esto no exime de controlar las emisiones totales, pero cambia la pregunta: no se trata simplemente de cuánto emite una hectárea, sino de cuánto alimento, energía y materia prima genera a cambio.
Países como la Argentina y Uruguay, con agricultura mayoritariamente de secano, amplia adopción de siembra directa, sistemas pastoriles y capacidad para producir biomasa, tienen una oportunidad enorme. Pero deben convertir esa ventaja agronómica en información verificable, certificaciones confiables y valor económico.
El agro es el único gran sector que puede reducir sus emisiones y, simultáneamente, retirar carbono de la atmósfera. Una chimenea puede aspirar a emitir menos. Una planta de maíz, una pastura o un bosque, además, capturan CO₂ y lo transforman en bienes indispensables. Que pueden sustituir a los combustibles fósiles. Lejos de condenar a la agricultura, la política climática debería convocarla, estimularla y pagarle por hacer mejor lo que sólo ella sabe hacer: administrar la fotosíntesis.
banquina.

