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La ilusión del fútbol y la crudeza de la realidad: Un país que atrasa

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Horacio Castelli

Se terminó el Mundial. Los estadios se vaciaron, los festejos quedaron atrás y la pantalla se apagó.

Para el pueblo argentino, el silbato final marcó también el regreso forzado e inmediato a los problemas cotidianos, esos de los que nunca pudimos escapar y a los que nos enfrenta, día tras día, la gestión de un gobierno que no avanza, sino que condena al pasado: La Libertad Atrasa.

El panorama que emerge tras los focos del torneo es desolador. El freno total a la obra pública ha paralizado al país, dejando rutas a medio terminar e infraestructura abandonada.

Paralelamente, el ahogo presupuestario destruye los pilares del desarrollo nacional: la educación, la ciencia, la tecnología y la seguridad quedaron desfinanciadas, libradas a su suerte.

A esto se le suma la crueldad social de los despidos masivos de empleados estatales, el congelamiento de los ingresos de los jubilados —quienes pagan con el hambre el ajuste de este modelo— y deudas multimillonarias con las provincias, asfixiando el federalismo.

Sin embargo, en este esquema de desguace, la voracidad fiscal del Estado no da tregua. Los impuestos nacionales siguen aumentando y se siguen cobrando con rigurosidad, desmintiendo cualquier promesa de alivio.

Nos encontramos ante una nefasta política económica cuyo único y verdadero norte es el pago de los intereses de una deuda externa que este mismo gobierno cipayo incrementa mensualmente.

En lugar de diseñar una estrategia que fomente el ingreso de divisas mediante el incentivo a las exportaciones y la venta de la producción local, la gestión actual optó por abrir las fronteras de par en par.

El ingreso irrestricto de mercaderías extranjeras funciona como una guillotina para la industria nacional, destruyendo el tejido productivo y arrojando a millones de argentinos a la desocupación y la marginalidad.

El relato oficial intenta sostenerse en estadísticas de laboratorio, pero el maquillaje ya no alcanza. Las cifras mentirosas en todo el aspecto económico no pueden tapar el sol con las manos ni ocultar una realidad que, lejos de los indicadores dibujados en los despachos, golpea cada vez con más fuerza y dolor en el bolsillo de la ciudadanía argentina.

El Mundial terminó; la lucha por sobrevivir en un país gobernado para pocos, recién empieza.

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