¡Qué momento, por favor! Es que lo del Casino ya no es una obra pública, es una serie de Netflix con ocho temporadas y el guionista se quedó sin presupuesto para el final feliz.
🎬 Casino Necochea: Una Historia de Suspenso (y de Pedal)
Hoy salimos con Socratito, mi heredero, a cumplir con nuestro ritual sagrado: pasar en bicicleta frente al Casino. Ya es parte del paisaje, como el mar, pero con un poquito más de escombros y bastantes más promesas incumplidas.
Llevamos años en esta gimnasia visual. Socratito ya creció, cambió de talle de bici tres veces, y el Casino sigue ahí, estático, como el póster de un político en campaña.
El juego de la oca administrativa:
La cronología de este delirio es digna de una partida de póker donde todos mienten:
- Fase 1: «Lo vamos a reconstruir». (Aplausos, banderas, ilusiones).
- Fase 2: «Mejor lo licitamos». (Silencio de radio).
- Fase 3: «Se lo devolvemos a la Provincia». (El famoso «sacátelo de encima vos»).
- Fase 4: «¡Lo subastamos!».
Y cuando parecía que finalmente aparecía la luz al final del túnel… ¡ZAS! Y aclaro, no es que apareció Miguel Mateos a cantar «Tirá para arriba», sino que cayó una presentación judicial que dejó todo más en el limbo que la coherencia de los gastos de Adorni.
¿La Cautelar? ¿Es una constructora nueva?
Lo más tierno fue escuchar a algunos optimistas que, al oír la palabra «cautelar», pensaron que era el nombre de la empresa europea que venía a poner los vidrios.
«¡Mirá, Socratito! Ahí llegó la Cautelar», decían.
Pero no. No era una cuadrilla de obreros con casco y cemento; era un freno de mano más potente que los de un Fórmula 1 de Verstappen. Un ancla jurídica que nos mantiene en este estado de «veremos» eterno.
Conclusión del día: Al paso que vamos, para cuando el Casino esté terminado, Socratito va a pasar a verlo con sus nietos, y la bicicleta va a ser un modelo volador.
Por ahora, seguimos pedaleando en la justicia… que es lo que más fácil que avanza en esta ciudad…
