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El alcohol, ¿mata?, ¿o manda?

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Héctor Huergo (Clarín)

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Yo bien, ante el panorama general. Vino bien la fina, y se perfila una gran cosecha gruesa (a pesar de que se está sintiendo la falta de agua). El problema es que los precios no acompañan.

El precio del maíz viene cayendo con fuerza, empujado por cosechas récord y una oferta global que parece no encontrar límites. Los contrarios también juegan… Estados Unidos en primer lugar, y Brasil que viene creciendo con mayor ritmo.

Sin embargo, aun en este contexto de abundancia extrema, hay una pregunta clave que conviene hacerse: ¿por qué el valor del cereal no se derrumba todavía más? La respuesta está en un destino que ya no es marginal ni accesorio: el etanol de maíz.

El maíz dejó de ser sólo un grano: es energía, regula la rotación agrícola y termina influyendo también en el precio de la soja

Estados Unidos es el mayor productor mundial y cerca de un tercio del maíz norteamericano tiene como destino la industria del bioetanol. Se trata de una demanda estructural, sostenida por mandatos de corte obligatorio en las naftas, apuntalado por la combinación de un combustible más sano para la humanidad, lo que incluye la decisión tomada de reducir las emisiones de CO2. Esto derivó en la creación de una enorme capacidad industrial instalada, y derivó en una lógica económica que vincula el precio del grano con el de la energía. En este esquema, el maíz dejó de ser sólo alimento o forraje: pasó a competir como insumo energético.

Este cambio alteró profundamente la formación de precios. En años de cosechas ajustadas, el etanol compite por grano y acelera las subas. En campañas de súper abundancia, como la actual, actúa como un verdadero amortiguador. No impulsa el precio hacia arriba, pero evita que el excedente lo hunda. Si ese volumen hoy absorbido por las plantas de etanol tuviera que canalizarse íntegramente vía exportación o stocks, el impacto bajista sería mucho más severo.

Hay además un punto que suele quedar fuera del debate: el maíz no “desaparece” en la destilación. Una parte relevante regresa al sistema como coproductos —principalmente DDGS— que se utilizan en la alimentación animal. El resultado es un delicado equilibrio entre granos, carnes y energía, donde cada eslabón influye sobre el otro y redefine costos y precios relativos.

Brasil ofrece hoy una confirmación contundente de este proceso. El avance del etanol de maíz en el Centro-Oeste permitió crear demanda local allí donde la safrinha chocaba históricamente contra los límites logísticos. Transformar grano en energía dentro del propio país no sólo agrega valor: sostiene precios, reduce volatilidad y habilita decisiones de política energética, como el aumento del corte obligatorio en las naftas.

Argentina, con una escala menor, muestra el mismo principio. El bioetanol genera un piso de consumo que amortigua los vaivenes del mercado interno, aun cuando la exportación siga siendo la gran referencia para el precio del maíz. Ojalá pronto armonicemos nuestro nivel de corte con el de Brasil (30% desde setiembre pasado, antes era 27%). Hoy estamos en el 12%.

Pero el efecto más profundo del etanol aparece cuando se mira el mapa productivo. En Estados Unidos y también en la Argentina, el maíz compite directamente con la soja por el uso del suelo. Cuando el cereal incorpora el componente energético y mejora su ecuación económica, gana hectáreas. Y cuando el maíz gana hectáreas, la soja las pierde.

Ese desplazamiento no es neutro: menos superficie sojera implica menor oferta potencial y presión alcista sobre el precio de la oleaginosa. Así, el etanol de maíz termina influyendo no sólo en el valor del cereal, sino también en el del complejo sojero. La energía entra al lote y reordena la rotación.

Conclusión: en las Américas agrícolas, el etanol dejó de ser un actor secundario. Hoy gobierna, de manera silenciosa pero decisiva, la formación de precios de los principales commodities. Sin el destino energético, el maíz sería más barato, sin dudas. Pero también sería mucho más inestable. Y cuando el maíz se desordena, toda la agricultura termina pagando la cuenta.

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