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Héctor Huergo (Clarín)

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Seguramente esperando que pare la lluvia para arrancar la cosecha, o retomarla si ya empezaste. Todos tenemos el foco ahí. Pero también mirando muy atentamente los mercados. Momento muy difícil, con el tema de Irán en el centro del tablero.

Porque impacta tanto en los precios de los productos como en los costos de producción en todo el mundo, con consecuencias inexorables sobre los precios agrícolas.

Hay una foto y hay una película. La foto: los costos de producción y de logística se han disparado. El cierre del estrecho de Ormuz provocó un salto en los precios del petróleo, que pasaron de niveles de 70 dólares el barril a más de 100, un aumento de más del 50%. Por allí pasa el 20% del petróleo que se transa en el mundo.

Pero también el 30% de la urea y el gas, el insumo clave para producirla. En poco más de un siglo, desde el invento de los alemanes Haber y Bosch en 1909, la urea pasó a explicar la mitad del volumen de granos que se producen anualmente en el planeta.

La semana que viene hay un evento clave: se conocerá el resultado de un “tender” (licitación) que lanzó la India, por un total de 2,5 millones de toneladas de urea. 

Hace un mes valía 450 dólares la tonelada, ya superó los 750 y algunos operadores creen que se puede ir a más de mil. Pero si el conflicto cesa y el estrecho de reabre, todo volvería a la “normalidad”.

Es parecido, pero no igual, a lo que sucedió en 2022, cuando Rusia invadió Ucrania. También se había producido un aumento del petróleo, el gas y los fertilizantes. Pero también de los granos, ya que ambos son actores relevantes en los mercados agrícolas.

Rusia, el principal exportador mundial de trigo. Ucrania, fuerte jugador en maíz. Y ambos, claves en el mercado de girasol. Así que el aumento de los costos de producción y de logística se compensó con el incremento del precio de los granos.

En cambio, Irán no pesa en los mercados agrícolas. No es un gran productor ni tampoco un importador de envergadura. Todo se concentra en las consecuencias de un cierre prolongado del estrecho de Ormuz, que afectaría el abastecimiento de energía y fertilizantes. ¿Cuánto, dónde y cómo?

Empecemos por ver lo que está sucediendo en los Estados Unidos, principal productor mundial de maíz y soja, los dos commodities que tienen un potente “efecto difusión” en la economía global.

Llegó la primavera, y los farmers ya arrancaron con la siembra, y en consecuencia comienza a tensionarse la demanda de abonos. Aquí hay un par de puntos a tener en cuenta: primero, el cultivo que requiere más fertilizante nitrogenado (amoníaco y urea) es el maíz.

La soja tiene la habilidad de tomarlo del aire. Así que cuando sube el costo del fertilizante, el que más sufre es el maíz. Esto derivaría en una menor siembra del cereal, pasando hectáreas a soja.

Algo de eso está pasando, pero en proporciones relativamente pequeñas: los informes hablan de una sustitución de 1,5 millones de hectáreas, que pasarían de maíz a soja.

Una de las cuestiones que explican esta reducida modificación de la intención de siembra es que allá fertilizan en otoño, después de la cosecha anterior y antes de las nevadas.

Aplican amoníaco anhidro, que queda atrapado en el suelo hasta el deshielo y está listo para alimentar a los cultivos en el arranque, ahora.

Por eso el que metió nitrógeno en la alcancía del suelo, no va a pasar a soja, porque ya hizo el gasto. Y lo hizo con costos razonables, acordes con los precios actuales.

Lo que sí va a suceder es que se van a racionalizar las aplicaciones posteriores. Al modificarse la relación insumo/producto, con el fertilizante más caro y los precios de los granos que todavía no acompañaron las subas de costos, la tendencia es a dosificar las aplicaciones.

Estados Unidos prácticamente se autoabastece de fertilizantes (94%) y las necesidades estarían cubiertas, pero los precios acompañan las cotizaciones internacionales. Si hay menos uso de tecnología, producto de los costos, el escenario más probable es un ajuste de la oferta futura.

Por otro lado, los altos precios de petróleo impulsan un mayor uso de biocombustibles. Trump acaba de aprobar el uso de etanol al 15% durante el verano, lo que estaba vedado hasta ahora, una medida reclamada por los farmers para fortalecer la demanda de maíz.

Desde que se desató el conflicto bélico, también subieron las cotizaciones de los aceites, cada vez más destinados a la producción de biodiesel en sustitución del gasoil.

¿Cómo nos agarra todo esto a nosotros? 

Hoy estamos a full con la cosecha, y la noticia es que los granos no acompañaron todavía al aumento de los costos. Y ya tenemos encima la próxima campaña, que arrancaría muy bien con los perfiles llenos, luego de este tremendo temporal de otoño que hoy angustia por la complicación de la cosecha gruesa.

La siembra de trigo está asegurada. Pero la demanda de fertilizantes está totalmente parada. Pero con la posibilidad de fijar precios del trigo en torno a los 200 dólares para diciembre, la relación sigue siendo favorable. Y el escenario más probable es que los precios del producto acompañen los altos costos actuales.

Un escenario muy dinámico, al que se suman los recientes anuncios de expansión o instalación de nuevas plantas de urea, aprovechando la abundancia de gas de Vaca Muerta.

Un tema de extraordinario futuro, porque pase lo que pase, lo que se puso en juego es la seguridad alimentaria a nivel mundial. Y al hecho de contar con los recursos naturales para producir comida, desde la tierra al fertilizante, más toda la parafernalia que vimos en Expoagro, en manos de una lúcida generación de productores y técnicos, deja al país en una situación soñada. Cuestión de no distraerse.

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