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Trump, Milei y las relaciones carnales

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Héctor Huergo (Clarín)

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Trump le tiró un hueso con carne a la Argentina. No es un Tomahawk, ni siquiera una tira de asado. Lo que quiere es pulpas para manufactura, fundamentalmente de hamburguesas, que explican casi la mitad del consumo de carne vacuna al norte del Rio Grande. El trasfondo es la escasez de ganado, que llevó los precios internos a niveles récord.

Según datos oficiales del USDA, al 1° de enero de 2025/26 el inventario total de ganado bovino en Estados Unidos ronda los 86 millones de cabezas, el nivel más bajo desde comienzos de la década de 1950. Dentro de ese total, las vacas de carne —el núcleo reproductivo del sistema— cayeron a unos 27–28 millones, encadenando varios años consecutivos de retroceso. También disminuyó el número de terneros nacidos, lo que limita la posibilidad de una recuperación rápida.

El fuerte aumento del precio de la carne vacuna en los Estados Unidos reabrió un debate que combina economía, clima y política. En algunos ámbitos ganaderos del oeste norteamericano comenzó a circular una explicación simple y políticamente cargada: la escasez de carne sería consecuencia de decisiones ambientales adoptadas durante la presidencia de Joe Biden, en particular una supuesta cancelación de arrendamientos de tierras fiscales para pastoreo. El argumento tiene impacto retórico, pero cuando se miran los datos duros, la historia es bastante distinta.

Es cierto que durante la administración Biden hubo un cambio de enfoque en el manejo de las tierras públicas. La Bureau of Land Management (BLM) impulsó normas para equiparar la conservación ambiental con otros usos del suelo federal, como el pastoreo o la minería. Eso generó resistencias y discursos alarmistas desde organizaciones ganaderas. Sin embargo, no existió una cancelación masiva de permisos de pastoreo, ni un retiro generalizado del ganado de las tierras fiscales. Los contratos siguieron renovándose en la mayor parte del país y no hay evidencia de un impacto cuantitativo relevante sobre el stock bovino atribuible a esa política.

Este proceso no empezó ayer ni responde a una sola decisión política. Es el resultado de una combinación bien conocida por cualquier productor: sequías prolongadas, sobre todo en el sur y el oeste; altos costos de alimentación, con granos y energía caros; y los ciclos largos de la ganadería, que alternan fases de expansión y liquidación. Cuando falta pasto y sobran costos, los productores liquidan vientres. Y cuando se liquidan vientres, la carne escasea unos años después.

El resultado está a la vista. Con menos animales disponibles para faena y una demanda interna que se mantiene firme, los precios de la carne vacuna alcanzaron niveles récord en Estados Unidos, especialmente en productos de consumo masivo como la carne molida. La industria frigorífica opera con menor disponibilidad de hacienda y el país, históricamente exportador neto, necesita importar más carne para equilibrar su mercado.

En ese contexto aparece la apertura de la cuota de importación de 100.000 toneladas de carne vacuna hacia Estados Unidos. En términos relativos, el volumen es pequeño frente al consumo total norteamericano, pero su importancia económica es grande. A precios mayoristas actuales, esa cuota puede valer entre USD 600 y 700 millones anuales, según el mix de cortes y el grado de procesamiento. Son dólares de un mercado firme, transparente y con alta capacidad de pago.

Comparada con otras cuotas tradicionales, la diferencia es clara. La Cuota Hilton hacia la Unión Europea tiene prestigio y precios elevados, pero un tonelaje limitado y exigencias muy específicas. La Cuota 481, basada en carne de feedlot, compite con proveedores extremadamente eficientes. La cuota estadounidense juega otro partido: más volumen, más flexibilidad comercial y mayor continuidad en el flujo de negocios. No reemplaza a Hilton ni a 481, pero las complementa con algo escaso hoy: escala y previsibilidad.

En síntesis, la escasez de carne en Estados Unidos no es consecuencia de una cruzada ideológica contra los ganaderos, sino de un rodeo en mínimos históricos que no se recompone de un día para otro. Pero ese problema ajeno abre una ventana concreta para la Argentina. La cuota de 100.000 toneladas no es solo un cupo más: es una válvula de alivio para el mercado norteamericano y, al mismo tiempo, una oportunidad estratégica para reposicionar a la carne argentina en uno de los mercados más exigentes —y mejor pagos— del mundo.

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