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Necochea: La vitalidad de lo imperfecto frente al silencio de los «pueblos parque»

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Horacio Castelli

Prefiero, mil veces, una ciudad desprolija y utilizada a un pueblo limpito pero sin vida.

Es cierto: Necochea tiene imperfecciones. Son las marcas lógicas del uso diario, de una ciudad que late, que se mueve y que soporta un parque automotor que crece de forma exponencial. Somos una de esas llamadas «ciudades intermedias», pero con el ritmo, la actividad y la problemática de una gran metrópoli en expansión constante.

Nadie niega que falta planificación. Es real que necesitamos políticas de Estado que marquen un rumbo claro hacia dónde queremos crecer. Pero cuando algunos me preguntan, con tono de reproche: “¿Por qué tal pueblo está tan prolijo?”, a mí se me viene a la mente la imagen de los cementerios parque. Allí todo es limpio, organizado y pulcro, pero no hay vida.

Yo no quiero un cementerio para Necochea. Quiero la ciudad viva, esa que es eternamente criticada por los mismos que la eligieron para vivir, huyendo del caos de Buenos Aires o de capitales que se volvieron inhabitables. Los necochenses no tenemos por qué soportar callados este ataque constante de quienes vienen a buscar refugio y terminan señalando la mota en el ojo ajeno.

El abrazo que hay que limpiar

Sin embargo, lo más lamentable no viene de afuera. Lo más triste son aquellos necochenses que se fueron a vivir a otras provincias y, cuando regresan, te dan un abrazo afectuoso para inmediatamente rematar con un: “¡Qué desprolija que está la ciudad!”.

En esos momentos, te dan ganas de limpiarte el abrazo y mandarlos de vuelta a esa ciudad «maravillosa» donde ahora residen. Es un discurso patético que, en el fondo, suele esconder frustraciones personales que intentan ocultar criticando a los que nos quedamos, a los que nacimos, crecimos y seguimos apostando por este suelo.

La grandeza de animarse

Necochea es capaz de generar encuentros que otros no saben, no pueden o, simplemente, les da miedo encarar. El ejemplo más reciente fue el recital de La Renga. Mientras otras ciudades se asustaron y cerraron las puertas, Necochea abrazó el evento. Allí sentimos la grandeza de una ciudad única, capaz de albergar multitudes y vibrar con energía propia.

Me gusta mi ciudad así: desprolija y viva. Me dan lástima esas «ciudades-cementerio» donde no vuela una mosca pero tampoco pasa nada. Necochea está en movimiento, y eso, aunque a algunos les moleste la visual, es síntoma de que estamos más despiertos que nunca.

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