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Los poderosos bancos centrales de Estados Unidos y Europa, la Fed y el BCE, rivalizan de buena voluntad para sostener sus respectivas economías, a riesgo de tensar todavía más las relaciones entre Estados Unidos y Europa.

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, sacudió los mercados el martes al asegurar que «se necesitarán medidas de estímulo adicionales» si la inflación en la Eurozona sigue baja, un indicio de una economía letárgica.

Su homólogo de la Reserva Federal, Jerome Powell, cambió de discurso en una muy esperada conferencia de prensa el miércoles, hablando de incertidumbres «claramente incrementadas» para la principal potencia mundial, y estimando que tenía ahora «más argumentos» para apoyar la economía.

Los mercados vieron inmediatamente en estas declaraciones el anuncio de futuros recortes de tasas de interés, como refleja, por ejemplo, la caída del rendimiento de los bonos del Tesoro estadounidense a 10 años por debajo del 2%.

Al diálogo tranquilo de los banqueros centrales le sucedió uno más duro entre los líderes políticos a ambas orillas del Atlántico.

Donald Trump acusó al presidente del BCE de intentar hacer caer la moneda única europea con sus palabras y dar así una «ventaja injusta» a los exportadores de la zona euro.

El presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, salió en ayuda de Draghi replicando que es «injusto atacar a los bancos centrales cuando se trata de su independencia».

AFP / Nicholas Kamm. Jerome Powell habla durante una rueda de prensa que dio al término de una reunión sobre mercados, el miércoles 19 de junio en Washington

Según los manuales económicos, la entidad de Fráncfort tiene mucho más de qué preocuparse que su poderoso homólogo estadounidense: el crecimiento en la Eurozona se está ralentizando, mientras que Estados Unidos comenzó el año con una nota alta (crecimiento del 3,1% en el primer trimestre).

Sin olvidar que la inflación no acaba de despegar en la Eurozona. «Aquí es probablemente donde radica el problema», estimó Hervé Goulletquer, del Banque Postale AM.

Si bien la opinión pública acoge con satisfacción el estancamiento de los precios al consumo, los economistas temen que un fenómeno de este tipo pueda sumir a la zona euro en un prolongado período de apatía.

¿Una guerra de divisas?

Para Donald Trump, que acaba de iniciar su campaña de reelección en 2020, un aumento del valor del dólar, sinónimo de pérdida de competitividad para los exportadores estadounidenses, sería una muy mala noticia.

El presidente estadounidense está muy interesado en restaurar el poder comercial de Estados Unidos, tanto contra China como contra los europeos, a los que amenaza, en particular, con aranceles potencialmente devastadores a la industria del automóvil.

AFP/Archivos / Philippe Huguen. Una moneda de euro sobre billetes de un dólar, en una fotografía tomada el 13 de marzo de 2015 en Godewaersvelde, al norte de Francia

Y pretende que la Reserva Federal le eche una mano, que extienda lo máximo posible uno de los ciclos de crecimiento más largos de la historia reciente de Estados Unidos.

Así, se supo que la Casa Blanca consideró activamente en febrero la posibilidad de privar a Jerome Powell de su título de presidente de la Fed para transformarlo en simple gobernador.

«Cada vez hay más políticos que creen que los bancos centrales tienen una respuesta a todos sus problemas», sostuvo Brian Coulton, economista jefe de la agencia de calificación Fitch. «Hay presión», agregó.

El gobernador del Banco de Francia, François Villeroy de Galhau, cuyo nombre circula como posible sucesor de Mario Draghi, advirtió que los bancos centrales no tienen una «varita mágica» para «reparar» daños económicos como los causados por la ofensiva proteccionista de Donald Trump.

Draghi por su parte pidió a los dirigentes de la Eurozona que se doten «más rápidamente» de una fuerza de choque presupuestaria real y común, para que no sea únicamente el BCE quien batalle contra los vientos económicos adversos.

Una perspectiva que parece todavía lejana. El pasado fin de semana, los ministros de Finanzas europeos necesitaron una noche de dolorosas negociaciones para llegar a un frágil compromiso sobre el principio de un presupuesto para la Eurozona. Y eso sin zanjar la espinosa cuestión de su financiación, que divide a los países del Sur -favorables a una mayor solidaridad- y del Norte, encabezados por los Países Bajos, a favor del rigor presupuestario.

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