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Port Said Suez Canal Container Terminal Egypt

En Washington son horas decisivas para definir si la paz comercial entre Estados Unidos y China es realmente posible o si el mundo está destinado a vivir una escalada sin precedentes en la guerra de aranceles.

No es casualidad que los mercados y toda la comunidad internacional estén observando la nueva misión del viceprimer ministro chino, Liu He, en la capital estadounidense, en vísperas de la entrada en vigor de las nuevas medidas punitivas por 200 mil millones de dólares a productos fabricados en China.

El contexto es de extrema incertidumbre, caracterizado por una voluntad de diálogo manifestado por ambas partes pero, al mismo tiempo, por una serie de golpes recíprocos que no ayudan a calmar el clima. En resumen, un verdadero tira y afloja, con Donald Trump acusando a Pekín de haber dado una marcha atrás en la esperanza de tratar en el futuro con un presidente estadounidense más débil, ya sea Joe Biden o cualquiera de los otros candidatos demócratas en la Casa Blanca.

«Así podrán seguir robando», es la dura embestida del magnate en su cuenta de Twitter.

Por su parte, Pekín, como se esperaba, no perdió el tiempo y ya anunció las contramedidas si entre la noche del viernes y el sábado, comienza a regir el aumento del 10 al 25% de los aranceles de Estados Unidos sobre bienes como calzados, ropa, muebles, juguetes o productos electrónicos.

La mano derecha de Xi Jinping para las políticas comerciales parece sin embargo haber llegado a Washington con el mandato de intentar un acuerdo, o al menos tomar más tiempo. Pero sobre qué base sigue siendo un misterio. No es fácil encontrar un compromiso en muy poco tiempo, después de que las autoridades chinas cuestionaron completamente el texto desarrollado en meses de trabajo.

Lo habrían hecho con un cable entregado al Departamento del Tesoro de Estados Unidos el viernes por la noche, el cual contenía un borrador de acuerdo en siete capítulos ampliamente distorsionados en comparación con el anterior. Lo que desencadenó la ira de Donald Trump.

El fruto de la discordia sigue siendo sobre todo el proceso de verificación de la implementación y el cumplimiento del acuerdo: a Estados Unidos le gustaría un mecanismo similar al de los aranceles, con obligaciones automáticas en caso de incumplimiento.

Pekín, por su parte, se limitaría a comprometerse a una serie de modificaciones legislativas y regulatorias para cumplir con las quejas de larga data de Estados Unidos: el robo de los derechos de propiedad intelectual, la transferencia forzosa de tecnología por parte de las compañías estadounidenses que operan en China, sobre las ayudas del estado chino que distorsiona la competencia, sobre la manipulación de las tasas de cambio.

Pero hay un dato que podría contribuir a desbloquear la situación obligado a Pekín a ceder sobre algunos puntos: aquel de la exportación que se derrumbó un 2,7% en abril y arroja nuevas sombras sobre la estabilidad de la economía china y sobre la posibilidad de que el crecimiento puede estabilizarse de nuevo. En tanto Trump sabe que con la economía de Estados Unidos navegando a toda velocidad, su posición es más fuerte en este momento. (ANSA).

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