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Silvia Guillot

Horror vacui

El calor era intenso. Hacía horas que la temperatura se mantenía alta. La gente se aplastaba en sus reposeras y sillas frente al mar.

Cuando el sol bajaba lentamente en el horizonte, el viento fue cambiando de dirección, la brisa pasaba de cálida a fresca y de fresca a cálida. En un momento se estabilizó y quedó rozando la arena un viento refrescante.

Muchos ocupantes de la playa subían en fila desde la orilla y se alejaban de la costa hacia sus domicilios, fijos o temporarios, con intención de prepararse para la cena y quizás alguna diversión posterior. Cosa muy común en vacaciones.

Yo me quedé. Saqué un libro, de esos que te regala algún amigo, y comencé a leer.

En un punto levanté la mirada y vi que las nubes que habían cubierto el cielo durante toda la tarde se alejaban. Un sol grande y cálido tocaba el horizonte, en el oeste.

Y de pronto, la arena, casi vacía de gente, volvía a su romance solitario con el mar.

Y de pronto, mi inacción me pareció suprema.

Días con horarios apretados, obligaciones y compromisos parecían alejadísimos en el tiempo.

Solo quedó un agradable vacío, que lejos de producir horror me llenó de placer.

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