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Por Horacio Castelli

Algunos pensarán que el título encierra una exageración, pero la realidad diaria me dice que estoy en lo cierto y la pregunta dispara varios análisis.

El Frente para la Victoria nació como una transversalidad en la política argentina intentando cubrir un gran espectro con tendencia hacia una mirada keinesiana y nacional del estado.

La idea de dar un papel central al estado, como organizador de una sociedad fragmentada después de la debacle del neoliberalismo, arrimó a muchos militantes necesitados de un cobijo ante la fría actitud del mercado que nunca le importó dejar millones de argentinos excluidos en su propio país.

La necesidad de un estado defensor de las minorías agobiadas, de la clase media empobrecida y que hiciera frente a las grandes corporaciones que se apropiaron de más de la mitad de la renta que le correspondía al sector laboral, logró un fuerte apoyo popular.

Ese apoyo popular necesitaba una permanente discusión desde las bases para que no se perdiera el objetivo principal de saldar las deudas que el estado tenía con sus ciudadanos más desprotegidos.

Mientras el Frente para la Victoria respondió claramente a esa necesidad y dejó participar en forma horizontal a las organizaciones, el proyecto se fortaleció.

Sin embargo, el cansancio, la necedad de algunos dirigentes y el arribo cada vez más numeroso de políticos aprovechadores, fue vaciando de contenido social a la propuesta, tanto del Frente político como de los gobiernos, nacional, provincial y municipal.

Se privilegió el voto prometido antes que el posicionamiento de aquellos dirigentes de base que ofrecían una discusión permanente sobre lo que aún faltaba por realizar.

Se dejó “hacer” a funcionarios que utilizaron al estado para su enriquecimiento personal, permitiendo que algunos gritaran más fuerte para, con la ayuda de las corporaciones mediáticas lograran convencer a una gran masa de la clase media y baja, ahora incluida, que era mejor cambiar aunque poco después volvieran a ser los mismos pobres.

Se privilegió la prebenda de los caudillos nefastos de la vieja política, a los amigos del poder, a cerrar filas alrededor de La Cámpora, sin permitir que otras agrupaciones que tenían excelentes trabajos territoriales tuvieran su lugar en la representación política.

Se destruyó en pocos meses el trabajo de una década. No ganó Cambiemos, perdió el kirchnerismo.

Ese mismo kirchnerismo que creyó que solo podía con todo, dejando de lado la transversalidad que permitió a muchos independientes, socialistas, radicales, comunitas, entre otros, sentirse parte de ese proyecto.

Expulsó a quienes ofrecían críticas a medidas que desviaban del objetivo primario que permitió un triunfo categórico en el 2011 con el 54% de los votos.

La palabra “traición”, tan utilizada por los arribistas al poder contra aquellos que marcaban críticas a medidas tomadas por el gobierno central, fue una dura ofensa para muchos que trabajaron por llevar adelante el proyecto nacional y popular.

Algunos dirán que teniendo en cuenta las conquistas las críticas no debían hacerse, sin entender que las conquistas son importantes en tanto se mantengan en el tiempo y se respeten todos los sectores que integran un proyecto. Nadie puede sentirse el dueño de esas conquistas.

El acentuado centralismo fue otro de los factores que atentó contra el fortalecimiento del Frente. Muchos políticos mediocres o inexistentes en sus distritos peregrinaban hacia La Plata y Buenos Aires, rogando apoyos que no lograban de los militantes de sus distritos.

En lugar de hacer jugar en la arena política a todos y que ganara el mejor, los dirigentes decidían a la distancia a quiénes les daban su bendición (ergo: la boleta oficial del Frente).

Por último, la decisión de las autoridades nacionales de impedir la presentación de dos precandidatos a presidente en las PASO fue el disparo de gracia para un Frente que se desintegra a pasos agigantados.

Quien quiera oír, que oiga…

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