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Por Antonio Elio Brailovsky

Con exacta puntualidad, como si correspondiera a una fuerza inexorable, la Barrick Gold ha festejado el primer aniversario de su derrame de cianuro sobre los ríos sanjuaninos con un nuevo derrame de cianuro.

Esto sólo puede ser posible por la inconcebible negligencia de quienes deberían cuidar la salud pública y prefieren actuar más en los medios de comunicación que en los ecosistemas.

El cianuro tiene mala prensa y con razón: es uno de los peores venenos que se conocen. Sin embargo, no es el peor riesgo ambiental de este tipo de minería. Sucede que el cianuro se degrada al contacto con el aire en pocos meses. El problema mayor son los tóxicos que no se degradan, como algunos químicos y metales pesados.

Un emprendimiento como Veladero (y varios más) está autorizado a no tratar sus residuos peligrosos sino que los pueden acumular en un enorme lago de barros tóxicos, llamado dique de colas. Estamos hablando de un volumen de decenas de hectómetros cúbicos (es decir, que equivale al volumen de muchos cubos de 100 metros de lado).

Lo más grave no son los accidentes que puedan ocurrir ahora, mientras está la empresa allí y, mal o bien, hará algo ante una emergencia. Pero ¿qué pasará cuando la empresa se vaya, se lleve el oro y nos deje ese inmenso depósito de tóxicos que no se degradan nunca, y que están en zonas sísmicas? Esto representa un riesgo de desastre, no sólo hoy o mañana, sino mientras exista vida sobre la tierra.

La pregunta es por qué nuestra sociedad aceptó convivir con una actividad que tiene ese nivel de peligrosidad.

Tal vez incida la creencia generalizada de alguien debe estar ocupándose de cuidarnos, aunque en realidad no lo haga nadie. Pero también incide la fantasía de que el funcionamiento de la naturaleza puede ser reemplazado por medios tecnológicos. Si mucha gente cree que eso es posible, no se movilizará contra los abusos de quienes destruyen el medio natural que nos sustenta.

Por eso mi insistencia en recordar cada trimestre los ritmos de la naturaleza a la que pertenecemos y que no pude ser sacrificada al interés comercial.

Federico García Loca: “Semana Santa en Granada”

El viajero sin problemas, lleno de sonrisas y gritos de locomotoras, va a las fallas de Valencia. El báquico, a la Semana Santa de Sevilla. El quemado por un ansia de desnudos, a Málaga. El melancólico y el contemplativo, a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.

O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.

El que quiera sentir junto al aliento exterior del toro ese dulce tictac de la sangre en los labios, vaya al tumulto barroco de la universal Sevilla; el que quiera estar en una tertulia de fantasmas y hallar quizá un vieja sortija maravillosa por los paseíllos de su corazón, vaya a la interior, a la oculta Granada.

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.

Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman «los tíos turistas», para ésos no está abierta el alma de la ciudad.

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