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Por Antonio Elio Brailovsky

La nuestra es la primera de las culturas que aleja a los seres humanos de la naturaleza. Señala Sigmund Freud en “El malestar de la cultura”, que “la Humanidad ha realizado extraordinarios progresos en las ciencias naturales y en su aplicación técnica, afianzando en medida otrora inconcebible su dominio sobre la Naturaleza.

El hombre se enorgullece con razón de tales conquistas pero comienza a sospechar que este dominio del espacio y del tiempo, esta sujeción de las fuerzas naturales, no le ha hecho, en su sentir, más feliz”.

Nuestro tiempo reemplaza el vínculo con la naturaleza por una actitud puramente económica. Los intereses dominantes tratan de que no percibamos los ecosistemas sino sólo los recursos naturales.

Hemos dicho en muchas ocasiones que quienes hacen un negocio de la destrucción de nuestro ambiente necesitan de nuestra complicidad. Si el entorno no es importante para nosotros, nadie reclamará por los daños a la Tierra a la que pertenecemos.

No es casual el que vivamos en una cultura que nos borra los ritmos de la naturaleza como si la tecnología hubiera hecho desaparecer el medio natural.

Hoy hay millones de personas a las que la contaminación lumínica les impide ver la Vía Láctea y eso es una metáfora de nuestra relación con el medio natural al que nos sostiene. Por eso nuestra insistencia en recordar los ritmos de la naturaleza y en reforzar continuamente la educación ambiental.

Quiero compartir con ustedes la alegría de haber sido distinguido como personalidad destacada en el ámbito de la Ciencia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, “por mis logros en el ámbito de la investigación, la docencia y la gestión de la temática ambiental”.

La iniciativa, que tuvo despacho de la Comisión de Ambiente de la Legislatura de la Ciudad, fue impulsada por los diputados Natalia Persini y Pablo Bergel.

El diploma correspondiente me lo dan en un acto que se va a hacer en el Salón Dorado de la Legislatura de la Ciudad, Perú 130, el próximo martes 12 de julio a las 18 horas.

Allí voy a desarrollar una breve clase sobre “El ambiente de la Ciudad de Buenos Aires en su literatura”.

¡Los espero!

(Charles Darwin: “El viaje de un naturalista alrededor del mundo”)

Después de haber atravesado el Peuquenes, bajamos a una región montañosa situada entre las dos cadenas principales y nos disponemos a pasar allí la noche. Hemos entrado en la República de Mendoza. Nos hallamos a 11.000 pies de altura, por lo que es en extremo pobre la vegetación. Empleamos como combustible la raíz de una planta raquítica, y no logramos más que un fuego miserable: el viento es sumamente frío. Extenuado por las fatigas del día hago mi cama lo más pronto posible y me duerno. Despierto a media noche y noto que el cielo se ha cubierto por completo de nubes; despierto al arriero para saber si tendremos que temer que nos sorprenda el mal tiempo, y me dice que no hay peligro de nevada, porque éstas se anuncian siempre con truenos y relámpagos. De cualquier modo, el peligro es muy grande y muy difícil de sustraerse a él, cuando sorprende al viajero el mal tiempo en esta región situada en las dos cadenas principales. El único refugio es una caverna que hay allí. Mr. Caldcleugh que ha atravesado la montaña en la misma época, estuvo encerrado algún tiempo en esta caverna a causa de una tempestad de nieve. En este punto no han hecho como en el Upsalla casuchas o habitaciones de refugio; por lo cual es más frecuentado el Portillo en otoño. Bueno es observar que en la cordillera no llueve nunca: en verano está siempre el cielo limpio; en invierno no hay más tempestades que las de nieve.

Como consecuencia de la altura a que nos encontramos es mucho menor la presión de la atmósfera y hierve el agua a temperatura mucho más baja. Por esta razón, aunque dejamos las patatas muchas horas en el agua hirviendo, salen tan duras como cuando las echamos. La olla ha estado toda la noche al fuego; por la mañana procuramos que hierva de nuevo, pero las patatas no se cuecen. Oyendo discutir la causa de este fenómeno a mis dos acompañantes, me entero de que habían encontrado una explicación, en realidad, muy sencilla: «Esta pícara marmita, decían (era una marmita nueva), no quiere cocer las patatas».