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Por Daniel Mundo

Este 24 de marzo se cumplen cuarenta años del golpe de Estado que dio inicio a la época más nefasta de la Era de los Golpes de Estado en Argentina.

De hecho, como ya sabemos, el Golpe del ‘76 dio fin a una costumbre nativa de interrumpir los ciclos políticos con asonadas militares, lo que permitió conocer otros tipos de intervenciones desestabilizadoras de los poderes hegemónicos, como la híper inflación que acabaría con el gobierno de Raúl Alfonsín, o el default en el 2001.

Con el Golpe, los militares se propusieron una tarea tal vez imposible: desempatar un enfrentamiento histórico que había conducido casi hasta una guerra civil entre lo que podríamos llamar las fuerzas liberales promercado y antiestatales, y las nacional-populares.

Aún seguimos padeciendo esa disputa, porque quizás de hecho forma parte de nuestro tan mentado ser nacional, mal que le pese a una u otra tradición.

Lo que el Golpe encarna es el intento más desesperado y también más radical de hacer desaparecer a aquellos actores e ideas que no calzaban con el proyecto liberal de entregarse a las manos del mercado.

Era auténticamente un programa de reorganización nacional. Lo que se llamó en estos años kirchneristas “la grieta” posiblemente sea una herida con la que habrá que aprender a convivir.

En alguna de mis computadoras debe de estar guardada mi tesis de doctorado, que me llevó más de diez años escribir. Se trata sobre la representación literaria de la Dictadura que se dio la sociedad argentina.

No sólo con la famosa Teoría de los Dos Demonios la sociedad argentina quiso desentenderse de lo que había engendrado.

La Teoría de los Dos Demonios y lo que se llamó el Show del Horror (de alguna manera ambos se parieron mutuamente en un parto contra natura) constituyeron el primer intento de aceptar lo que se había perpetrado que se dio la sociedad, culpabilizando a unos y desresponzabilizándose a sí misma.

La sociedad, inocente, ingenua, confiada en las Fuerzas que la protegerían, se despertó de una pesadilla con las manos llenas de sangre.

Se las quiso lavar culpando a las cúpulas militares y guerrilleras de todo lo que había ocurrido. Ella, la sociedad, la gente, no se había enterado de lo que pasaba a su alrededor. Los medios de comunicación de masas tienen un rol protagónico en la construcción de este imaginario.

Tengo la sensación —y digo sensación porque no tengo datos estadísticos confiables— de que la bibliografía sobre la dictadura se volvió una entelequia gigantesca, tan gigantesca que no me siento capacitado para resumirla aquí.

Por ello convoqué a algunos especialistas e investigadores para que lo hicieran (las fotografías que integran el dossier fueron aportadas por la Dra. Cora Gamarnik).

En esta breve introducción tan sólo quiero plantear algunas cuestiones íntimas en relación con los cuarenta años del Golpe.

Mi tesis, que había querido reflexionar sobre las representaciones literarias de la Dictadura, terminó siendo un texto que reivindicaba (reivindicaba es una manera de decir: que trataba de comprender) a las auténticas víctimas del terrorismo de Estado, y los esfuerzos que hicieron estas “víctimas” que no sufrieron ni la persecución ni la desaparición, que más bien fueron el “producto” más o menos exitoso de las políticas reorganizadoras.

Denominé a este actor los Hijos Críticos —los cuasi-hijos, los pseudo-hijos, si por “hijos” entendemos aquellos seres que tienen el deber de cumplir con el legado heredado.

¿Cuál es la característica central de su crítica? Asumir una herencia que no les fue necesariamente destinada, y hacerlo de modo desobediente, aun a riesgo de equivocarse, aun a riesgo de traicionar esa herencia.

Por supuesto que los años de la Dictadura fueron oscuros. ¿Qué quiere decir este lugar común, que fueron años oscuros? Quiere decir que era muy complejo y difícil visualizar lo que ocurría en el espacio público, en el espacio de la visibilidad.

Por un lado porque la tarea que se adjudicaron las Fuerzas del Orden (como se autodenominaban) ocurría en gran medida en la clandestinidad, y por otro lado porque lo que se publicitaba de esa tarea secuestradora venía respaldado por acciones intensas de desinformación masiva.

Las famosas consignas que justificaban el accionar militar, “por algo se lo llevaron”, “los argentinos somos derechos y humanos”, “el silencio es salud”, etc. etc., constituían el aire que se respiraba y a través del cual los ciudadanos comunes y silvestres observaban lo que ocurría, es decir se incapacitaban de ver y comprender lo que estaban viviendo.

Echar luz sobre esta oscuridad, es decir darle algún sentido, es lo que se propusimos todos los que investigamos durante estos últimos cuarenta años aquel período.

La Dictadura parió una de las figuras más siniestras de la historia del siglo XX, la figura del desaparecido, una figura infigurable.

Uso el concepto de siniestro en un sentido casi psicoanalítico, como esa escena o figura que no debería aparecer pero que emerge de modo imprevisto.

Como lo plantea Freud, lo siniestro acontece cuando se desvanece la frontera entre la fantasía y lo real. El desaparecido podría imaginarse como la encarnadura de esa frontera.

No me parece menor este dato: es el gran invento nacional, el aporte argentino a la tradición política de Occidente: el desaparecido.

El desaparecido tiene su primer espacio de aparición en el campo jurídico, reclamando su cuerpo, con los habeas corpus.

El famoso cierre que le quiso imprimir Videla de alguna manera funciona como su definición insuperable: ni vivos ni muertos.

El Nunca Más y lo que este libro sintetiza quizás sea su monumento más logrado. Obviamente, también campea en muchas, en la mayoría de las obras que refieren a la Dictadura.

En la literatura —y tomo el concepto de literatura en un sentido amplio, refiriéndome tanto a la novela, el cuento, el teatro o el cine—, las mejores obras son las que no intentan figurarlo de alguna manera.

Porque el desaparecido no es ni un muerto ni un fantasma ni un zombie, es simplemente, atrozmente, un desaparecido.

Es una presencia cuya esencia es estar ausente. Es un fenómeno antifenoménico. Es lo que aparece en la sustracción. Es esta contradicción irresoluble. Algo, un ser, que no está ni vivo ni muerto.

Entre otras muchas cosas el desaparecido logró en nuestro país que la facultad humana de la memoria entrara a competir y de algún modo desbancara una disciplina sólidamente asentada y muy respetada en el campo intelectual como es la historia. Ahora hay carreras de grado, maestrías y doctorados que versan sobre ella.

En muchos otros países la memoria se había convertido en un saber antes de la década del ochenta. Puedo arriesgar sin temor a equivocarme que en el imaginario occidental fue la Segunda Guerra Mundial y las políticas genocidas del nazismo las que revalorizaron la memoria, pues los juicios sobre aquellos años inauguraron una nueva forma de juzgar.

El recuerdo de un hecho atroz, el dato de confesar haberlo vivido, se volvió prueba suficiente para culpabilizar a los genocidas nazis. También bastó esa confesión para condenar a los integrantes de los Grupos de Tareas argentinos. Una novedad jurídica.

Ahora bien, sin ser un especialista ni mucho menos tengo la sensación de que la memoria de la Dictadura saturó el campo desde todos los frentes, ficcionales o testimoniales.

A veces creo que el mejor modo de evocar esos recuerdos traumáticos es invocándolos con un silencio hondo y neblinoso, como si la plena luz y las palabras justas los enturbiaran, los desdibujaran y terminaran transformándolos en otra cosa.

Las palabras y las imágenes son muy importantes sin duda para mantener vivo un recuerdo, quién se atrevería a decir lo contrario.

Pero incluso imágenes y palabras sentidas, conmovedoras, auténticas palabras dichas de verdad (y “auténticas” y “de verdad” están escritas con intencionalidad repetitiva para enfatizar lo que pretendo sostener) terminan funcionando como un barniz que protege de la inclemencia de los hechos recordados.

Luego de interpretar durante años las palabras y las imágenes que pretenden evocar lo irreparable termino pensando que también a ellas les llegó la hora de su masividad, mal que nos pese a los que pretendemos hacer memoria para que aquello no vuelva a repetirse.

Como si las palabras elaboradas y sentidas terminaran repitiendo aquello que desean exorcizar. Las palabras y las imágenes terminan organizando consignas, y las consignas terminan atadas a prejuicios.

No quiero decir con esto que no haya que recordar, o que todas las obras que tienen a la Dictadura como referente fracasen (es más, quizás las obras que perduren con más significado sean para mí aquellas que fracasan en su intento de recordar, porque no hay manera de recordar lo que fue hecho desde su origen para el olvido).

Estamos condenados a recordar lo irrecordable. ¿Qué otra cosa sería lo traumático sino aquello que no puede evocarse?

Mi tesis versa sobre la literatura. Los distintos modos que se dio la literatura para elaborar esos años. Leí de todo. Leí obras banales y obras densas.

Obras que me costó terminar porque no podía contener el aliento y obras que quise dejar por la mitad porque no me producían ningún tipo de empatía: parecían resultarle ajenas incluso al propio autor. Hay un problema de representación, obviamente.

Existe ya una abultada bibliografía que lo trabaja. Alguna de esa bibliografía llega hasta el extremo de plantear lo irrepresentable de ciertos hechos, cómo determinadas imágenes ponen en cuestión todo el orden de la representación que sustenta la tradición visual occidental.

El concepto de representación debe ocupar un lugar importante en cualquier análisis de la memoria, y más de la memoria de los hechos traumáticos. “¿Cómo representar lo irrepresentable?” fue la pregunta que en un momento quise resolver el debate.

Esta pregunta, por supuesto, fue sustraída de los trabajos que elaboran el fenómeno siniestro paradigmático de la historia del siglo XX, los campos de exterminio nazis.

En mi análisis me cuidé de no hacer ningún tipo de traslación de uno a otro fenómeno, pues no creo, como mucha otra gente, que sean comparables. La Argentina no tuvo un régimen totalitario, como sí lo tuvo Alemania.

Un régimen totalitario, entre muchas otras características, reduce la realidad a una única perspectiva, a una única dimensión. La Dictadura no logró hacer esto, aunque le hubiera gustado.

La Dictadura, que se creía el origen de una nueva tradición nacional, en realidad funcionó como oclusión y cierra de la tradición que representaba.

Lo que me propuse en la tesis fue reflexionar sobre lo que la literatura podía o no podía representar de la Dictadura. La enorme mayoría de la bibliografía sobre la Dictadura fue producida por personas que eran adultas antes de que la Dictadura comenzara.

Esto fue así por lo menos hasta la institucionalización de H.I.J.O.S., a mediados de los años noventa. Hasta ese momento la nueva generación había estado sin voz.

Primero hablaron los hijos más afectados por lo ocurrido, hijos de desaparecidos que venían a acompañar la lucha y la búsqueda que llevaban a cabo las Madres y las Abuelas.

Pero lentamente fueron apareciendo otras voces que permitieron reflexionar desde otras perspectivas sobre lo ocurrido durante la Dictadura, voces que fueron también afectadas por las políticas estatales terroristas, sin haber participado activamente en la vida pública.

Hay obras de mucho valor en esta generación partida. Son obras que antes que nada quieren comprender lo que sucedió, y ayudar a que otros comprendan también. Y cuando digo comprender intento decir que están más allá del bien y del mal, más allá de determinar quién es culpable y quién víctima, quién inocente y quién responsable.

La tesis no se proponía hacer ninguna especie de parricidio, aunque quizás fue lo que terminó haciendo, por lo menos en mi lectura para nada imparcial. Para bien y para mal lo que la tesis terminó haciendo es comprendiendo a las que considero las auténticas víctimas del plan de reorganización nacional proyectado por las Fuerzas Armadas y sectores hegemónicos de la sociedad civil.

Las víctimas inocentes de la Dictadura son las que se educaron, crecieron y formaron durante los años de terror. Esto, obviamente, no significa que las personas secuestradas, torturadas, asesinadas y desaparecidas no sean también víctimas del proyecto estatal, cívico-militar, de reeducación nacional puesto en marcha en esos años.

Pero muchas de estas víctimas eran militantes, perejiles, cuadros, simpatizantes, oponentes, oficiales, ideólogos, publicistas, etc., de fuerzas políticas que se habían empeñado en cambiar la realidad, porque esta realidad les parecía injusta y brutal.

Pero los que fueron niños y adolescentes durante la Dictadura son los que verdaderamente soportaron sobre sus hombros todo el peso reorganizador del Estado Nacional —había escrito primero “el peso represor del Estado”, pero me había olvidado que esta represión sistemática era muy productiva, que esta represión crea formas de ser, de desear y de pensar. No son héroes estas víctimas, por supuesto.

En buena medida somos unos idiotas. Somos unos idiotas a los que en cualquier momento les llegará la hora de conducir los destinos del país, si no es que esa hora ya ha sonado. Entre esta hueste de idiotas hay de todo, como sucede en cualquier otra generación.

Sólo que aquí la gran mayoría de los aparatos de socialización forzosos, como la escuela, los periódicos, la televisión blanco y negro, el cine, se abocaron a construir un deseo específico.

Es decir, a construir un terror específico. Me gustaría que estas breves palabras se leyeran como una autocrítica luego de doce años de gobierno kirchnerista, es decir de un gobierno que revitalizó la militancia política, que transformó la realidad nacional inventada por el FMI y sus acólitos, que disputó el principio de realidad elaborado por los medios concentrados de información, que insufló vida a una memoria que se quería clausurada.

A cuarenta años del Golpe, a cuatro meses de gobierno neoliberal, podemos decir que el kirchnerismo ingresó en su fase de mitificación, es decir que sobrevivirá como un actor testigo de un ideal que cualquier gobierno presente o futuro no dejará de traicionar y arruinar, aunque lo tenga como horizonte.

Es una herencia muy pesada la que deja el kirchnerismo, pero está en nuestro poder, es nuestro deber elaborarla y transformarla en pos de construir otra realidad.

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