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Por Silvia Guillot

Hoy tengo ganas de compartir un relato que escribí hace un tiempo. Tenía que crear una historia, para un módulo de una especialización, en la que asomara algo de lo visto, oído o vivido. Y recordé una imagen, la de un bar chiquito, en una esquina, con un bicicletero en el que un hombre no tan mayor dejaba su bicicleta y entraba al lugar como quien repite una lenta rutina.

Se me ocurrió que en un momento como este, donde cada uno mira el propio ombligo, puede venir bien recordar que cada persona que uno cruza en la vida tiene su propia historia. La del hombre del bar podría ser esta…

El bar

Vivo junto a mi familia frente a un bar.

Este no es uno de esos bares de Buenos Aires, aquellos de mediados de siglo XX en los que el cigarrillo no era mala palabra y humo y aroma a café hacían su cruza silenciosa en medio de palabras ruidosas. Tampoco es uno de esos bares actuales, casi inodoros, de caras absortas pegadas a pantallas que conectan con la vida propia y ajena.

Este es un bar de esquina, en un barrio de pocas cuadras, en un pueblo de pocas manzanas y pocos habitantes.

El bar hoy está lleno, se nota que han cobrado. Ocho o diez hombres de edades desparejas conversan en grupos  lo que sucedió ese día por la mañana… un robo, un accidente, una pelea de familia escandalosa… uno al que arrestaron por tenencia de plantas…

Vicente llega en su bicicleta y la acomoda en el bicicletero. Saluda al pasar. Pide su vino.

Poco le importa la novedad del día y las charlas que recorren las mesas, tampoco algún que otro comentario en voz alta que por ratos atrapa la atención de todos.

Solo estará media hora, tomará su bebida sentado a la mesa que da a la ventana y se irá, como cada viernes, antes de las nueve. Pocos saben dónde vive y a casi nadie le interesa.

Vicente apoya su vaso vacío, paga en el mostrador y sale. Uno o dos responden descuidadamente a su “adiós”.

Hace años descubrí que es mi abuelo. Volviendo tarde de un cumpleaños con mi mamá sentí el apretón de su mano más fuerte de lo acostumbrado. “Nada”, dijo cuando le pregunté qué pasaba, y cruzamos la calle. Vicente, se había detenido a la entrada del bar.

Me llevó tiempo atar cabos entre frases escuchadas en conversaciones de grandes, en voz baja (“para mí se murió” “cuando yo era chica lo necesitaba, no ahora” “es mejor así”), y ese anciano que miraba desde la ventana del bar hacia la de mi casa.

Otra vez es viernes. Hoy cruzo al bar.

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