Silvia Guillot

Hay semanas en las que el tiempo transcurre en una doble dimensión, por un lado los hechos rutinarios de nuestras vidas, por el otro, los ecos del pasado que pudo ser para muchos dolorosamente rutinario. La memoria, movilizante e inquietante, sorprende como ráfaga de viento en un día sin sorpresas.

La pasada fue una de esas semanas, simples y complejas a la vez.

Lo que se anuncia al comienzo del lunes es el desarrollo de las actividades normales de trabajo (si no se está de vacaciones o se es desempleado) y de ocio. En general nuestras sociedades hacen poco caso a éstas últimas, pero ese es tema para otra crónica.

A medida que la semana avanzaba todo parecía ocurrir como de costumbre: problemas que solucionar, notas que cubrir, cuentas que pagar… lo de costumbre. De pronto, una de esas ráfagas se hizo presente. En un acto en el que se premiaba el proyecto de construcción de un “Paseo de la memoria” en la plaza central de la ciudad, se contó con la presencia de dos madres de detenidos-desaparecidos durante la última dictadura militar en Argentina, conocidas en nuestro país como Madres de Plaza de Mayo.

Se entregaron los premios, hablaron las autoridades, hablaron las madres. Algo, de lo que una de ellas dijo siguió dando vueltas en mi cabeza: “… nos llamaban las locas de Plaza de Mayo…”

Al día siguiente iba a la casa de una amiga, el recorrido me llevó a pasar frente al neuropsiquiátrico local. Es un lugar agradable, por lo menos en su exterior; no hay alambrados ni portones con rejas y tiene un gran jardín. Otra vez el tema de la locura. En mi ciudad, este hospital no tiene internos con patologías severas por lo que se los ve paseando por dicho jardín o por el barrio.

Quizá, se me ocurre, los dictadores vieron a las madres inofensivas e impotentes ante su autoridad. No contaron con que la supuesta locura las iba a hacer fuertes, resistentes a pesar del peligro, insistentes y pertinaces a pesar del miedo.

Escribió Julio Cortázar en su “Elogio de la Locura” Publicado originalmente en el periódico La República, París, 19 de febrero de 1982:

“El primero fue escrito hace siglos por Erasmo de
Rotterdam. No recuerdo bien de qué trataba, pero su
título me conmovió siempre, y hoy sé por qué: la
locura merece ser elogiada cuando la razón, esa razón
que tanto enorgullece al Occidente, se rompe los
dientes contra una realidad que no se deja ni se
dejará atrapar jamás por las frías armas de la lógica,
la ciencia pura y la tecnología.

De Jean Cocteau es esta profunda intuición que muchos
prefieren atribuir a su supuesta frivolidad: Víctor
Hugo era un loco que se creía Víctor Hugo.

Nada más cierto: hay que ser genial -epíteto que
siempre me pareció un eufemismo razonable para
explicar el grado supremo de la locura, es decir, de
la ruptura de todos los lazos razonables- para
escribir Los trabajadores del mar y Nuestra Señora de
París. Y el día en que los plumíferos y los sicarios
de la junta militar argentina echaron a rodar la
calificación de “locas” a las Madres de Plaza de Mayo

Más les hubiera valido pensar en lo que precede…”

(Para leer todo el artículo: http://www.geocities.com/lospobresdelatierra/textos/elogiolocura.html)

Se puede estar de acuerdo o no con el texto de Cortázar escrito hace más de veinte años, pero en lo que seguramente vamos a estar de acuerdo es en que la locura asoló nuestro país y la memoria es el único antídoto. La memoria, y una buena dosis de respeto por las diferencias.

Hasta la próxima crónica.

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