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Silvia Guillot

Identidad.

Se ha hablado tanto sobre el tema que la única originalidad que van a encontrar en este escrito es que pertenece a una persona en particular y por lo tanto es único. Nada más, creo.

La identidad ha sido por años un tema tabú primero, y proclamado a los cuatro vientos después, en mi país durante los últimos treinta años. No voy a hablar de esto, me dije cuando estaba planificando la crónica, porque hay gente profundamente conocedora que incluso ha escrito libros y a los que se puede consultar en cualquier sitio en la red que trabaje directamente sobre Derechos Humanos. Al menos por ahora no voy a entrar en el tema por ese lado tristemente oscuro y muy esquivo. Necesito aún más información.

Todos somos alguien. Somos alguien: particular y único, pocas veces repetido o repetible, para bien o para mal. Cada uno fue formando su identidad mediante genes, pero no sólo por ellos. Sabemos, a esta altura de la historia de la humanidad, que las personas no conformamos entes aislados –aunque se esté solo- y que somos consecuencia de la suma de la biología y la sociedad en la que nos desarrollamos.

¡Si lo sabremos los argentinos!

El nuestro es un país en el que a fines del siglo XIX y principios del XX se podían encontrar grupos étnicos bien delimitados: criollos, españoles, pocos aborígenes (habían sido asesinados en su gran mayoría por la expansión de la “civilización”), muy pocas personas de raza negra (muchos esclavos liberados murieron en las guerras), algunos europeos que vieron en esta tierra la promesa de aventuras o riquezas.

Llegan las guerras mundiales y el éxodo europeo se nota por estos lares. La inmigración se hace común y numerosa. De los barcos bajan ciudadanos italianos, españoles, polacos, rusos, “turcos” (así fue denominada cualquier persona que proviniera de Europa del este o del Medio Oriente, desde los verdaderos turcos hasta los árabes o libaneses)… y la lista sigue.

Los inmigrantes fueron distribuyéndose en todo el país dependiendo de las oportunidades ofrecidas (tierras, trabajo), o de que algún pariente hubiera sido pionero y ya estuviera asentado en algún pueblo o ciudad.

Mi ciudad conoce bien esta historia: no hay vecino que no tenga, al menos, un antepasado inmigrante y todavía quedan algunos que vinieron a esta ciudad cuando eran muy pequeños.

Ya sé, todo es historia conocida. Lo que ocurre es que de tanto ver algo, esto se naturaliza y no valoramos el verdadero prodigio que es nuestra sociedad (ciudad/país). Mientras que en otros lugares del globo la gente mata y muere por diferencias étnicas, en Argentina conviven grupos tan disímiles como españoles y japoneses, daneses y libaneses, franceses e ingleses, aborígenes y chinos… acá también sigue la lista.

¿Cómo puede esto ser posible? Por la unión, la fusión que se dio lugar a lo largo de años, conformando una sociedad en la que cada individuo tiene un árbol genealógico con ramas tan diversas como el idioma de cada uno de sus ancestros (la religión o el color de la piel).

Tampoco crean que esto es un paraíso en el que la discriminación no tiene lugar. Se necesitaron décadas para lograr esta sociedad cuya mayoría de ciudadanos respeta la diferencia.

Los argentinos bajamos de los barcos, dicen algunos. Yo creo que a esta frase le falta el componente aborigen, que por no ser numeroso no deja de ser importante. En consecuencia, los argentinos somos mezcla de culturas. Tenemos nuestra identidad gracias a ella.

Y esto daría para seguir hablando, pero tengo algo importante que hacer: como todos los años, más o menos por esta fecha, se realiza en mi ciudad la Fiesta de las Colectividades. En esta fiesta se pueden escuchar los sonidos de las canciones típicas, disfrutar de las danzas de distintos países y sentir los aromas de las comidas de las regiones más remotas… Y, hablando de comidas, no sé si optar por una empanada chilena o una blanchette francesa… ¡Hasta la próxima crónica!

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