Crónicas en domingo. Las historias tienen la facultad de aparecer de improviso, sin avisar

Silvia Guillot

Las historias tienen la facultad de aparecer de improviso, sin avisar. Sólo hay que estar atento para poder capturarlas en el momento justo.

La que sigue es una muestra de lo dicho. Ocurrió hace pocos días. Una historia pequeña, singular y potencialmente rica, como cualquiera de las que nosotros mismos protagonizamos a diario sin darnos cuenta de ello.

Campera de lana roja, larga hasta las rodillas. Por debajo, una pollera de tela escocesa en la gama del gris, que alguna vez fuera orgullosamente estrenada. Bolso grande, también gris, con bolsillos más oscuros.

Pelo cano, corto, aseado. Gran curvatura dorsal, agobio de joroba.

Miró a los lados. Esperó. Cruzó la calle transitada.

En un momento alguien la saludó: “¡Hola!”.

Numerosas e intrincadas imágenes se empujaron unas a otras en su memoria perezosa.

Ella devolvió el saludo: un “¡Hola!” alegre, una sonrisa y la mano agitándose en el aire.

Quizá nunca sepa que el desconocido la saludó porque le pareció linda en su soledad añosa.

Quizá ella recordó a ese alguien especial al que hacía tanto tiempo no veía, y fue feliz.

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