Crónicas en domingo. Llegó el invierno

Por Silvia Guillot

Mal que me pese, no dejo de ver cada cambio de estación como una puerta que se abre hacia nuevas experiencias. Digo “mal que me pese” porque en general los cambios de estación terminan trayendo resfríos, gripes, alergias o golpes de calor, y poco más que eso.

No quiero hablar del país y la estación que comienza con su sospechada crisis energética. Hoy no. Las estaciones me inspiran otras cosas, otras sensaciones.

El invierno que comienza es olor a café y chocolate, olor a lluvia y a tierra húmeda. Es respirar y ver el vapor que escapa de nuestras narices y toma forma en contacto con el aire frío. El invierno se cuela entre los árboles sin hojas y los arbustos sin flores. Es la fuerza del gris en la tierra en plena lucha contra el azul del cielo en los días sin nubes.

Siempre afloró mi lado poético con los primeros grandes fríos.

Cuando era chica gozaba con el ruido de la lluvia que caía por las noches y metía más adentro la cabeza entre las mantas. Siempre sucedía, hasta que comencé a crecer y a conocer algunas cosas.

Lo que sigue no es un golpe bajo, aviso.

Dije que comencé a conocer y a comprender por qué algunos chicos de mi escuela no asistían a clase: debido a la falta de ropa abrigada; por qué algunos se enfermaban más seguido: por el frío que se metía en sus casas precarias; por qué no “rendían” intelectualmente: por escasez de comida caliente.

El invierno, entonces, tuvo otra connotación.

La pobreza existe desde que el mundo es mundo, no es un producto de la globalización aunque sí su crecimiento. Pero como de diagnósticos estamos “llenos”, la única manera de afrontar el invierno es hacer algo por alguien.

Ya sé que suena a poco, pero si cada uno colabora en algo con aquella o aquellas personas que necesitan ayuda, cada taza de chocolate caliente sabrá increíblemente más dulce en la boca.

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