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Desapareció un 15 de enero de 1987 y los investigadores nunca pudieron determinar qué pasó. “Hemos sido defraudados por la Justicia”, ratificó Ivis “Mimí” Vaio, la madre de la veterinaria que tenía 29 años.

El 15 de enero de 1987, Adriana Celihueta salió de su casa y nunca más volvió. Faltaban 37 días para su casamiento y tenía pensado ir a la vivienda de sus suegros, a tan sólo 12 cuadras de donde vivía con sus padres.
“No laves los platos, mamá. Yo los lavo cuando vuelvo”, fueron las últimas palabras de Adriana hacia su madre, quien jamás pensó que todo terminaría en una verdadera pesadilla que cambió la vida a toda la familia Celihueta.
Adriana se despidió de sus padres y condujo el Dodge Polara de su papá.
Pretendía corroborar que el apellido O’Hara, de la madre de su novio Fernando Iparraguirre, estuviese bien escrito en la tarjeta de invitación.
Pero nunca llegó a la casa de quienes serían sus suegros oficialmente en algo más de un mes. Es decir, desvió su camino y en la madrugada del 16 de enero el vehículo fue hallado en cercanías al Parque Miguel Lillo.
El auto tenía las llaves sobre un asiento, la puerta del conductor estaba abierta y los documentos de Adriana tirados en la arena. Se sospechó en ese momento que la joven se llevó un arma de fuego, no se sabe por qué razón.
El personal policial luego de secuestrar las pertenencias de la veterinaria, permitió que el padre de Adriana, Carlos Celihueta, retirara el vehículo, aunque no se habrían efectuado pericias por parte de la Policía Científica para tratar de conseguir algún rastro de interés dentro del habitáculo.
Pasaron cinco jueces por la causa y también varios fiscales. Numerosos comisarios, investigadores y hasta funcionarios políticos que prometieron esclarecer el emblemático caso, tal vez el más misterioso dentro de la crónica policial local.
Según el Código Penal, los homicidios prescriben a los 12 años de cometidos si no hay movimientos en el expediente. Pero el caso Celihueta fue archivado y como se trata de una desaparición de persona, la familia de Adriana tiene esperanzas de hallar a los culpables.
“Si algún mal nacido se atreviera a hablar, a manifestar la verdad de lo ocurrido, al menos, sabríamos qué pasó con mi hija. Hasta tal vez, tendría un lugar para dejarle flores, tanto yo como mi marido fallecido hace más de un año, hemos envejecido con todo esto”, sostuvo ayer “Mimí”.
Se tejieron tantas hipótesis y se hicieron muchos comentarios de mesa de café: que se tiró al mar y se la comieron los peces y cangrejos; que se peleó con sus padres y se fue a vivir a España; también que la ataron a una piedra y la arrojaron a las aguas en el Muelle de los Pescadores.
La pregunta a telón caído: ¿quién o quiénes saben la verdad y por qué la ocultan? ¿Dónde está la respuesta, frente al misterio?
A Adriana Celihueta le faltaban 37 días para casarse con Fernando Iparraguirre, también flamante veterinario. Ambos estudiaron juntos en el Colegio Nacional (hoy Escuela de Educación Media Nº 7) y luego continuaron con la carrera de Veterinaria, en Tandil.
Habían decidido radicarse en Castex, La Pampa, para trabajar juntos e iniciar una nueva vida en esa provincia. Inclusive, mandaron a elaborar folletos promocionales del emprendimiento que llevarían adelante.
La familia Celihueta esperaba con expectativas el casamiento de Adriana. Tanto que en  diciembre de 1986, junto a sus padres Carlos y “Mimí”, los tres viajaron a Mar del Plata para realizar varias compras.
El mecánico tornero y su esposa modista que tenía su taller de costura en el fondo de su casa, salieron desde nuestra ciudad en una casilla rodante y tomaron por la ruta 88 para dirigirse a la vecina ciudad, donde adquirieron objetos para preparar la boda y la vestimenta que utilizarían.
En esas noches marplatenses hasta festejaron el cumpleaños de Carlos y todo se desarrollaba con total normalidad. Los Celihueta estaban alegres por el paso trascendental que daría Adriana en su vida.
En una de las salidas a la zona céntrica de Mar del Plata, en la plaza ubicada frente a la Catedral, se encontraron con un grupo de Madres del Dolor que perdieron a sus hijos en los peores momentos sociales y políticos del país.
Esa movilización de personas, increíblemente, pareció ser una premoción de lo que luego ocurriría el 15 de enero de 1987 con la desaparición de la hija mayor del matrimonio Celihueta y la tristeza que siempre embargó a toda la familia.
Carlos, hasta que se fue de este mundo, “Mimí” y Silvia, la hermana de Adriana, se aferraron siempre a encarar la continuidad de la vida como pudieron. Nada fue igual en estos 30 años y hasta el momento no conocen la verdad.
Un caso impune. Nunca hubo imputados, solamente, sospechosos, aquellos que tuvieron relación laboral y vinculaciones por diferentes motivos con Adriana. Pero la causa avanzó muy poco con la intervención de la Justicia del Departamento Judicial de Mar del Plata.
Se hicieron excavaciones en una veterinaria y en un patio externo de una vivienda de Quequén. Hasta desmontaron un médano de arena completo en cercanías a la costa de Necochea. El cuerpo de Adriana nunca apareció, ni tampoco algún resto humano que pudiera orientar la pesquisa.
“Funcionarios políticos de distintas agrupaciones partidarias tomaron el compromiso de ayudarnos a que el caso se esclareciera. Pero en realidad, sólo fueron expresiones de deseo, nada en concreto y acá seguimos, en este camino de la indiferencia”, agregó “Mimí Vaio.
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