Crónicas en domingo: ¿De qué hablamos cuando hablamos de…?

Silvia Guillot

Las sociedades actuales exclaman y proclaman a los cuatro vientos que uno de los grandes problemas, en parte culpable de sus males, es la falta de comunicación. Creo que es así. Me sumo al grupo de voces que se alzan pidiendo por ella.

Sin embargo alguien puede preguntarse: ¿Acaso no estamos en el tiempo de las redes de relaciones? ¿Acaso son falsos los números que informan el aumento del consumo de teléfonos celulares, ordenadores conectados a Internet, los buenos ratings de medios informativos en el mundo y la cantidad de ejemplares de prensa gráfica vendidos?

No, seguramente los números son reales y la red de redes cada vez suma más adeptos.

Pero, más allá de los números, existen las razones. ¿Para qué se consume?

Las respuestas pueden variar, pero todas en mayor o menor medida terminarán afirmando que se consume para estar comunicado. Y puede ser que la intención primaria sea esa, pero si nos fijamos bien vemos que este fin no se cumple.

Si realmente estuviéramos comunicados: ¿Sería tan alta la tasa de suicidios? ¿Tanta gente pasaría sus noches recogiendo cartón o durmiendo en la calle sin encontrar solución a su falta de recursos? ¿Seguiría siendo una realidad lacerante el hambre de los chicos y la discriminación racial o religiosa?

Cabe entonces hacerse otra pregunta:

¿De qué hablamos cuando hablamos de comunicación?

Si nos quedamos con el esquema que al respecto hiciera el lingüista Jacobson, todo se reduciría a un E (emisor) que envía un M (mensaje) a un R (receptor) en un determinado código a través de un determinado canal. Sabemos que no es suficiente, que muchas veces los errores de interpretación arruinan el intercambio de opiniones y que una codificación pobre o descuidada del mensaje produce malentendidos al no tener en cuenta las características del receptor o el contexto en el que se da.

Resulta, entonces, que no podemos quedarnos con ese esquema. Es necesario plantear las dudas, aclarar conceptos, especificar ideas, tantas veces como sea necesario hasta lograr estar verdaderamente relacionados, interesados por el otro, comunicados.

Podría finalmente preguntarse:

¿Por qué, existiendo medios suficientes, no podemos contra los males sociales? ¿Conviene a algún sector en particular seguir propulsando la falsa sensación de conexión con el otro y con el mundo?

El proceso que lleva al entendimiento entre los seres humanos es complejo, tanto que todavía no acertamos a lograrlo. Es eso, o algo peor: la verdadera comunicación no es política o económicamente rentable.

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