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Por Walter C. Medina

La sucesión de negligencias cometidas por el Hospital Municipal Emilio Ferreyra de Necochea se traduce en una extensa lista entre las que figuran repetidas mala praxis, abandono de pacientes, maltrato y otras reprobables acciones que, en más de una oportunidad, han arrojado como resultado severos diagnósticos.

El historial es extenso, aunque en la mayoría de los casos -de los más graves-, la terminología médica logra encubrir con éxito el motivo real de algunas de las consecuencias más nefastas.

Basta con examinar el libro de quejas de este hospital público para comprobar que algo no funciona bien o, para ser más preciso, algo funciona definitivamente mal. Motivados quizás por el deterioro general de lo público, algunos de los afectados por esta peculiar forma de entender la salud que caracteriza al Hospital de Necochea, ven con absoluta normalidad ciertos “descuidos” que suelen producirse en esta institución; atribuyendo las reiteradas falencias a factores diversos, pero que en su mayoría -si se quiere- suelen tener detrás un responsable con nombre, apellido y número de matrícula.

Como ya habrá entendido, estimado lector, no es este un artículo que pretenda poner su mira en cuestiones edilicias, porque para ello sólo bastará observar sector por sector, detener la mirada en el abandono general de las distintas dependencias y cuestionarse si su salud –la pública, la que usted paga- merece un sitio como este.

Sin embargo, en futuras publicaciones, sí se ahondará en esta nimiedad; no porque revista mayor importancia, sino porque lo verdaderamente grave no está en la humedad de las paredes, en el estado de los baños, ni siquiera en los cables sueltos que cuelgan de algún techo.

Es más, la gravedad del deplorable estado del Hospital de Necochea ni siquiera recae en la interminable sucesión de reclamos olímpicamente ignorados por las autoridades pertinentes (y entiéndase autoridades como más le plazca, ya que –como imaginará- en esta categoría entran en conjunto diversos responsables que derivan su responsabilidad a otros responsables que a su vez endilgan responsabilidades.

Es decir que si a usted se le ocurriese entrar en este interminable bucle de pertinencias, finalmente se toparía con un ente invisible, una entelequia a la que su reclamo no afectará en lo más mínimo por su simple condición etérea). La gravedad, decía, está en el factor humano.

No debe ser tarea sencilla dirigir un hospital en el que a la buena voluntad no la acompañan ciertos requisitos indispensables que hacen al interés profesional. Me refiero a que las conveniencias de los distintos médicos de la salud pública, no siempre son (ni tienen por qué ser) las mismas.

Este desencuentro suele desencadenar -esto se ha observado ya en otras entidades públicas- disputas internas y otras dicotomías que desvirtúan la razón auténtica que hace al compromiso con la causa que tal o cual oficio lleva inserta en su naturaleza.

Sin embargo cuando se trata de salud, el Juramento Hipocrático es, o debería ser, el punto de encuentro indiscutible, el inalterable documento por el cual la causa individual desapareciese para dar lugar a la única e irrefutable causa: La salud del paciente.

Porque en definitiva la única razón de existir de un hospital es la salud; y de fallar en este aspecto, de ser otros los intereses que movilizan semejante mole de cemento en estado terminal, pues entonces estamos frente a un verdadero despropósito, ya que en su lugar bien podría emplazarse un espacio verde, un estacionamiento medido o una frondosa arboleda.

Si el factor humano falla nos vamos a encontrar con reiterados sumarios, expedientes abiertos y cerrados, repetidas negligencias, ilegibles historias clínicas, traslados incomprensibles, tardíos turnos, personal bajamente cualificado y científicas e inverosímiles explicaciones que pretenden esconder auténticos descuidos.

Si el factor humano falla nos vamos a encontrar con un libro de quejas que sirve tan sólo como aliciente para el descargo individual, con irresponsables matriculados, enfermeras que parecen salidas de una película de Alfred Hitchcok y un vasto etcétera que con gusto y cierta indignación continuaré enumerando en mi próximo artículo.

waltermedina@periodistas.com

Walter C. Medina nació en Necochea, Argentina, en 1971. Es periodista y crítico cinematográfico y ha trabajado en diversos medios de comunicación argentinos y españoles. En 1998 trabajó en la redacción del periódico El Atlántico (Mar del Plata, Argentina) y paralelamente condujo el ciclo de música «Polución Nocturna», en D-Rock FM. Al año siguiente inició una sección de crítica cinematográfica en el programa «Perros de la Calle», de Rock & Pop Beach FM, y en esa misma emisora condujo el ciclo «Mariposa Pontiac» en 2000. En 2001 creó «Bonus Tracks», un espacio de música y cine en Esatción K2 FM. En España colaboró con medios como la revista MOI Magazine, BN Mallorca, YMalaga, Malaga 21, io-Fusion TV, Honey Digital Productions (Documental «Europa/Bis» realizado en Polonia) y la agencia de noticias PuntoPress. Trabajó en la cobertura de festivales de cine, de teatro y de jazz. En 2006 su artículo periodístico «La Niña del Acordeón» resultó finalista del certamen literiario que organizó en Madrid Cyan Editorial y que fue presidido por la escritora Almudena Grandes. («Interculturalidad». Cyan Editorial, Madrid 2006). Como colaborador, sus notas se publican en medios gráficos como Inrockuptibles, Rock.com.ar, La Red 21, Portal del Cine y el Audiovisual Latinoamericano y Caribeño, Revista Dale, Periódico Diagonal y el diario La Nación, entre otros.

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